El blindaje a Adorni: cuando la casta ya no es el otro – Por Ricardo R. Benedetti

El blindaje a Adorni: cuando la casta ya no es el otro – diseño IA

Hay una postal que explica todo. No está en un expediente ni en una denuncia. Está en escena. En la coreografía. En esa procesión de funcionarios abrazando a Manuel Adorni como si no estuvieran defendiendo a un vocero sino sosteniendo una muralla. Un “abrazómetro” emocional donde cada foto no es cariño sino disciplina, cada sonrisa no es espontánea sino ordenada, cada gesto repite lo que el Gobierno evita decir en voz alta: acá no cae nadie de los nuestros. Acá el poder se cuida entre sí, se protege, se tapa, se sostiene. Al mejor estilo de una defensa corporativa. La corpo mileísta.

Porque si algo dejó claro el gobierno de Javier Milei es que la épica libertaria funciona perfecto para llegar. Pero gobernar es otra cosa. Gobernar obliga a elegir. Y cuando hay que elegir, aparece la lógica de la casta. No la de los otros. La propia. La que decide quién se salva y quién se sacrifica, quién se abraza y quién se suelta. Y ahí, en ese corazón donde late el poder real, emerge Karina Milei como la arquitecta del círculo: la que define pertenencias, la que convierte gestos en órdenes, la que transforma una foto en doctrina.

El problema, porque siempre hay un problema cuando el poder se cree blindado, es que la realidad no negocia. Y lo que empezó como ruido se volvió estructura: denuncias, expedientes, nombres que se repiten, vínculos que se cruzan. Y Adorni dejó de ser el que habla para convertirse en el tema del que se habla. Ya no solo por lo que dice, sino por lo que hizo, por lo que no termina de explicar, y por lo que lo rodea: ese entramado incómodo donde la política, los negocios y las relaciones personales empiezan a convivir con una familiaridad que inquieta.

Nadie afirma, ni puede probar hoy, que haya delito. Pero tampoco se puede negar que hay zonas que no cierran. Que obligan a mirar dos veces. La consultora de su esposa trabajando con empresas que orbitan el universo estatal. Esas mismas empresas vinculadas a contratos, proveedores, decisiones que pasan por escritorios donde la lapicera nunca es inocente. Y en el medio, como pieza que encastra demasiado bien, la licitación de Tecnópolis: un negocio grande, sensible, donde de un lado está el Estado y del otro vuelven a aparecer los mismos nombres.

Entonces la pregunta ya no es judicial. Es política. ¿Dónde termina la confianza y dónde empieza el conflicto? ¿En qué momento el círculo íntimo deja de ser fortaleza y pasa a ser riesgo? ¿Cuándo la lealtad deja de ser virtud y empieza a parecerse a un sistema de cobertura?

Pero lo más revelador no está solo en el caso. Está en la reacción. Porque mientras Adorni es abrazado, protegido, sostenido en escena como si cada aparición fuera una ratificación, en otro rincón del mismo gobierno Sandra Pettovello echa a un funcionario por un crédito hipotecario. Sin margen. Sin contención. Sin foto. Dos varas. Dos códigos. Dos gobiernos conviviendo en uno: el de los intocables y el de los descartables.

Y en paralelo, Patricia Bullrich hace lo que mejor sabe hacer cuando el clima se enrarece: no choca, pero tampoco se abraza. Se corre medio paso, lo justo para no quedar pegada, lo suficiente para no romper. Porque entiende que en política no solo importa estar, importa cuándo despegarse.

Debajo de todo eso corre otro sistema, más silencioso, más eficaz: el de la pauta que no existe pero fluye, el de las empresas del Estado que expanden su presencia sin demasiadas explicaciones, el de nombres como Darío Wasserman y Pilar Ramírez que conectan el relato con la estructura, la narrativa con la caja. Porque la pureza discursiva dura hasta que aparece la necesidad de sostener poder. Después, se administra.

Y mientras tanto, la Justicia avanza. Con su ritmo, con su lógica, con sus propias internas. Ariel Lijo mueve piezas. Juan Bautista Mahiques orbita como factor de equilibrio y tensión. Y el Gobierno descubre algo incómodo: no todo se ordena, no todo se controla, no todo responde.

Entonces ya no se trata de Adorni. Esa es la superficie.

Se trata de algo más profundo: un modelo de poder que nació denunciando a la casta y que, cuando le tocó administrar el Estado, empezó a replicar sus mecanismos más conocidos. Un gobierno que prometió terminar con los privilegios y ahora decide cuáles sostener. Que hablaba de transparencia y hoy convive con zonas grises. Que se presentaba como ruptura y empieza a parecer continuidad.

Porque al final, la política siempre desnuda. Y cuando desnuda, no muestra lo que se dice. Muestra lo que se hace.

Y acá ya hay una certeza incómoda: el oficialismo no eligió investigar primero. Eligió blindar.

Y cuando un gobierno elige blindar antes que explicar, deja de pelear contra la casta.

Empieza a parecerse demasiado a ella.

Y ahí, en ese espejo, no hay relato que aguante.

Porque la épica podrá emocionar…
pero los hechos, cuando se acumulan, terminan explicando todo.

Ricardo Raúl Benedetti

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