
Te voy a decir algo que espero arraigue en las ideas y corazones de aquellos que visualizan la vida más allá de la propia. Algo que no nace de la urgencia ni del cálculo, sino de esa mezcla rara y poderosa que dan la experiencia, la decepción, la esperanza y el amor maduro por la Patria.
Tengo amigos en seis de las diecisiete listas que se presentaron en esta elección histórica de la Ciudad de Buenos Aires. Seis banderas distintas. Seis pasados, presentes y futuros posibles. Algunos con quienes compartí causas nobles, otros con quienes me enfrenté con vehemencia. Pero con muchos de ellos, más allá de las trincheras, descubrí que habitamos un mismo sueño profundo: el de una Nación justa, libre y republicana. Y eso, créanme, es más fuerte que cualquier diferencia.
Una Nación donde no gobiernen los nombres y apellidos, sino las leyes. Donde el respeto al otro no sea debilidad, sino principio fundante. Donde el debate sea pasión, pero jamás destrucción. Un país donde el poder sea servicio y no botín. Donde el Estado rinda cuentas hasta el último peso, y la política vuelva a ser vocación y no carrera. Donde la justicia no tema al poderoso, y la seguridad no discrimine entre barrios. Donde la educación y la salud sean piso común, y no moneda de trueque electoral. Donde el que quiere emprender no tenga que pedir permiso ni disculpas.
Aspiro a una Argentina que renuncie al facilismo y abrace el esfuerzo. Que no castigue al que se empeña en progresar ni glorifique al que exige sin dar. Una Argentina donde el mérito vuelva a ser la lógica del ascenso social, y no una palabra prohibida. Donde el trabajo recupere su dignidad, y donde el éxito del otro no se vea como una amenaza, sino como una promesa.
Con muchos de los que compitieron en esas listas me une una fe común: que los acuerdos son posibles si hay voluntad, que la política puede volver a ser ejemplar si dejamos de seguir personas y empezamos a seguir ideas. Que la libertad no es un capricho ni slogan vacío de un partido en particular, sino un bien inicial de todos, una gran responsabilidad. Y que no hay democracia sin república, ni república sin diálogo, ni diálogo sin respeto.
No sigo hombres. No idolatro nombres. No milito salvadores. Creo en las ideas, en los valores, en los principios que nos trascienden. Y creo que sólo una generación que se atreva a pensar por encima de sí misma, que no tema dejar un legado, podrá sacar a esta patria del barro divisor ese que al secarse provoca grietas que distancian a los iguales en beneficio de unos pocos, donde la han construido los que sólo supieron mirarse el ombligo.
¿Es posible gestar este sueño común? ¿Esta sinfonía de voluntades libres, diversas, respetuosas y comprometidas con el bien común? Sí. Rotundamente, sí. No por ingenuidad, sino por convicción histórica. Porque no hay gloria sin sacrificio, ni futuro sin grandeza moral. Porque este país fue parido por hombres y mujeres que también soñaron lo imposible, y lo hicieron realidad.
Yo lo creo. Yo lo sostengo. Y si vos también lo sentís, entonces ya no somos dos, somos un comienzo. Porque los pueblos no despiertan con milagros, sino con decisiones. Y una sola decisión puede abrir la historia.
Demos ese paso. No para aplaudir a nadie, sino para construirlo todo. No para seguir, sino para liderar desde donde estemos. No para repetir consignas, sino para sembrar convicciones.
Que esta generación tenga el coraje de soñar en voz alta. Que el viento de la historia nos encuentre de pie, con la frente limpia y la mirada fija en lo importante.
Volver a creer. Volver a soñar. Mejor, que sea juntos.
Ricardo Raúl Benedetti
Esto fue Periodismo Sin Aplausos.
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