El Post-Mileísmo: Consolidar los Avances, Superar los Límites y Construir un Futuro Compartido para 2027 – Por Ricardo Raúl Benedetti

Milei logró estabilizar la macroeconomía en tiempo récord, pero su propio estilo de construcción política empieza a mostrar límites para sostener lo conseguido. Entre logros concretos, costos sociales y tensiones de poder, se abre una discusión inevitable sobre lo que viene después: porque el desafío ya no es ordenar, sino sostener, y eso exige algo que el mileísmo, por diseño, resiste —acuerdos, ampliación y una nueva arquitectura política capaz de transformar el ajuste en un horizonte de estabilidad y crecimiento.

Lo que se logró y lo que empieza a tensionarse

En mayo de 2026, Argentina vive un momento de transición delicada.

Javier Milei logró lo que parecía imposible hace apenas tres años: estabilizar la macroeconomía, alcanzar superávit fiscal primario y financiero sostenido —el primero en más de 15 años— y reducir la inflación desde niveles explosivos a un dígito.

No son consignas. Son resultados.

Y una mayoría social los reconoce, incluso entre quienes hoy cuestionamos aspectos centrales de la gestión.

Ahora bien, reconocer esos logros no alcanza para explicar lo que viene.
Porque lo que viene empieza a chocar con los propios límites del mileísmo.

Una forma de hacer política basada en la polarización constante, en la deshumanización del adversario y en la negación del debate no escala hacia una etapa de construcción más amplia.

Sirvió para irrumpir en 2023.
No alcanza, por sí sola, para sostener lo que viene después de 2027.

Y ahí aparece la pregunta incómoda que recorre todo este análisis:
si lo que viene puede —o incluso debe— construirse sin Milei en el centro del sistema.

El post-mileísmo no es traición ni nostalgia. Es una etapa necesaria.
Es asumir que el orden era imprescindible, pero también que no alcanza.

Lo que funcionó: gestión concreta que convirtió ideas en resultados

La estabilización económica no cayó del cielo.
Tuvo responsables concretos.

Luis Caputo en la consolidación fiscal y la desaceleración inflacionaria.
Patricia Bullrich en la recuperación del orden en el espacio público.
Federico Sturzenegger en la desregulación estructural del Estado.
Sandra Pettovello en la auditoría y reordenamiento de los planes sociales.
Diana Mondino y Diego Santilli en la articulación política y diplomática.
Victoria Villarruel en la defensa de posiciones institucionales con respaldo amplio.

Y junto a ellos, un entramado menos visible pero igualmente determinante: equipos técnicos, segundas líneas, cuadros administrativos que, lejos del foco mediático, hicieron operativa una transformación que en la Argentina suele quedar en el plano discursivo.

No fueron “tibios”. Fueron eficaces.

Y esa eficacia explica por qué, aun en un contexto de desgaste político, muchos de estos nombres sostienen niveles de valoración que exceden al núcleo duro del oficialismo.

Los límites del mileísmo: poder concentrado, narrativa rígida y techo político

Pero los logros no eliminan los límites.

El mileísmo como construcción política arrastra una lógica que dificulta su proyección en el tiempo.

Su narrativa de pureza —la división entre “casta” y “pueblo”— convierte cualquier matiz en sospecha y cualquier acuerdo en traición.

En ese esquema, la organización del poder no es un dato menor.

La centralidad de Karina Milei no es una metáfora inocente.
Es una forma concreta de estructurar decisiones.

No solo administra accesos o agenda.
Define, filtra, ordena y condiciona.

Es, en términos reales, la figura que recibe y define.
Javier Milei, en cambio, expone y amplifica.

Ese esquema puede funcionar en la etapa de irrupción.
Pero encuentra límites cuando lo que se necesita es ampliación, negociación y construcción de mayorías.

Y ahí aparece un problema más profundo: la credibilidad.

La ruptura del pacto anticasta: cuando la percepción se vuelve política

Milei llegó con una promesa central: romper con la lógica de la casta.

Hoy, para una porción significativa de la sociedad, ese pacto aparece debilitado o directamente roto.

