
El presidente de la nación, Javier Milei, calificó de “ñoños republicanos” a quienes miramos con ojos críticos su ostensible propensión a avasallar los fundamentos del orden institucional. Milei considera que las prescripciones del sistema normativo no necesariamente deben ser respetadas si hay razones -cualesquiera que sean- que justifican vulnerarlas.
Milei seguramente tiene sus -discutibles, por cierto- razones para sostener esa posición. Pero es difícil eludir el interrogante acerca de si tal criterio de gestión es compatible con el ordenamiento económico basado en principios de mercado que el Presidente dice defender y que, según anuncia, se propone poner en práctica. En definitiva ¿es posible instrumentar un régimen económico liberal fuera del marco de un sistema jurídico donde la ley esté por encima de la discrecionalidad de quien ocasionalmente esté gobernando?
Tanto la experiencia histórica como los análisis teóricos tienden a demostrar que, sin un marco legal sólido, donde la gestión de los agentes económicos esté preservada de las arbitrariedades de los circunstanciales gobernantes, el desarrollo económico tiene alcances y duración muy limitados, breves, efímeros. Ese contexto jurídico es lo que los “ñoños republicanos”, de quienes Milei, con su habitual soberbia, se burla para solaz de su séquito de aduladores, reclamamos, no porque queramos poner obstáculos al programa de reforma económica que el gobierno dice promover sino, precisamente, porque aspiramos a que sea sano, robusto, duradero y exitoso. A los “ñoños republicanos” nos preocupa que, por falencias en su aplicación, el programa económico naufrague y que ese fracaso sea aprovechado por el kirchnerismo para recuperar el terreno político que ha perdido en los últimos años. Es por eso que reclamamos el cumplimiento de los preceptos institucionales contenidos en las normativas propias de los regímenes republicanos.
Este vínculo entre la vigencia de un orden jurídico confiable y el desarrollo de la economía responde a una lógica inherente al funcionamiento del capitalismo de mercado. La fuerza que propulsa la economía liberal es la inversión productiva de riesgo. Las decisiones de invertir se derivan de evaluaciones empresariales donde se considera que, dadas determinadas condiciones, un emprendimiento tiene razonables probabilidades de resultar rentable. Pero si no hay certeza de que las condiciones tomadas como referencia permanecerán vigentes, las inversiones empiezan a retraerse. El retroceso económico de Argentina en los últimos 80 años es un ejemplo elocuente de ese fenómeno.
Milei desdeña ese aspecto de la dinámica económica y limita su gestión a trabajar en el ordenamiento de las cuentas fiscales, la cual es, en sí misma, una política sana y necesaria. Pero ante los reclamos de mayor prolijidad institucional, reacciona agresivamente, ataca a sus críticos, desprecia los argumentos que se le presentan y emite insultos, agravios y descalificaciones. Que Milei ignore la relevancia de la solidez institucional en relación al crecimiento económico no sería más que una anécdota, si no fuera porque esa es una condición insoslayable al efecto de motorizar la reforma económica que el propio Presidente proclama. Por lo tanto, cuando Milei se burla, jactanciosamente, de los “ñoños republicanos” se está “pegando un tiro en el pie”.
Y no se trata de que un grupo de aristócratas reclamemos una supuesta pureza institucional por un mero placer estético. Se trata de una cuestión práctica. Sin seguridad jurídica, sin marcos normativos previsibles, sin reglas de juego estables, los inversores, los creadores de riqueza, bienestar, progreso e innovación productiva preferirán llevar sus capitales a países donde encuentren esas condiciones institucionales de las que el gobierno de Milei se mofa. En consecuencia, el esfuerzo que el pueblo -acompañando la tarea del gobierno- está realizando para contribuir a consolidar la estabilidad monetaria, se agotará en sí mismo, pero no derivará en la obtención de los beneficios que es legítimo esperar de un programa económico orientado hacia la rectificación de los erróneos criterios que desde hace muchas décadas agobian a nuestro país. Esto no significa que el plan de estabilización vaya a fracasar. Pero la estabilidad de la moneda no es un fin en sí mismo, sino un medio para crear condiciones que promuevan un desarrollo continuado y sustentable. El actual gobierno, empeñado en negar la necesidad de ofrecer un marco institucional apropiado, está saboteando su propio programa reformista.
Todos los grandes autores liberales -Adam Smith, Alberdi, Mises, Hayek, Milton Friedman y muchos más, de quienes Milei se declara admirador- han enfatizado en la significación de los principios institucionales como fundamento del progreso de la economía. Milei, a pesar de sus declamaciones, está contradiciendo a todos ellos. Así, podremos alcanzar la estabilidad, pero el crecimiento quedará pendiente. Los “ñoños”, a mucha honra, seguiremos demandando calidad republicana en la gestión de gobierno. Aunque Milei nos siga denostando en cada discurso que pronuncie. El tiempo dictaminará quién estaba en la posición correcta.
Alejandro Sala
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