
El debate está abierto. Son varios en la oposicion que colaboran en temas con el gobierno, y a puertas cerradas se preguntan si este es el momento de actuar con determinación y cambiar el rumbo que hoy miran desesperanzados. Esta encrucijada me dio lugar a compartir algunas reflexiones.
La actitud ganadora no se hereda ni aparece por arte de magia. Se forja con voluntad, fuerza y convicción. No podemos dudar ni titubear cuando el país exige claridad y liderazgo.
Nada cambia cuando nos quedamos estáticos, esperando que el viento de las encuestas nos sople a favor. Eso lo hacen los que se conforman con migajas, los que piensan solo en preservar el poder que aún les queda, como si el futuro se decidiera en las fotos de un presente inmutable.
Bien sabemos que en la Argentina que transitamos con pasión arrabalera, no hay lugar para la mediocridad ni para los que solo buscan sostenerse en las sombras de lo que alguna vez fueron.
A principios de 2023, el ring político tenía dos combatientes claros: Juntos por el Cambio y el kirchnerismo. Milei, que finalmente muchos llegaron a idolatrar como el outsider imparable, por aquel entonces se lo veía como una pieza más, dentro de la maquinaria massista. Se sabía en los círculos políticos que el propósito inicial del peronismo era socavar al candidato opositor que surgiera de las PASO de JxC. Un proyecto diseñado para desangrar a la coalición opositora desde su flanco derecho, como ya lo habíamos visto en 2019, cuando el kirchnerismo desplegó sus colectoras y regresó al poder a través de Alberto Fernández, dejando a Macri a pocos puntos de la reelección.
El actual Presidente, sin embargo, rompió con el guión. Alimentó una llama interna que lo llevó a desafiar todo y a todos, incluso a sus propios padrinos políticos, que nunca anticiparon su hambre de poder.
¿Qué hubiera pasado con Milei si no hubiera decidido tomar el destino en sus manos? Seguramente hubiera seguido cumpliendo el rol que le habían asignado: el disruptor de cartón, el soldado de Massa para garantizar la continuidad del kirchnerismo. Pero en lugar de eso, Milei quemó sus naves y se lanzó a conquistar lo impensable.
Ahora, el 2025 y 2027 se perfilan como batallas decisivas. Y si la oposición dialoguista, ese sector que parece tan cómodo en su rol de «furgón de cola», sigue dormido, el país seguirá atrapado en la misma foto que hoy nos muestran las encuestas. Nada cambiará si quienes deberían liderar no despiertan, si no recuperan ese fuego interno, esa voluntad irrefrenable de pelear por el poder y transformarlo de raíz.
Porque el liderazgo no es solo sobre grandes planes macroeconómicos, sino sobre las vidas reales de quienes hoy sufren, como los jubilados y la clase media, que se ven nuevamente como los sacrificados en el altar del ajuste, bajo el mandato de un presidente que prometió romper todo, pero que en su afán de alcanzar el déficit cero, pareciera que sólo ha roto los sueños de muchos.
Recibo gran cantidad de mensajes expresando un deseo en común: que esos líderes, aquellos que verdaderamente entienden el equilibrio entre sensibilidad social y firmeza económica, encuentren el valor para encender nuevamente la llama del cambio. Que su lucha no sea por migajas, sino por un futuro digno. Que logren el tan anhelado «déficit cero» sin que eso signifique destrozar el tejido social. Que Dios ilumine ese camino, porque solo con ese fuego será posible un nuevo comienzo.
Este es el momento de liderar, de avanzar, y de ganar. Que así sea
Ricardo Raúl Benedetti
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