Casos como el escándalo de $LIBRA, las irregularidades en la ANDIS y las controversias que alcanzan a Manuel Adorni no constituyen por sí solos una condena estructural.
Pero generan algo igual de potente: sospecha persistente.

Y en política, la sospecha sostenida erosiona más que cualquier denuncia aislada.

A eso se suma un elemento aún más incómodo.

Movimientos recientes en el Senado y en áreas sensibles del Estado dejaron entrever dinámicas de negociación con sectores del peronismo más tradicional: intercambios, acuerdos puntuales, lógica de toma y daca.

Nada demasiado distinto a aquello que se prometía erradicar.

No es una prueba concluyente.
Pero es un indicio político relevante.

Y en un gobierno que construyó su legitimidad sobre la ruptura moral con el pasado, los indicios pesan.

El costo del orden: cuando el equilibrio deja heridas

Ordenar era necesario.

Nadie que mirara los números en serio podía sostener el esquema previo.

Pero que haya sido necesario no significa que haya sido neutro.

El orden no fue abstracto.

Se sintió en hogares que ajustaron hasta el límite.
En jubilaciones que quedaron rezagadas.
En trabajadores que perdieron capacidad de consumo.
En comercios que no lograron sostenerse.
En sectores productivos golpeados por una caída abrupta de la demanda.

Se sintió, también, en decisiones del Estado que, en más de un caso, cruzaron una línea sensible.

Porque cuando el ajuste pierde de vista a las personas, deja de ser un instrumento económico y pasa a ser un problema político.

Este no es un punto menor.
Es el punto.

El equilibrio fiscal es una condición necesaria.
Pero no suficiente.

Sin reconversión productiva, sin desarrollo federal, sin políticas que acompañen la transición del tejido económico, el orden corre el riesgo de convertirse en un techo.

Y la sociedad no vota techos. Vota horizontes.

El próximo paso: una convergencia posible en un sistema en movimiento

Ahí aparece el desafío.

Hace falta una convergencia de mínima,
que junte a quienes ya demostraron que pueden gestionar.

No como consigna.
Como hipótesis política.

¿Puede la política argentina construir algo más amplio?
¿Es posible que dirigentes hoy enfrentados se sienten en una misma mesa?
¿Pueden dejar de competir entre ellos… para construir algo que dure?

¿Pueden volver a encontrarse Mauricio Macri y Patricia Bullrich en un camino común?
¿Pueden articular con Luis Caputo, Federico Sturzenegger, Sandra Pettovello, Diego Santilli, Diana Mondino?
¿Puede Victoria Villarruel sostener un rol institucional dentro de un esquema más amplio?

Y del otro lado, ¿qué hacen los gobernadores?

Martín Llaryora, Maximiliano Pullaro, Ignacio Torres, Gustavo Valdés, Carlos Sadir, Claudio Vidal, Rogelio Frigerio.

Todos con peso territorial.
Todos con gestión.
Todos con aspiraciones.

Hoy priorizan sus provincias, consolidan poder local, proyectan sus propias reelecciones.
Pero también observan el tablero nacional, exploran escenarios, miden tiempos.

No están quietos.
Nadie lo está.

Pero tampoco hay, todavía, una conducción clara de lo que viene.

Ese es el dato central de esta etapa: un sistema en movimiento, sin síntesis definida.

Conclusión: sostener o volver a empezar

El post-mileísmo no es liquidar a Milei.

Es tomar lo que funcionó —el orden, la disciplina fiscal, la decisión política—
y superar sus límites.

No es una conclusión cómoda.
Tampoco lo fue para quien escribe.

Pero es, probablemente, una discusión inevitable.

Porque el verdadero desafío no es llegar.
Es sostener.

Y ahí se juega todo:

en si Argentina logra, por fin, sostener un rumbo,
consolidar lo que tanto costó ordenar
y transformar el esfuerzo en estabilidad, crecimiento y futuro real.

Dejar atrás el rencor no es ingenuidad.
Bajar el volumen del fanatismo no es debilidad.

Es, quizás, la única forma de estar a la altura de lo que viene.

Porque sostener un rumbo no es solo una decisión política.
Es una responsabilidad colectiva.

Y también —aunque incomode— una oportunidad histórica.

De esas que no se repiten.

Ricardo Raúl Benedetti

 

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