Casa tomada: los ascensos en Cancillería que el Senado define mientras todos miran a Manuel Adorni – por Ricardo Raúl Benedetti

Patricia Bullrich – Pablo Quirno (La Nación)

Mañana la política va a mirar para otro lado. Mientras Manuel Adorni expone en Diputados un informe que probablemente derive en preguntas bastante más incómodas que el propio contenido, esas donde los números empiezan a hacer ruido, en el Senado, sin cámaras ni épica, se juega algo más concreto: quién controla la Cancillería.

A las 13hs, la Comisión de Acuerdos tratará los ascensos diplomáticos 2024–2025. Pliegos armados en la gestión de Gerardo Werthein y sostenidos por el actual canciller, Pablo Quirno. Sin revisión estructural. Sin ruptura. Sin ruido.

Eso no es inercia: es decisión.

El tema ya lo había planteado en
https://noticiasargentinas.com/politica/gerardo-werthein-reinstala-el-fantasma-del-kirchnerismo-en-la-cancilleria_a68e1202669dedc471addf07e
pero lo que aparece ahora le agrega densidad: nombres, trayectorias y patrones que se repiten.

Una alta y experimentada fuente de Cancillería lo baja a tierra sin diplomacia: “No se están votando ascensos. Se está votando la continuidad de un esquema donde los lugares clave quedan en manos de perfiles alineados (por historia, vínculos o lealtades) con el kirchnerismo”. Y agrega algo peor: “Hay casos que no resisten el menor análisis técnico, pero igual avanzan”.

Veamos.

En los ascensos a embajador aparecen nombres como Fernando Brun, hoy Secretario de Relaciones Económicas Internacionales, con carrera consolidada durante el kirchnerismo y vínculos políticos que explican más que su formación económica; Manuel Balaguer Salas, designado embajador sobre el final del ciclo de Cristina Fernández de Kirchner para sostener cuadros propios en el exterior; Federico González Perini, con un perfil más burocrático que técnico en comercio internacional pese a ocupar áreas sensibles; o Fausto López Crozet, nombrado en plena transición de poder en 2015, en una jugada clásica de preservación de estructura. También Santiago Villalba Díaz, cuya trayectoria incluye designaciones de último momento, anulaciones y reciclaje posterior, incluso con extensión de beneficios a su entorno familiar.

No son casos aislados, son patrones.

Cuando uno baja un escalón y mira las listas 2024–2025 para ministros de primera y segunda, el dibujo se vuelve más explícito. Aparecen perfiles como Francisco Tropepi, con recorrido bajo estructuras peronistas y cristinistas; Juan Manuel Navarro, con paso de radical a kirchnerista y hoy en áreas sensibles; Martín Soto, cercano al armado de asesores kirchneristas; o Juan Corteletti, directamente identificado como militante.

Se suman Diego Boriosi, Pablo De Angelis, Silvina Khatchrian: todos con identificación kirchnerista directa. Y en segunda línea, el patrón se repite con nombres como María Jimena Rivero (vinculada al esquema de Luis Kreckler), Rodrigo Conde Garrido, José Flores Velazco, Marian Eyharchet, entre otros.

Después están los datos que terminan de armar el cuadro: vínculos familiares (Lucas Gioja, Gabriel Herrera), redes de padrinazgo político, carreras aceleradas, afinidades que pesan más que antecedentes.

No es una purga ideológica, es algo más sofisticado: es ocupación estructural.

En paralelo, en otro carril, el trabajo de Ignacio Ortelli muestra irregularidades en los pliegos judiciales: saltos de hasta 32 posiciones en órdenes de mérito, candidatos fuera de terna, vínculos familiares, antecedentes políticos. No es Cancillería.

Pero la lógica empieza a repetirse, y ahí aparece el punto incómodo.

La discusión ya no es si hay kirchneristas en las listas. Eso es evidente. La discusión es por qué, bajo un gobierno que hizo de la ruptura con el kirchnerismo su identidad política, esas estructuras no solo sobreviven sino que se consolidan.

O peor: se validan.

Ahí es donde la pregunta deja de ser retórica.

¿Qué se está negociando?

¿Es solo falta de control?

¿Es incapacidad para desarmar una estructura que lleva años?

¿O es un acuerdo más silencioso donde cada sector garantiza espacios sensibles a cambio de algo más?

Dicho sin rodeos: ¿hay un toma y daca implícito donde unos avanzan en Cancillería mientras otros lo hacen en la Justicia?

No hay pruebas públicas de un pacto formal.

Pero empiezan a aparecer demasiadas coincidencias.

Y en política, cuando las coincidencias se ordenan, dejan de ser casualidad.

Mañana el Senado puede aprobar, frenar o maquillar estos ascensos. Pero el dato estructural ya está: hubo información, hubo advertencias, hubo margen para revisar… y sin embargo, todo sigue en pie.

Entonces la pregunta final no es técnica.

Es política.

¿Esto es desorden… o es diseño?

Tal vez no haya pacto. Tal vez sea algo más incómodo: una coincidencia funcional entre quienes decían venir a demoler un sistema y quienes llevan años perfeccionándolo. Porque desarmar una estructura requiere costo político; administrarla, en cambio, ofrece algo mucho más tentador: control sin conflicto. Y en ese punto, la frontera entre adversarios empieza a volverse difusa. No en los discursos (ahí la grieta sigue intacta) sino en los hechos, que son bastante menos teatrales y bastante más reveladores.

Al final, el poder no se mide por lo que se dice en una conferencia ni por lo que se promete en campaña, sino por a quién se asciende, a quién se protege y a quién se deja pasar. Lo demás es escenografía. Si mañana estos pliegos avanzan como están, la Cancillería no habrá cambiado de rumbo: habrá confirmado quién sigue escribiendo el guion. Y ahí ya no importa quién está en el escenario. Importa quién maneja la obra.

Ricardo Raúl Benedetti

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