
Yo estuve ahí. En 2017. Bancando la gestión de Juntos por el Cambio cuando volaban piedras, cuando la reforma previsional costaba más que puntos de imagen.
Nos pintaban como enemigos del pueblo, pero dábamos la cara. Defendíamos una fórmula que buscaba ordenar un sistema jubilatorio quebrado, parte de una gestión eficiente que marcó el camino correcto para el país.
Nos comimos las “14 toneladas de piedras” en la calle, y toneladas de cinismo en los medios. Pero no nos escondimos. Creíamos en algo.
Hoy miro a algunos que compartieron esa trinchera… y no los reconozco.
El veto de Milei: un portazo a los vulnerables
El 10 de julio de 2025, el Senado dio un paso valiente.
Con votos de radicales, peronistas y hasta algunos del PRO, aprobó dos leyes esenciales:
Una que subía las jubilaciones un 7,2%, llevaba el bono de $70.000 a $110.000 con ajuste por inflación, y prorrogaba la moratoria previsional.
Otra que declaraba la emergencia en discapacidad hasta 2027, asegurando fondos para prestadores de salud, pensiones no contributivas y talleres protegidos.
¿El costo? Según el Ministerio de Economía:
– 0,42% del PBI el aumento
– 0,35% el bono
– 0,20% la moratoria
– 0,15% la ley de discapacidad
Total: 1,12% del PBI.
¿El superávit proyectado? 1,6%
Hay margen: sobran 0,48 puntos para mantener el “déficit cero” que Milei predica como dogma.
Pero Milei eligió el veto.
Desde la Bolsa de Comercio, rodeado de empresarios que aplaudían, llamó “degenerados fiscales” a los senadores que votaron por los más vulnerables.
Amenazó con judicializar si el Congreso insiste.
Habló de “casta”, mientras dejaba a 7,5 millones de jubilados sin un aumento que apenas compensa una pérdida real del 13,2% desde 2023, según el CEPA. Las personas con discapacidad, que ya enfrentan recortes en servicios esenciales, se quedan mendigando lo que les corresponde por derecho.
La vergüenza de algunos referentes
En 2017, Juntos por el Cambio defendió con argumentos una reforma impopular, parte de una gestión que puso al país en el rumbo correcto.
Hoy, algunos referentes del PRO, ansiosos por subirse al carro de las “fuerzas del cielo”, dan vergüenza.
Patricia Bullrich, que pregonaba la “reparación histórica”, ahora recita el guion libertario, defendiendo un ajuste que castiga a los jubilados.
Senadores como Carmen Álvarez Rivero se ausentaron en la votación clave del 10 de julio, dejando claro que no pelearán por los dos tercios para sostener las leyes.
Su silencio -o su aplauso servil al veto de Milei- no tiene nada que ver con la convicción que mostramos en 2017.
Es una moral portátil, que se dobla según quién firme el decreto.
Los números cantan, pero el silencio duele
El superávit no es un altar sagrado. Es una herramienta. Y cuando se usa para justificar el abandono, está mal usada.
Las cifras son claras: 1,12% del PBI para dar un respiro a jubilados y personas con discapacidad.
Financiable, incluso, con la eliminación de exenciones impositivas, como propuso la oposición.
Pero Milei prefiere el látigo, el veto y la narrativa de guerra contra una supuesta “casta” que, en la práctica, no es otra que los 7,5 millones de jubilados y las familias que luchan por terapias.
Mientras tanto, la mesa se vacía, los remedios no se compran, y la dignidad se esfuma.
Yo me hago cargo
Yo me hago cargo de lo que defendí.
Y lo volvería a hacer, porque en 2017 había una idea, un proyecto, una gestión eficiente detrás.
Pero esto no es lo mismo. Es un recorte sin alma, sin argumentos, sin compasión.
La hipocresía de algunos referentes del PRO -que ayer alzaban la voz por los jubilados y hoy la bajan para no incomodar a Milei- escupe en la cara de la memoria.
Los que hablaban de justicia social ahora abrazan una planilla de Excel.
Y con esa planilla, justifican el abandono.
La pregunta final
La plata está.
Lo que falta es decencia.
Porque mientras millones sienten el precio de este silencio cómplice, esos referentes que alguna vez se jugaron por algo hoy se esconden detrás de un veto que no defiende a nadie.
¿Van a seguir mirando para otro lado?
¿O van a recordar por qué alguna vez dieron la cara?
La respuesta no está en la Rosada.
Está en la calle.
En la heladera vacía.
En la dignidad que se les niega a los más vulnerables.
Y esa respuesta… la tienen que dar ellos.
Ricardo Raúl Benedetti
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