
Sin distinciones de color político, las universidades se transformaron en el campo de batalla donde Gobierno y oposición se sacan chispas sin daño directo y los alumnos son usados como soldaditos.
El conflicto universitario enfrenta, no solo la dura realidad económica que existe en todo el país y se profundiza por la falta de fondos asignados por el Gobierno de la Nación, sino que acarrea también la siempre cuestionable mezquindad de las disputas políticas. Mientras Javier Milei habla desde una supuesta pureza ideológica, aunque busca apoyo en el justicialismo que sus electores prefieren en la vereda de enfrente, del otro lado sigue vivo el sueño decadente de la oposición de tener su propia «epopeya revolucionaria».
Este sueño responde a una lógica del héroe revolucionario que se ha inculcado fuertemente en los movimientos de izquierda radical y el peronismo, punto donde se encuentran ambos agentes del espectro político aunque con ideas muy distantes. Un plan esforzado por parecerse al “Mayo Francés” o una especie de “Panteras Negras” para la lucha contra el “vil Gobierno de Javier Milei”, se parece más a tiempos donde el interés propio de las agrupaciones políticas pesa más que el verdadero fin de una institución académica o una lucha real por mejorar la situación de las universidades.
El fanatismo pudo verse claramente cuando un profesor, el verdadero implicado en el conflicto gremial que atraviesan las universidades, expresó su opinión contraria a la toma en la Universidad Nacional de José C. Paz, siendo silenciado por el repudio a una verdad: «Cuando Massa recortó no vi a ninguno de ustedes marchando y ahora se hacen el Che Guevara, respeten a los que quieren estudiar». Entonces, claramente, no estamos hablando de un movimiento reformista para las universidades, sino de una nueva ola del “dejemos esto, que me sirve como está; no importa si funciona o no”.

Ante ese escenario, en el cual se denota la mezquindad política de la izquierda y el peronismo universitario que busca solo llevar agua para su molino, se ve una insensatez que es propia de movimientos que no están buscando algo mejor, sino algo que que le sirva más a ellos. A la sombra de eso, una búsqueda incesante de estas agrupaciones pretende izar las banderas de la Reforma Universitaria mediante una forzada invocación espiritual que tergiversa una historia muy distinta, en la que aquel viejo reformismo tenía una base cultural e intelectual que dista mucho de la caja que pretende sostener el interés de los partidos políticos por fuera de la entidad académica.
Por el otro lado, Javier Milei y sus groupies no están del lado de lo sensato y lo bueno, ni de los justos y los “argentinos de bien” (lamentable calificación para los ciudadanos que piensan distinto). Aunque es cierto que las universidades nacionales deben ser auditadas porque solo así puede lograrse una mayor eficiencia en que el trabajo académico que dé mejores resultados para los alumnos y las arcas públicas, también es cierto que tampoco hay un gran interés a nivel nacional por ajustar las cuentas universitarias en sí, sino aquello que excede a la práctica institucional de ellas. Para el Gobierno, el lobo con piel de cordero está en la Universidad de Buenos Aires, donde se destina la mayoría de los fondos desde el Estado nacional, y en las universidades creadas por el kirchnerismo, utilizadas en parte para desviar fondos a las arcas partidarias y para instalar ideas, pero que también acercan la educación a lugares del país donde antes no llegaban.

En este sentido, las auditorías planteadas por el Gobierno de la Nación no tienen solo el objetivo de mejorar la calidad y las condiciones de las universidades, sino también la búsqueda de cortar un ingreso de dinero a la oposición, atentando así contra ella y para lograr debilitarla. Entonces, para el Gobierno, la disputa por la auditorías y el presupuesto universitario es una suerte de Vietnam mientras las agrupaciones libertarias universitarias juegan a ser la Primavera de Praga o el Otoño Húngaro.
La izquierda y el peronismo de un lado, los liberales y conservadores por el otro, un escenario ya visto que desde ambos lados buscan reflotar de la memoria: una Guerra Fría nacional. No tenemos a la vista grandes enfrentamientos directos y hasta muchas veces hay acuerdos tácitos o por debajo de la mesa entre el Instituto Patria y Balcarce 50. ¿El conflicto es real? Si, pero no habrá un 2001 o un levantamiento carapintada, ni tampoco azules y colorados o golpes palaciegos, porque se ha encontrado la veta “fría”, donde los demás pelean mientras los principales actores se ningunean y miran de reojo.

Esto parece responder a una cultura que, evidentemente, ha formado héroes temerosos y egoístas que defienden a gigantes con pies de barro forjados en las últimas décadas, en las que lo sensato, lo justo y lo verdadero parecen ser palabras vacías y lo subjetivo ha tomado mayor preponderancia, aunque cada cual pueda significar lo que sea como se le cante hacerlo. Ante este fenómeno lo que se genera es una suerte de romanticismo sobre aquello que no funcionó, como en el Renacimiento ocurrió con la Antigüedad y en el siglo XIX con el Medioevo, porque la base de esto está en el sesgo de información voluntario con el fin de lograr una idea de “soy bueno y el resto malos”.
En ese contexto, en el que los autodenominados héroes se ven como adalides de la Justicia y ungidos por el Espíritu Santo, la batalla se recrudece al no entender por qué se lucha y quedan en el medio los que no quieren jugar a los soldaditos, que son los alumnos que solo pretenden estudiar y buscan ser mejores profesionales y agentes de cambio en su metro cuadrado, que al fin y al cabo es el objetivo de una universidad y el foco que tiene la existencia de políticas universitarias como las de este país, mientras no las de generar en la universidades una arena política para responder a los intereses mezquinos de poderosos que usan de campo de batalla para sacarse chispazos por motivos ajenos a la educación.
Fuente: Gonzalo Barrera para mdzol.com
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