“Cuando la rata no encuentra salida, rompe”. El violento grupo de los libertarios radicalizados y su nexo con el atentado a Cristina Kirchner

Los líderes de Revolución Federal justifican sus actos con antorchas y se desligan de Fernando Sabag Montiel y Brenda Uliarte

El gruñido de Ringo paraliza. “¿Se puede pasar?”, pregunta LA NACION antes de poner un pie en la carpintería de Jonathan Morel, de 23 años, ubicada en Boulogne, provincia de Buenos Aires. “Si, tranqui que no hace nada”, responde Morel, mientras le da unas palmadas a su perro. Ringo es bajito, macizo, de piel gruesa, blanca con manchas negras. Gruñe, pero no muerde.

“Esta es mi carpintería, acá me llegan los bolsos con plata de la gente que me financia”, dice Morel, que parece disfrutar de los segundos que transcurren hasta que su interlocutor descifra su ironía.

Él, junto con Leonardo Sosa, también de 23 años, fundaron en mayo de este año Revolución Federal, el grupo que se hizo conocido por manifestarse en contra del Gobierno con antorchas, una guillotina y un cartel que decía “Todos presos muertos o exiliados” que exhibieron frente a la Casa Rosada. “Denuncié a periodistas que dijeron mentiras sobre un supuesto financiamiento a nuestra organización. Con la guita que gane en los juicios voy a hacer una guillotina de cuatro metros”, exclama, esta vez, sin ironía.

Antes del intento de magnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner, las consigas violentas como “bala a los K”, que es la frase que se lee en el perfil de Twitter de Morel, se veían solo como expresiones de grupos reducidos, radicalizados, tal vez de ultraderecha o simplemente, como se autodefine Morel, indignados contra la clase política en su conjunto. Pero luego de que Fernando Sabag Montiel gatillara frente al rostro de la Vicepresidenta, estos grupos ganaron protagonismo.

El ecosistema pantanoso en el que se mueven ahora se observa con mayor atención. De hecho, Brenda Uliarte, procesada por el ataque a Fernández de Kirchner, y pareja de Sabag Montiel, participó en una de las marchas de Revolución Federal. Morel y Sosa niegan conocerla y hasta ahora en la investigación no hay elementos que los vinculen directamente con los que habrían llevado adelante el ataque.

Anteayer, la Agencia Federal de Inteligencia presentó nuevo material en la causa que investiga la jueza María Eugenia Capuchetti y el fiscal Carlos Rívolo. Se trata de tres audios donde se escucha a Morel en una transmisión en vivo realizada en Twitter el 26 de agosto pasado. Allí le dijo a Franco Castelli, de 26 años, un miembro de Revolución Federal radicado en Santa Cruz cuya ocupación es ser soldado voluntario del Ejército Argentino, que si los “nenes de La Cámpora” no le conocieran el rostro, él se infiltraría y luego “pasaría a la historia”. “Yo voy, te canto ahí (en referencia a la casa de CFK en Recoleta) la marcha peronista siete días seguidos y en cuanto puedo paso a la historia. Después me linchan. Pero paso a la historia”, aseguró Morel.

Además, se desató una confusa trama luego de que se conociera una foto de Sosa y Gastón Guerra, otro integrante de Revolución Federal, en la casa de Ximena de Tezanos Pinto, la vecina que vive en el piso inmediato superior al de Fernández de Kirchner, en Juncal y Uruguay.

Jony y Leo, los fundadores

Morel nació en San Martín, se crio en Olivos y luego se mudó a Boulogne. “Siempre fui a la escuela pública por lo que no soy un neonazi, terrateniente de derecha”, aclara Morel. Su padre, cuenta, es “esquizofrénico, falopero y chorro”, mientras que su madre lo tuvo a los 16 años. “Todo lo malo que se puede tener lo tiene mi papá y el resto de mi familia paterna. Y mi vieja hizo lo que pudo, la luchó. Ella es ama de casa. Mi viejo ahora se me escapó, estaba internado. Me llevó mucho tiempo entender que mi papa no tenía arreglo, pero bueno, es lo que me tocó y no lo puedo tomar como referente ni pedirle consejos”, lamenta Morel, que a los nueve años empezó a trabajar.

