La guerra libertaria que Javier Milei ya no puede esconder – por Ricardo Raúl Benedetti

“Qué gagá”: el escándalo de Rufus no expuso solamente una cuenta troll. Expuso algo bastante más peligroso: un gobierno que empezó a devorarse a sí mismo en tiempo real.

La guerra por el poder – diseño IA

En cualquier gobierno más o menos serio, esto duraría seis horas.

Un asesor pediría disculpas. Un community manager sería despedido. Un vocero hablaría de “error operativo”. Fin del tema.

Pero esto es la Argentina. Y además, es el mileísmo.

El movimiento que convirtió Twitter en un arma de guerra ahora quedó atrapado dentro de su propia trinchera digital.

Porque el caso Rufus no fue un accidente menor. Fue una filtración involuntaria del estado real del oficialismo. Una radiografía brutal. Una foto sin maquillaje.

Y la imagen que apareció no fue la de un gobierno sólido y ordenado.

Fue la de un espacio consumido por internas, desconfianzas y operaciones cruzadas, mientras Javier Milei intenta evitar que el incendio llegue al corazón del poder.

Todo explotó cuando una cuenta anónima de X, feroz contra Santiago Caputo, Luis Caputo y “Las Fuerzas del Cielo”, quedó accidentalmente vinculada a la cuenta oficial de Instagram de Martín Menem.

Santiago Caputo reaccionó rápido, subió capturas, se burló: “Qué gagá”, escribió.

La cuenta desapareció poco después, pero el problema no desapareció.

Porque en política el verdadero escándalo nunca es el error. El verdadero escándalo es lo que el error revela.

Y Rufus reveló demasiado.

Reveló que la interna libertaria ya no es rumor de pasillo. Ahora es guerra abierta, pública y digitalizada. Una pelea entre dos formas de entender el poder.

De un lado, Santiago Caputo y el aparato narrativo que ayudó a fabricar el fenómeno Milei: trolls, influencers, streamers, cuentas anónimas y laboratorios de viralización. El ejército del algoritmo. La política convertida en tendencia. El poder como demolición emocional.

Del otro, Karina Milei, Lule Menem y Martín Menem. La estructura clásica. El territorio. El Congreso. Las cajas. La lógica eterna del poder argentino: controlar cargos, recursos y obediencias.

Durante meses convivieron porque Milei necesitaba a ambos.

Caputo construía épica.

Karina construía estructura.

Uno fabricaba relato.

La otra fabricaba poder.

Pero las alianzas alrededor de liderazgos tan personalistas tienen un problema: funcionan mientras todos creen que el líder los necesita por igual.

Cuando alguien se siente más importante, arranca la guerra.

Y esa guerra ya empezó.

Rufus no atacaba solo con ironía.

Metía el dedo en llagas sensibles: la Hidrovía, vínculos empresarios y avances sobre negocios estratégicos del Estado.

Demasiada precisión para un troll cualquiera.

Ahí aparece la gran paradoja.

El gobierno que llegó prometiendo destruir la vieja política terminó reconstruyéndola con estética gamer, lenguaje de streaming y operaciones en 280 caracteres.

La casta mutó, no desapareció: Ahora usa memes.

Los mismos que denunciaron operadores, carpetazos y rosca viven consumidos por las mismas lógicas. Solo que ahora ocurre en X, a cielo abierto, con hashtags y trolls persiguiendo trolls.

Y cuando un gobierno vive pendiente de sus propias guerras digitales, deja de gobernar la realidad para administrar paranoia.

Eso es lo grave.

Porque detrás de los memes aparece una crisis de conducción.

Milei sigue siendo el vértice emocional del espacio. Pero alrededor crece la lógica tribal: tribus que siempre necesitan enemigos.

  • Primero la casta.
  • Después el periodismo.
  • Después los gobernadores.
  • Después el PRO.
  • Después los aliados.
  • Y ahora entre ellos.

El algoritmo libertario empezó a morderse la cola.

En el fondo, todos entienden una verdad que pocos dicen en voz alta: la sangre pesa más que el agua.

Caputo tiene influencia y relato. Pero Karina Milei no es solamente una funcionaria. Es probablemente la única persona del sistema político argentino con un vínculo irremplazable para Javier Milei.

Por eso ya no discuten solo gestión.

Discuten supervivencia.

Quién conserva acceso al Presidente.

Quién maneja la SIDE.

Quién arma las listas.

Quién queda para el día después.

La revolución antisistema empezó a parecerse demasiado al sistema con otra estética, pero con las mismas lógicas de siempre.

Porque la política argentina tiene una costumbre casi biológica: termina absorbiendo incluso a quienes prometen destruirla.

Y tal vez ahí esté la verdadera tragedia del mileísmo.

No en que haya trolls.

Ni operaciones.

Ni que se maten entre ellos.

La verdadera tragedia es que el gobierno que construyó poder señalando enemigos externos descubrió algo mucho más incómodo:

los gobiernos también pueden romperse solos.

Ricardo Raúl Benedetti

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