
La reticencia de muchos inversores a comprometer sus capitales en emprendimientos productivos en nuestro país no es casual, fortuita ni inexplicable. Es, por el contrario, la consecuencia lógica del hecho de que, durante unos 80 años, Argentina ha defraudado a quienes confiaron en ella. La confianza es una variable absolutamente determinante para el crecimiento económico. Sin ella, los inversores se retraen y la economía se estanca. Pero para generar confianza hay que ser previsible y nosotros no lo hemos sido a lo largo de muchísimas décadas, con gobiernos de todos los signos políticos, incluidos en ellos los surgidos de golpes militares. Por lo tanto, un factor decisivo del programa de reforma económica en curso es la recomposición de la confianza que, merced a nuestras propias contradicciones e incoherencias, dinamitamos una y otra vez a lo largo de tanto tiempo.
Pero ¿cómo se recompone la confianza perdida? Si simplemente el gobierno prometiera que, de aquí en más, nuestro país hará “buena letra”, la respuesta que recibirá serán miradas escépticas. Decenas de veces todos los gobiernos aseguraron que “esta vez no nos desviaremos de nuestro rumbo” y ya sabemos que a las palabras se las llevó el viento. Es muy desalentador reconocerlo pero la aceptación dolorosa del hecho no cambia la realidad.
La circunstancia de que enfrentemos esta dificultad no significa que el problema no tenga solución. Siempre es posible recuperar la confianza de los inversores. Pero a la confianza hay que ganársela con conductas, políticas y esfuerzos que demuestren compromiso y previsibilidad, en particular, cuando las coyunturas son adversas. Fue precisamente por no cumplir esta condición, por habernos dejado llevar por impulsos irreflexivos (recordemos, por ejemplo, a la Asamblea Legislativa aplaudiendo festivamente el default anunciado por Rodríguez Saa) que perdimos la confianza de los agentes económicos.

La condición necesaria para la recuperación de la confianza de los inversores es que sostengamos el esfuerzo a través del tiempo aun cuando no obtengamos en forma inmediata resultados todo lo satisfactorios que desearíamos. Si no tuviéramos el historial negativo que arrastramos, probablemente los beneficios llegarían más rápido. Pero después de tanto tiempo de comportarnos irresponsablemente, tampoco podemos pretender que nos crean de la noche a la mañana.
El problema se torna aun más complejo porque hay aun en la sociedad muchos sectores que reivindican la irresponsabilidad fiscal. Cuando el Congreso sanciona leyes que implican incrementar gastos sin explicitar de dónde sería posible obtener los fondos que solventarían esas erogaciones, está contribuyendo a erosionar la confianza de los potenciales inversores. En este contexto, es ponderable la tenacidad con la que el presidente Javier Milei sostiene (con muy mal talante, en forma autoritaria, con conductas antirrepublicanas que no dejan de ser reprobables, por cierto) a rajatabla el principio del equilibrio fiscal. Este escenario donde el mantenimiento de los fundamentos del equilibrio macroeconómico está constantemente jaqueado por iniciativas trasnochadas explica por qué, a pesar de que el gobierno procura cumplir con los requisitos para atraer inversiones, los capitalistas se mantienen reacios a comprometerse.
Si amplios sectores del sistema político promueven políticas que implican desalentar la inversión, es natural que quienes podrían involucrar sus capitales en emprendimientos productivos, al observar esas conductas, prefieran buscar otros horizontes. Solo en la medida en que tales riesgos desaparezcan -o, al menos, se reduzcan sustancialmente- las inversiones empezarán a fluir en una magnitud que sustente el crecimiento general de la economía y su diseminación hacia todos los ámbitos del tejido social para que la prosperidad sea generalizada y no suceda como ahora, que queda focalizada en unos pocos campos, tales como la minería, la energía y el agro.
Tenemos un problema y debemos hacernos cargo de él. No es responsabilidad directa del gobierno (el peronismo es el principal causante de esta dificultad con la siempre dispuesta colaboración de las corrientes de izquierda) aunque el gobierno podría conducirse mejor para neutralizarlo. El problema es que necesitamos un flujo de inversiones muchísimo más intenso del que estamos obteniendo. Para superar este obstáculo, es necesario generar confianza en que las reglas de juego de la economía no cambiarán intempestivamente. Los empresarios demandan previsibilidad jurídica y libertad para trabajar. Del resto se encargan ellos mismos junto con su personal. Solo en la medida en que inspiremos confianza en que cumpliremos estos requisitos las inversiones fluirán. Pero para eso debemos tener constancia y paciencia. De lo contrario, nosotros mismos pagaremos las consecuencias. Tengámoslo en cuenta.
Alejandro Sala
Apoyá a los que trabajamos por el derecho a la verdad. Hacé clic acá y suscribite a ricardobenedetti.com