La consolidación del modelo no debe depender de la continuidad de Milei

EL REFLECTOR DE LOS MARTES – por Alejandro Sala

 La crisis económica que creó las condiciones que posibilitaron la llegada de Javier Milei a la Presidencia de la Nación no fue coyuntural, episódica ni incidental. Fue, por el contrario, una crisis estructural, el colapso final del régimen estatista que Perón había instituido casi 80 años atrás (y que todos los gobiernos posteriores, con matices, sostuvieron) que se venía desbarrancando desde mucho antes y que finalmente implosionó. Por ende, el programa económico de Milei, ejecutado por el ministro Luis Caputo, no consiste en introducir correcciones técnicas que reorienten la marcha de la economía, sino que se trata de desmontar todo un régimen defectuoso en su concepción básica y reemplazarlo por un ordenamiento virtuoso. La larga decadencia de Argentina no es casual, inexplicable ni azarosa. Es la consecuencia lógica de la vigencia de una estructura cuya naturaleza no podía derivar sino en otra cosa que en la sucesión de fracasos que nos han venido agobiando a lo largo de muchísimo tiempo.

La circunstancia de que se trate del reemplazo de un régimen caduco por uno diferente y no de una mera rectificación operativa hace aparecer el problema de la continuidad. El gobierno de Milei está tratando de darle el impulso inicial a un ciclo nuevo, a un paradigma distinto, a todo un proyecto conceptualmente innovador. Resulta evidente que se trata de una tarea de largo aliento y que apenas está comenzando. Hay un pequeño pero no desdeñable primer beneficio, el cual consiste en el establecimiento del orden macroeconómico básico, algo de lo cual el régimen anterior carecía. Pero es muchísimo el camino que hace falta recorrer, no solo en el plano estrictamente técnico de la reformulación de los fundamentos del sistema económico, sino también en el campo de la consolidación del apoyo político al nuevo modelo. Este último punto, el fortalecimiento de la base de sustentación política, es un aspecto crítico del problema.

Si lo que se está haciendo es tratar de instituir un régimen diferente, resulta no solo deseable sino indispensable que la esencia del programa trascienda a las personas, que la suerte del proyecto no quede atada a la presencia de un líder providencial, mesiánico, irreemplazable. La solidez del nuevo modelo estará ligada, no a algún personalismo ocasional, sino a la vigencia de un orden institucional que trascienda a los individuos, los respalde y les facilite la tarea, pero que a la vez sea lo suficientemente dinámico como para evolucionar conforme el tiempo transcurre y las coyunturas cambiantes van demandando liderazgos con perfiles diferenciados dentro de un tronco general de coincidencias básicas.

Toda esta reflexión algo abstracta viene al caso porque se aproxima el fin del mandato presidencial de Milei y se plantea el problema de la continuidad del actual gobierno o la aparición de algún liderazgo apto para “tomar la posta” y seguir adelante con la tarea iniciada pero que, a su vez, la profundice, la mejore, la emprolije, le de una nueva impronta. El punto sobre el que nos interesa enfatizar es que, a los efectos de que el proyecto se consolide, la renovación del liderazgo es preferible a la continuidad. ¿Por qué? Porque ese hecho pondría de manifiesto que no se trata del programa ocasional de una persona -en este caso, Milei- sino que es un plan de largo aliento que cuenta con cuadros variados y que está en condiciones de trascender a sus líderes circunstanciales.

Este planteo no va en desmedro de la gestión de Milei sino que, por el contrario, la valoriza y la sitúa en un contexto mucho más amplio que la mera duración de su gobierno. Si este análisis es correcto, Milei quedará en la memoria como quien le dio el impulso inicial a un extenso ciclo histórico que representará, a medida que se desarrolle, el curso de recuperación de Argentina después de muchas décadas de decadencia. Es por eso que, desde este espacio, creemos que no sería conveniente que Milei renueve su mandato en 2027 y que sería preferible la aparición de algún otro dirigente -que los hay, por cierto- que, con un estilo y unas prioridades diferentes, profundice y consolide la tarea que Milei inició. Y del mismo modo, es muy probable que este nuevo líder, a su debido tiempo, deba ceder el lugar a algún otro que a su vez supere lo que el sucesor de Milei haya hecho. Necesitamos consolidar un régimen, no encerrarnos en un personalismo de alcance limitado. Tenemos una oportunidad. Sería positivo que sepamos apreciarla para no desaprovecharla. Milei está cumpliendo con la tarea que el electorado le encomendó. Pero hay que trascender su gestión para darle más cohesión, más estructuración y más institucionalidad al modelo que está empezando a fraguarse. Sería un lamentable error que no sepamos ver más allá de la figura personal de Milei y nos quedemos atados a su presencia. Debemos apreciar el problema en perspectiva para que comprendamos en qué consiste la etapa por la que estamos transitando, donde Milei es un actor relevante pero no excluyente. Si somos capaces de percibir ese panorama, habremos cumplido una condición determinante para que nuestro país tenga un porvenir promisorio.

ALEJANDRO SALA

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