Jonathan Morel, lider de Revolución Federal

Recuerda que vendió flores en la calle, lavó autos, fue canillita, trabajó en un bar, en un call center y ahora tiene su propia carpintería, oficio que le enseñó un familiar. “Yo soy el pibe de barrio del que hablan los políticos y trato de salir adelante, pero nada alcanza, nunca salís”, asegura Morel.

Mientras que Sosa, que tiene una causa por resistencia a la autoridad por un altercado que hubo frente a la casa de Fernández de Kirchner el 23 de agosto, relata a LA NACION que se crio en San Martín. Según dice, sus padres siempre trabajaron en la informalidad, pero prefiere no dar más detalles sobre su familia. Ahora él trabaja en “el sector privado” y estudiaba economía, aunque por el momento abandonó la carrera.

Ambos nacieron apenas tres años antes de la crisis de 2001 en pleno conurbano bonaerense. Sosa tiene un recuerdo de aquellos años y es que a la polenta no le podían poner carne, no les alcanzaba. Los dos crecieron en un país donde reina el empleo informal, hay un grado importante de corrupción, de inseguridad y de incertidumbre económica.

Muchos jóvenes hastiados por el mal funcionamiento del sistema ahora se identifican con los libertarios de derecha. Y para algunos, como en el caso de Morel y Sosa, ni los acalorados discursos de Javier Milei alcanzan. Quieren antorchas y la guillotina.

De hecho, ellos se conocieron en un encuentro entre simpatizantes libertarios, pero les fastidió la “tibieza” de la tropa de Libertad Avanza.

“Fui a la reunión de libertarios y estaban tomando mate y chocolatada y ahí pensé ‘éstos no van a resolver nada´. Yo soy más extremo, me gusta quejarme”, señala Morel. “Estábamos disconformes con lo que vimos. La verdad que no hacían nada y entonces decidimos tomar la iniciativa”, agrega Sosa.

De ese encuentro bonaerense Morel y Sosa se fueron juntos debatiendo la manera en la que podrían “ser escuchados”. Desde entonces los métodos fueron poco ortodoxos. Organizaron marchas a la Quinta de Olivos, la Casa Rosada, escracharon el Instituto Patria, a Jorge Ferraresi, ministro de Desarrollo Territorial y Hábitat, a Sergio Massa, ministro de Economía, y la lista sigue, todo adornado con antorchas y con consignas en redes como “corcho a los parásitos”. Y en cada manifestación sumaban indignados al grupo de WhatsApp, que hoy tiene cerca de 100 integrantes.

“Esto es contra la clase política en general. El kirchnerista votó asado y hoy se está cagando de hambre, debería estar más caliente que yo con el Gobierno”, señala Morel, que pone como ejemplo de indignado a Guerra, que pertenece a Revolución Federal y fue quien le pegó a la camioneta de Massa cuando se dirigía al acto para asumir como ministro de Economía.

“El ataque a Massa surgió en el momento. Lo veías entrando como si fuera el Presidente en una camioneta blindada y por el otro lado tenés a un tipo que hace dos meses le da de comer fideos a la hija. La violencia la generan ellos. La gente no está violenta porque existe Revolución Federal. Cuando la rata no encuentra salida, rompe”, dice Morel.

