Al PRO le pido una sola cosa: que se rompa, pero que no se doble – Ricardo Raúl Benedetti

“Que se rompa, pero que no se doble”.

La primera vez que escuché esa frase fue a mis 18 años. Con unos amigos alquilamos el local de la familia donde había funcionado la sastrería de mi abuelo, ya fallecido. Él la había levantado desde cero cuando bajó del barco viniendo de Italia, con el sueño de “hacer la América”, allá en el querido Bajo Flores que me vio nacer. Con esos recuerdos y ese orgullo, armamos ahí un comité radical al que llamamos “Centro de Estudios Político-Sociales Leandro N. Alem”.

No era sólo un nombre. Era una identidad. Era una forma de ver la vida.
Y esa frase —que se rompa, pero que no se doble— no era un eslogan: era una brújula. Una forma de caminar. Una advertencia sobre el precio que no se debe pagar nunca: el de doblarse frente al poder, al cinismo, o al oportunismo.

Esa idea me marcó. Y cuando sentí que la dirigencia de la UCR no me representaba fielmente, a mediados de los 2000, la pasión y el orgullo juvenil me alejaron del partido. Me fui al llano, pero no me fui de la política. Seguí militando, en soledad, por causas que sentía justas y necesarias. Porque uno no abandona lo que cree, aunque se quede sin estructuras que lo contengan.

Durante la segunda gestión de Mauricio Macri en la Ciudad, empezamos a acercarnos al PRO, junto con Patricia Bullrich, a quien había conocido algunos años antes, cuando me vio enfrentar —sin temor, en la calle, porque nada tenía ni tengo que perder cuando peleo por causas justas— al kirchnerismo por el saqueo de los fondos de las AFJP. Y después, por mi férrea oposición a la Ley de Medios K. Con la movida autoconvocada que armamos con otros activistas, Argentina Sin Mordaza, le dimos batalla a esa ley que pretendía imponer una sola voz, la de ellos. (Y que, en parte, logró amedrentar a muchos).
Ya sabemos que Patricia se dobló al calor del nuevo gobierno. Esa es su esencia, más no la mía.

Desde entonces, siempre estuve cerca. Nunca me afilié. Preferí construir desde otro lado. Por eso organicé una movida ciudadana que, con la llegada de Juntos por el Cambio al gobierno en 2015, encontró su lugar bajo un nombre que sintetizaba todo lo que sentíamos: Banquemos. Formamos esta agrupación con un equipo de leales por todo el país, de esos que no se rinden, que no especulan, que jamás rompieron su sentir republicano.

Hoy, viendo lo que pasa con el PRO, siento que esa vieja frase de Alem volvió para poner a prueba nuestro carácter.

Al inicio del gobierno de Milei muchos lo apoyamos. Porque creímos, genuinamente, que era posible dejar atrás el desastre económico, el populismo berreta y el relato vacío que nos arrastró durante años. Imaginamos que, con coraje y decisión, podía nacer una nueva etapa. Un verdadero frente republicano, con partidos, instituciones y una visión común. Pero no fue así. En lo económico, algunas medidas tienen sentido, y lo reconozco. Pero en lo político, lo que se ve es desdén por la construcción, por el consenso, por el diálogo. Y eso duele. Porque quienes prometieron barrer con la casta, hoy actúan como una nueva versión de ella: se reparten cargos entre amigos, premian obsecuentes, y dinamitan todo lo que no pueden controlar. Nos hablaron de libertad, pero construyen poder desde la imposición.

Karina Milei, la arquitecta egipcia del poder libertario, es quien decide con precisión quirúrgica cómo se arma La Libertad Avanza en cada distrito. No hay partidos, ni mesas políticas, ni acuerdos orgánicos. Hay una lógica: absorber, cooptar, aniquilar. No sumar: devorar.

A diferencia del discurso público de su hermano Javier Milei, que suele repetir que está dispuesto a aliarse con el PRO, Karina no busca alianzas sino rendiciones individuales. Lo mismo piensa Santiago Caputo, aunque tenga sus internas con ella: el objetivo es vaciar al PRO, fragmentarlo, absorber lo útil y descartar lo que molesta. Ni partidos, ni diálogo. Sólo estructura de poder vertical.

Mauricio Macri, por su parte, sostiene otra mirada. Siempre dijo que el PRO fue clave para que Milei tuviera las leyes que requería. Nunca dejó de apostar por un entendimiento de partidos, una mesa política entre LLA y PRO que garantice gobernabilidad y evite el regreso del kirchnerismo. Pero ese intento no tiene eco donde debería: en el entorno más estrecho del presidente. La respuesta ha sido el silencio… y los fichajes a solas.

Por eso, este no es un tiempo para especular ni para esperar. Es un tiempo de definiciones profundas.

Muchos ven lo que está pasando. Y sienten angustia. Pero también esperanza. Porque en toda crisis, hay una oportunidad: la de depurar, la de recuperar el fuego, la de volver a empezar con lo que vale.

Y si eso significa perder algunos nombres, que se vayan.
Que se vayan los que quieren cargos y no valores.
Que se vayan los que creen que se puede construir futuro con oportunismo.
Que se vayan los que no entienden la diferencia entre entregar una banca… y entregar el alma.

Yo escribo esto como un activista de las ideas republicanas.
Como alguien que conoció la política colgando banderas de tela, pintando y expresando ideas y frases inspiradoras con orgullo, militando sin sueldos ni estructuras.
Como alguien que todavía cree que la política es un acto de amor por el otro. Por el país.

Y por eso lo digo: si el PRO tiene que romperse para no doblarse, que se rompa. Pero que no se entregue.
Porque entonces sí, perderíamos algo que no se recupera nunca: el sentido.

Esta no es una pelea de cargos.
Es una pelea por las ideas que alguna vez nos hicieron sentir que Argentina podía ser otra cosa.

A los dirigentes que todavía sienten lo mismo, les hablo a ustedes:
No abandonen. No especulen. No huyan.
Resistan. Plántense. Purguen si hace falta. Pero no se doblen.

Porque hay una generación que está esperando volver a creer.

Ricardo Raúl Benedetti

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