
Hay fechas que en el momento parecen un episodio más del caos internacional y, con el tiempo, terminan marcando un giro histórico. El 28 de febrero de 2026 podría ser una de ellas.
Ese día, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva coordinada contra instalaciones militares, nucleares y centros de mando en Irán. La operación —bautizada Epic Fury— incluyó un golpe quirúrgico contra la cúpula del régimen que terminó con la muerte del líder supremo Ali Khamenei y varios mandos del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica.
Fue, por escala y audacia, uno de los ataques más significativos en Medio Oriente en décadas.
Dos semanas después, el conflicto ya no es un episodio aislado.
Irán respondió con misiles y drones contra Israel, bases estadounidenses en el Golfo y objetivos en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahréin y Qatar. Hezbollah intensificó ataques desde el sur del Líbano, mientras la tensión marítima en el Golfo Pérsico comenzó a afectar el tránsito comercial.
La guerra, aunque todavía contenida, empezó a irradiar consecuencias mucho más allá del campo de batalla.
Porque el verdadero punto sensible de esta crisis no está solo en Teherán ni en las fronteras de Israel. Está en el mar.
En el Estrecho de Ormuz.
Por ese corredor de agua angosto y vulnerable pasa cerca de una quinta parte del petróleo que consume el planeta. Cada buque que lo atraviesa es, en cierto modo, una pieza del sistema energético mundial.
Si ese flujo se interrumpe, el impacto no sería regional. Sería global.
Por eso la advertencia que lanzó esta semana el presidente Donald Trump no pasó desapercibida. Si Irán intenta bloquear el estrecho, dijo, Estados Unidos responderá con ataques “veinte veces más fuertes” que los ya ejecutados.
Más allá del tono característico del presidente estadounidense, el mensaje revela algo esencial: el conflicto no gira únicamente alrededor del programa nuclear iraní. También gira alrededor de la energía.
Irán sabe que el estrecho es su carta estratégica. Estados Unidos sabe que no puede permitir que esa carta se juegue.
Entre esas dos realidades se mueve hoy la lógica de la guerra.
Los mercados ya reaccionaron. El precio del petróleo superó los 110 dólares por barril en los momentos de mayor tensión, mientras analistas advierten que un cierre prolongado de Ormuz podría provocar una nueva ola inflacionaria global.
La historia ofrece antecedentes incómodos. Los shocks petroleros de los años setenta demostraron que una crisis en Medio Oriente puede atravesar océanos y terminar alterando economías, gobiernos y equilibrios políticos en todo el planeta.
Hoy el escenario vuelve a recordar, peligrosamente, a aquel.
Para quienes respaldan la ofensiva, la lógica estratégica es sencilla: golpear con fuerza suficiente como para destruir la capacidad militar iraní antes de que el régimen alcance un umbral nuclear irreversible.
Pero las guerras rara vez obedecen a planes iniciales.
Irak, Afganistán y Libia son recordatorios de cómo intervenciones concebidas como operaciones rápidas pueden terminar abriendo ciclos de inestabilidad mucho más largos.
La pregunta que empieza a instalarse en las capitales del mundo no es si el primer golpe militar fue eficaz.
La pregunta es qué viene después.
Irán ya designó a Mojtaba Khamenei como nuevo líder supremo, una señal de continuidad institucional pese al impacto del ataque. Pero nadie puede asegurar cómo evolucionará el régimen bajo presión externa y tensiones internas crecientes.
Un conflicto regional ampliado es un riesgo.
La fragmentación del propio Irán es otro.
Ambos escenarios serían profundamente desestabilizadores para Medio Oriente.
Y cuando Medio Oriente entra en combustión, el resto del mundo inevitablemente siente la onda expansiva.
Argentina no queda al margen de esa ecuación.
El aumento del precio del petróleo podría mejorar los ingresos energéticos vinculados a Vaca Muerta y fortalecer la balanza exportadora. En contextos de tensión geopolítica, los precios agrícolas también suelen reaccionar al alza, lo que podría beneficiar al sector agroindustrial.
Pero el efecto no es unívoco.
El encarecimiento de fertilizantes, combustibles y transporte internacional tiende a trasladarse rápidamente a los costos internos. En una economía frágil frente a los shocks externos, esas presiones pueden reactivar tensiones inflacionarias difíciles de contener.
En el plano político, el gobierno de Javier Milei ha optado por un alineamiento explícito con Estados Unidos e Israel. La decisión tiene una dimensión ideológica, pero también histórica: el recuerdo del terrorismo internacional vinculado a Irán sigue siendo una herida abierta en la memoria argentina.
El problema es que el tablero global ya no es el mismo que hace veinte o treinta años.
China y Rusia observan la guerra con una mezcla de condena retórica y cálculo estratégico. Cada conflicto que absorbe recursos estadounidenses también abre espacios para reposicionamientos de poder.
Por eso el verdadero significado de esta guerra puede ir más allá de sus resultados inmediatos.
Durante más de tres décadas, el orden internacional estuvo marcado por una hegemonía relativamente estable de Estados Unidos tras el final de la Guerra Fría. Ese equilibrio ya venía mostrando signos de desgaste.
Conflictos como el actual pueden acelerar su transformación.
Las guerras a veces empiezan como operaciones militares limitadas.
Pero algunas terminan reordenando el sistema internacional.
La pregunta que hoy sobrevuela Medio Oriente —y que tarde o temprano alcanzará al resto del mundo— es si estamos ante otra crisis regional más.
O si, en realidad, estamos presenciando uno de esos momentos en los que el mundo empieza a cambiar sin que todavía sepamos exactamente hacia dónde.
Fuente: Internacionales ricardobenedetti.com
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