
Buenos Aires, 30 de diciembre de 2025
Desperté la mañana de Navidad, el 24 de diciembre, con el teléfono en la mano como quien descubre que un viejo amigo lo traicionó mientras dormía. Siempre cuidé con celo la seguridad de mis dispositivos: desconfianza profesional, reflejo adquirido, paranoia funcional. No cliquear enlaces dudosos. No responder mensajes extraños. No abrir correos sospechosos. Vivir —como suelo decir— “enroscado en una parra” es parte del oficio cuando uno se dedica a incomodar al poder y a hurgar donde otros prefieren mirar para otro lado.
Nada de eso alcanzó.
Entre la medianoche del 23 y la madrugada del 24, mientras dormía, alguien entró. No a la fuerza, sino con bisturí. El dispositivo fue rastreado de forma remota, el patrón de desbloqueo modificado sin mi intervención y luego reiniciado de fábrica. En segundos desapareció todo: contactos acumulados durante años, notas de entrevistas, documentos de trabajo, archivos periodísticos, fotos y videos familiares. La vida digital completa, borrada como si nunca hubiera existido.
Mi cuenta principal de Gmail quedó secuestrada. No fue solo un cambio de contraseña: eliminaron el teléfono de recuperación, el correo alternativo y añadieron una llave de seguridad como muralla final. Google, ese algoritmo impersonal que promete protegerte, empezó a tratarme como a un intruso. Yo era el extraño. No se trataba de un descuido en una red WiFi pública ni de una torpeza personal. Fue un asalto quirúrgico, preciso, sofisticado. Un mensaje sin firma.
En mi casa, con mi familia, desconecté el WiFi por temor a que el módem de Telecentro hubiera sido vulnerado. Mis hijos —uno de 13 años, otro de 26— reportaban intentos similares en sus cuentas. Y entonces apareció el recuerdo incómodo: diez o quince días antes había visto una cuadrilla trabajando en los postes de cableado, desde la esquina hasta el que está justo frente a mi puerta. Hombres sin identificación visible, una camioneta sin logos, uniformes de un color distinto al oficial. Manipulaban cables con una intensidad que me llamó la atención. No pregunté. No denuncié. Supuse rutina.
Después de esa intervención, algunos canales de televisión dejaron de recibirse. Más tarde, un técnico oficial confirmó que eran señales digitales controladas desde la caja central del poste de la esquina. El mismo poste. Hoy sé que ahí bajé la guardia. Que esa fue la grieta.
No estaba en juego solo mi correo profesional —el que sostiene colaboraciones con Noticias Argentinas y otros medios nacionales e internacionales, ni los datos sensibles de investigaciones en curso—. Era un archivo vivo de más de quince años: cumpleaños, viajes, voces, risas, escenas irrepetibles de mis hijos. Todo respaldado en Google Fotos y Drive, con almacenamiento pago mes a mes a través de Google One. Perder eso no es un problema técnico: es un amputación emocional. Una denuncia policial, como la que realicé, no alcanza para llenar ese vacío.
¿Quién? ¿Por qué?
Argentina registró en 2024 438 incidentes cibernéticos, un 15% más que el año anterior, según CERT.ar. El phishing y el compromiso de cuentas explican más del 50% de los casos. Fortinet ubica al país entre los más atacados de América Latina, con más de 260 millones de intentos de ataque solo en el primer trimestre de 2024. Claudio Caracciolo, del Centro de Ciberseguridad Industrial, lo resume sin rodeos: “Las vulnerabilidades no discriminan; sin auditorías y gestión proactiva, la IA acelera ataques que dejan a muchos atrás”.
Pero cuando el blanco es un periodista político, el contexto cambia.
FOPEA registró 179 ataques a periodistas en 2024, un 53% más que en 2023. El 52% provino del poder político y el 44% ocurrió en entornos digitales: doxing, trolling organizado, hackeos. Noelia Barral Grigera advierte sobre “comunidades organizadas y rentadas que buscan silenciar críticas”, con impactos profesionales y personales profundos.
Hugo Alconada Mon sufrió múltiples intentos de hackeo en mayo de 2025 tras revelar planes de espionaje estatal. “No es solo contra vos —dijo—, es un mensaje para todos”. En mi caso, el dato inquietante es otro: no hubo robo de dinero, ni movimientos bancarios, ni estafas financieras. Solo destrucción. Borrado total. Un daño diseñado para intimidar.
¿Casualidad que ocurra en un país que acaba de sufrir la mayor filtración de datos personales de su historia —más de 1 TB en la dark web, con información de ANSES, ARCA, registros automotores y compañías telefónicas—? No acuso. Observo patrones. Es mi trabajo.
Mi estilo, mi tono, mis posiciones públicas me han colocado desde hace años en una relación incómoda con el poder. He discutido, confrontado, expuesto. Sé que eso genera reacciones violentas. Pero esta no fue una amenaza explícita. Fue peor: invisible.
No es la primera vez. En 2009, horas antes de una marcha de Argentina Sin Mordaza contra la ley de medios kirchnerista, recibí una llamada anónima: insultos y una amenaza atroz contra mi esposa embarazada. Era la violencia burda de otra época. Hoy no hay voz. Hay silencio. Y el silencio también disciplina.
Martín Becerra lo explica: “El poder explota la crisis de credibilidad de los medios con ataques que inducen autocensura”. Un editor histórico me lo dijo sin vueltas: “Al poder le molesta el periodismo crítico e independiente”.
Denuncias ante la CIDH por hostigamiento digital —257 agresiones en 2025, récord histórico— y las dudas sobre el rol de organismos de inteligencia abren interrogantes profundos sobre derechos y vigilancia. Juan Carlos Lara, de Derechos Digitales, advierte sobre una peligrosa zona gris.
Durante días quedé desconectado de mi propia historia. Vulnerable. Expuesto. Pero no derrotado. Tras un proceso largo, complejo y desgastante, logré finalmente recuperar mis cuentas, mis datos, mis archivos, mis recuerdos. Nada volvió solo: hubo insistencia, peritajes, verificaciones, reconstrucción paciente. Volví a entrar a mi vida digital como quien regresa a una casa saqueada pero en pie.
El daño deja marcas. La desconfianza persiste. Pero también queda una certeza: no pudieron borrar lo esencial.
En esta ciudad que no duerme, el periodismo crítico sigue de pie. Más atento. Más incómodo. Más necesario. Porque cuando alguien intenta borrarte en silencio, es señal de que lo que escribís sigue haciendo ruido.
Y yo pienso seguir escribiendo.
Ricardo Raúl Benedetti
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