Medio siglo de odios, sangre y bandos irreconciliables: ¿Cuántos muertos más necesitamos para cerrar esta guerra?

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Hay temas en Argentina que parecen no tener fin. Los ’70 son uno de ellos. Cada tanto, resurgen con fuerza y nos dividen de nuevo. Unos señalan a los militares y exigen justicia por los crímenes de la dictadura. Otros recuerdan a los grupos armados y reclaman que también se hable de sus víctimas. En el medio, una generación que no vivió esos años pero que hereda la pelea, muchas veces sin saber bien por qué.

La pregunta es: ¿hasta cuándo vamos a seguir repitiendo la misma discusión sin salida? ¿Hasta cuándo vamos a dejar que algunos usen ese dolor para beneficio propio, para seguir separándonos, para impedirnos mirar hacia adelante?

Y lo más doloroso: ¿hay muertes que duelen menos que otras? ¿Hay víctimas que recordamos y otras que olvidamos porque no encajan en nuestro relato? ¿Hay asesinatos que justificamos y otros que condenamos con rabia? ¿Hay personas que, en el fondo, creemos que merecían morir?

Si alguna de estas respuestas es “sí”, entonces fracasamos como sociedad. Si aceptamos la violencia cuando nos conviene, si nos parece menos grave cuando el asesino estaba “de nuestro lado”, si anulamos el sufrimiento de quienes no encajan en nuestra versión de la historia, entonces ¿en qué nos diferenciamos de aquellos a quienes condenamos?

No podemos seguir alimentando esta trampa moral. Los Montoneros y el ERP existieron y cometieron atentados, secuestros y asesinatos en nombre de una causa. La Triple A también existió, como un aparato paraestatal que persiguió, torturó y mató a opositores. Y el Estado, en su peor versión, tomó el poder en 1976 y llevó esa violencia a un nivel brutal, con un plan sistemático de desapariciones, torturas y apropiación de bebés.

Nada de esto se anula entre sí. Cada crimen es un horror en sí mismo. Cada víctima es un dolor que no debe ser negociable. No hay buenos y malos en términos absolutos. No hay un bando que tenga el derecho exclusivo a la memoria. Hubo víctimas de un lado y del otro. Hubo decisiones políticas, estrategias equivocadas y, sobre todo, mucho sufrimiento que todavía nos pesa.

La salida no es ignorar lo que pasó ni negarlo. Tampoco seguir usándolo para alimentar divisiones. La salida es asumir que la historia es compleja, que el dolor no puede tener dueños y que la justicia no puede ser parcial. No se trata de empatar los horrores, sino de reconocerlos todos para poder sanar de verdad.

Si seguimos atados a esta discusión eterna, nos van a seguir manejando con los mismos relatos. Nos van a seguir diciendo a quién tenemos que odiar y qué parte de la historia tenemos que olvidar. Y mientras tanto, el país real—el de hoy, el de ahora—va a seguir esperando que nos ocupemos de él.

Es hora de cambiar la pregunta. En lugar de “¿de qué lado estás?”, deberíamos preguntarnos: “¿cómo salimos de esto?” ¿Cómo logramos que la memoria nos sirva para unirnos y no para separarnos? ¿Cómo dejamos de ser esclavos de odios heredados que no nos pertenecen? ¿Cómo hacemos para que las nuevas generaciones no carguen con la carga de una guerra que no fue suya?

El pasado nos marcó, pero no nos puede definir para siempre. No dejemos que nos sigan usando para repetir la misma pelea. Es momento de mirarnos a los ojos, enfrentar nuestros propios odios y elegir construir algo mejor.

Ricardo Raúl Benedetti

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