El atentado y una serie de “coincidencias”

Morel y Sosa sostienen que no hubieran deseado que la bala saliera disparada de la Bersa Lusber 84 calibre 7.65 aquel primero de septiembre por la noche. Aunque Morel admite que sus consignas atraen a un montón de “personas que están mal de la cabeza”. Si bien dicen que la violencia está mal, la ven como un punto de partida, como una extraña invitación al diálogo. “Yo lo de ´bala a los K´ que tengo en Twitter lo dejo ahí, y si hay algún problema, bueno, lo debatimos. Los K son compatriotas y hay que llegar a un acuerdo. La mayoría de mis seguidores en redes son K”, argumenta Morel.

Luego del fallido atentado la trama empezó a salpicarse de un sinfín de extrañezas que pueden ser simples coincidencias, o no tanto. Horacio Verbitsky publicó que Gladys Egui, la abogada de Sosa y Guerra, alquila una habitación en la casa de Tezanos Pinto. De hecho, Sosa y Guerra se sacaron una selfie dentro de ese departamento días antes del ataque. Ese encuentro desató todo tipo de conjeturas,. ¿Realizaban tareas de inteligencia?

LA NACION se puso en contacto con Egui y Tezanos Pinto para que den su versión sobre esta serie de hechos, en apariencia, extraños. “Yo soy por naturaleza muy confiada”, describe Tezanos Pinto. Asegura que a Egui la conoció por una tal Luján, con quien se hizo amiga luego de conversar en una marcha en defensa de Luis Chocobar, el policía condenado por matar a un delincuente.

Luján forma parte de Revolución Federal. “Egui tenía un problema habitacional por eso yo le alquilo desde junio una pieza. Es algo que suelo hacer porque en mi casa porque tengo cuatro habitaciones con baño en suite. Egui es la abogada de Luján y a través de ella, Egui terminó representando también a Leonardo y Gastón. El día de la foto se dio porque yo estaba terminando una iniciativa popular en mi casa e invité a Gastón y a Luján, que ese día estaba con Leonardo. Esa es la explicación. Son todas casualidades. Decir que estábamos haciendo tareas de inteligencia es un absurdo”, detalla Tezanos Pinto. Egui cuenta la misma historia. “Todas “coincidencias”, dice.

Otra rareza es la noticia que se publicó en algunos medios en donde vinculan a Nicolás Caputo, el íntimo amigo de Mauricio Macri, con el “financiamiento” de Revolución Federal. Morel niega que Caputo haya financiado al grupo y desde el entorno del empresario niegan conocer a Morel. Incluso, desde el propio Gobierno desestiman esas versiones.

El futuro de Revolución Federal y el “chiste” de matar a Cristina

Sosa y Morel dicen que la gente del grupo está asustada. A Sosa le gustaría volver a estudiar economía para participar en alguna propuesta política que lo convenza. Mientras que Morel asegura que si la situación del país no cambia él se iría a vivir al exterior.

“Yo me volvería a manifestar con antorchas y todo”, señala Morel. “Creo que la exposición mediática está matando al grupo, muchos se alejaron”, indica Sosa.

Morel cuenta que en las marchas “la gente pedía francotiradores” para atacar a la Vicepresidenta. El “chiste de matar a Cristina” era moneda corriente, dice, no solo en Revolución Federal, sino en muchos asados de personas ajenas al grupo. De ese modo justifica los audios que entregó la Agencia Federal de Inteligencia, en los que dijo que se infiltraría en La Cámpora y haría algo que “pasaría a la historia”.

“Digo lo que dice todo el mundo”, exclama el carpintero de 23 años. Sus posteos en redes, su uso del humor para ocultar expresiones de deseo y las marchas que organizó junto a Sosa y otros compañeros hacen que ahora estén en el ojo de la tormenta.

Sin embargo, en el local de Morel parece estar todo tranquilo. Él fuma un cigarrillo junto a un amigo detrás de un escritorio algo desordenado donde tiene una notebook, papeles y elementos de trabajo. Debajo de la mesada está Ringo, algo dormido, aunque siempre listo para volver a mostrar los dientes.

Fuente: Alejandro Horvat para La Nación


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