El Garrahan se desangra: Milei le cortó las venas a la salud pública – Por Ricardo Raúl Benedetti

Protesta de residentes del Hospital Garrahan

Mientras Javier Milei prepara su gira a Europa y le vende humo a gringos que no distinguen un bisturí de una motosierra, acá, en el corazón del Hospital Garrahan, se están muriendo cosas que no deberían morir: la vocación, la dignidad y el derecho de miles de niños a ser atendidos como se merecen. El hospital emblema de la pediatría argentina, orgullo de la salud pública continental, está entrando en terapia intensiva. Y no por virus ni bacterias. Por recortes. Por abandono. Por hijaputez planificada.

Sí, hijaputez. Porque otra palabra no le cabe a este plan de ajuste que no es motosierra, es guillotina. Y la cabeza que está rodando no es la de ningún ñoqui: son las de médicos, enfermeros, residentes que cobran dos mangos, laburan 60 horas por semana y encima tienen que aguantar que les digan «choriplaneros con guardapolvo».

Miseria planificada, vocación exprimida

Un residente del Garrahan cobra menos que la línea de pobreza. $797.061 por mes por meterle el pecho a guardias de 24 horas, operar con insumos vencidos y bancarse que los jefes de este país estén más preocupados por los likes en X que por la salud pública. En lo que va del año ya renunciaron 24 profesionales, y el año pasado fueron 56. No se van porque quieren; se van porque no les queda otra. Los echan sin echarlos.

¿Y el Estado? Bien, gracias. O mejor dicho: ausente. Milei, que se llena la boca hablando de libertad, les ata las manos a quienes salvan vidas. Libertad para blanquear guita, pero no para curar. Libertad para importar cosas de lujo, pero no para comprar un puto equipo de alta complejidad.

Ajuste quirúrgico, pero sin anestesia

Las imágenes que salen del hospital duelen más que una aguja sin anestesia: insumos reutilizados, turnos que se suspenden, terapias que se demoran, chicos que esperan, familias que desesperan. Mientras tanto, desde el Ministerio de Salud – ese que debería llamarse “Ministerio del Ajuste” – Mario Lugones hace equilibrio en la cuerda floja del cinismo, sonriendo ante la cámara mientras le cortan las piernas al sistema sanitario.

¿Qué pretendían? ¿Que los médicos hicieran malabares con jeringas vencidas y suturas recicladas sin decir una palabra? ¿Que siguieran calladitos mientras les pisan el alma? Se equivocaron de generación. Acá hay profesionales que no se bancan el maltrato. Que no se venden ni por el triple. Que aprendieron a operar con bisturí, pero ahora también con megáfono.

Esto no es un paro, es un grito de vida

El personal del Garrahan no paró por capricho. Paró porque el cuerpo no da más y el alma tampoco. Piden lo mínimo: un sueldo digno, condiciones seguras y que no los usen de carne de cañón. ¿Tanto cuesta entenderlo? ¿Dónde carajo quedó el sentido común?

Pero claro, más fácil es acusarlos de “piqueteros con estetoscopio” que mirar la realidad de frente. A los que aplaudían a los médicos en pandemia desde el balcón, les avisamos: ahora hay que aplaudirlos en la calle. Porque si hoy no los defendemos, mañana no queda ni hospital que nos atienda ni profesional que nos quiera curar.

A los responsables: no se limpien las manos, que la sangre no sale con jabón

No se hagan los desentendidos. Acá hay nombres y apellidos: Javier Milei, Mario Lugones, Caputo’s  Family S.A., y todos los que desde un escritorio, con planillas de Excel, deciden quién vive y quién muere. No vengan con el cuento de que no sabían. Porque el que no reacciona ante esto, no es neutral: es cómplice.

Y a los que siguen bancando este delirio libertario, les digo lo que mi abuela nos enseñaba: “Cuando el médico se va, el cementerio se llena”.

Final con bisturí y bandera

El Garrahan no pide caridad. Exige justicia. Y no la pide de rodillas: la reclama de pie. Porque un país que abandona a sus médicos y a sus chicos es un país que no tiene futuro, ni siquiera en terapia intensiva.

Escuchen bien, porque esto no es un reclamo gremial: es un grito nacional. Es el pueblo médico que se planta. Es la salud pública que se defiende como se defiende la patria: con huevos, con dignidad y con memoria.

Porque el día que no quede nadie para atendernos, ahí sí vamos a entender lo que costaba un aplauso real, un sueldo digno y una decisión política con corazón humano.

Esto fue Periodismo Sin Aplausos. Porque cuando los pibes lloran, el Estado no puede silbar bajito.

Ricardo Raúl Benedetti

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