La cara de la derrota – Por Ricardo Raúl Benedetti

Santiago Caputo – Javier Milei – Karina Milei

Santiago Caputo, el gurú de la confrontación, acaba de protagonizar el mayor papelón institucional del gobierno de Javier Milei. Pactó con el kirchnerismo, lo traicionaron, y ahora todos en la Casa Rosada afilan el cuchillo. Ni la Corte, ni el Senado, ni la Ciudad lo salvan. El 18 de mayo podría ser su fecha de vencimiento.


La cara de la derrota no es la de un ministro. Ni siquiera la de un presidente. Es la de Santiago Caputo, el estratega en las sombras, el gurú sin cargo, el operador todopoderoso al que Javier Milei le confió el diseño completo del poder. El problema es que, en política, no se puede diseñar una república como si fuera una campaña de marketing. Esta semana, el Senado se encargó de recordárselo.

El rechazo a los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla para la Corte Suprema no fue solo una derrota parlamentaria. Fue la demolición de una estrategia que desde el primer día ignoró los consensos, despreció los equilibrios y desmanteló cualquier intento de diálogo institucional. Y lo peor: fue una derrota anticipada. Todo indicaba que no se iba a conseguir el número. Pero Caputo insistió. Porque su método no entiende de números, solo de relatos.

La insistencia con Lijo tenía una razón de peso. Según múltiples fuentes con acceso al despacho presidencial, Caputo había cerrado un pacto con Eduardo “Wado” de Pedro para garantizar el aval del kirchnerismo. Un trueque de favores en el subsuelo de la política. El problema es que el kirchnerismo nunca paga lo que promete, y esta vez no fue la excepción. Lo dejaron solo. La escena final fue digna de una serie escandinava: Caputo, solo, con los pliegos en la mano, viendo cómo se desmorona el juego que él mismo armó.

Pero el fuego no viene solo de afuera. Adentro del gobierno también lo están esperando con la soga lista. Karina Milei, la verdadera jefa de la Casa Rosada, hace rato que no le responde a tiempo los mensajes. Lo considera un operador torpe, con delirios de grandeza y resultados dudosos. Lo tolera porque no tiene otra opción. Pero si el 18 de mayo no hay milagro electoral, el castigo caerá con todo su peso.

Y ahí entra otro capítulo de esta interna brutal: la lista de legisladores porteños encabezada por el vocero Manuel Adorni. Según Caputo, esa boleta —que él mismo diseñó— va a sacar más de 30 puntos y ganarle tanto al PRO como al peronismo de Leandro Santoro. Pero Adorni no es un político, es un títere con micrófono. No dice ni hace nada sin el visto bueno de Karina. Es Karina. Su candidatura es la jugada final de la hermana presidencial para quedarse con el control territorial de la Ciudad, el botín más preciado del juego político argentino.

El mensaje es claro: si la boleta de Adorni gana, el poder es de Karina. Si pierde, el cadáver político será Caputo. En ese ajedrez se juega el futuro inmediato del cerebro detrás del mileísmo.

El problema de fondo es más serio: este gobierno eligió un estilo de poder que huele más a autocracia que a república. No dialoga, no negocia, no construye. Avanza como si tuviera mayorías que no tiene, y se indigna cuando la realidad lo frena. Y lo más peligroso: cree que las instituciones son obstáculos, no garantías. Si eso no cambia, ni el más hábil de los asesores podrá salvarlo del desastre.

En definitiva, la cara de la derrota no es Caputo: es el modelo de poder que representa. Uno que desprecia la democracia republicana, y coquetea peligrosamente con los vicios de todos los populismos que alguna vez dijo venir a combatir.

Por Ricardo Raúl Benedetti | Columna editorial | Sin Aplausos Periodismo

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