
Exiliado por la Triple A, enfrentado al kirchnerismo cuando el silencio era regla, crítico de la cuarentena de Alberto Fernández y distante del entusiasmo libertario, Brandoni sostuvo las mismas ideas durante décadas, incluso cuando hacerlo implicaba quedarse solo. Su muerte no solo cierra una trayectoria: deja expuesta una incomodidad que la Argentina todavía no sabe cómo resolver.
No se fue solo un actor. Se fue una forma de pararse.
nunca puso sus ideas en venta. Ni por un cargo, ni por aplausos, ni por conveniencia. En un país donde las convicciones suelen adaptarse al clima de turno, eligió sostener las suyas. Siempre. Aun cuando incomodaban.
Porque si sostener lo que pensás no te cuesta nada, probablemente no estás sosteniendo mucho.
En 1974, la lo amenazó de muerte. Se exilió en México. Pagó el costo de no alinearse cuando no alinearse podía costar la vida.
Volvió. Y no cambió.
Fue dirigente de la , pero no confundió representación con obediencia. Cuando dejó de sentirse representado, se corrió. Sin estridencias. Sin concesiones.
No jugó al equilibrio cómodo. No administró silencios para caer bien. Y eso, durante los años de y , tuvo consecuencias concretas: menos trabajo, más distancia, más incomodidad. El costo de no ser parte cuando ser parte era lo más sencillo.
Aun así, no se movió.
Porque la coherencia no se adapta: se sostiene o se pierde.
Fue crítico del populismo cuando el populismo era mayoría. Señaló la deriva de la cuarentena de cuando muchos eligieron callar. Y frente al experimento libertario, tampoco se subió al aplauso automático, como sí lo hicieron varios que durante años se presentaron como halcones o guardianes de la república y que, llegado el momento, optaron por reubicarse sin demasiado ruido.
No siguió la época. La enfrentó.

Por eso hoy lo despiden todos. Los cercanos… y también los otros. Incluso algunos que eligieron el camino más fácil cuando había que elegir.
Y ahí aparece algo más que la tristeza.
La tristeza es natural. Lo que incomoda es el contraste: entre lo que se dice y lo que se hace; entre las convicciones que se proclaman y las que se sostienen cuando hay costo.
Ahí es donde su figura pesa.
No se fue solo un actor enorme. Se fue alguien que dejó expuesto —sin necesidad de decirlo— cómo se mide la coherencia en un país donde la coherencia rara vez es negocio.
Queda su obra. Queda su paso por la política. Queda su historia.
Pero sobre todo queda una medida.
Y las medidas incómodas no se aplauden: se esquivan o se enfrentan.
Gracias por todo, querido Luis Brandoni.

Ricardo Raúl Benedetti
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