
La Argentina todavía está saliendo de terapia intensiva. Y mientras millones de personas hacen malabares para llegar a fin de mes, parte del oficialismo parece atrapado en una interna adolescente de trolls, operaciones y egos. Los “Rufus” de la vida liquidando a los propios, dirigentes libertarios tratándose de “gagá” entre ellos y una dirigencia cada vez más obsesionada con las guerras de Twitter que con el desgaste real que empieza a sentirse abajo.
Mientras tanto, el kirchnerismo mira todo desde la platea esperando que se autodestruyan solos.
Y sería una estupidez política monumental negar algo evidente: La Libertad Avanza despertó una energía social auténtica. Millones de argentinos que ya no creían en nada encontraron ahí una forma de expresar años de frustración acumulada, bronca, cansancio y hartazgo frente a una decadencia interminable.
Esa energía existe. Esa bronca existe. Y esos votantes son imprescindibles para cualquier mayoría que quiera evitar el regreso del kirchnerismo en 2027.
Negarlo sería vivir en una burbuja.
Ahora bien: una cosa es usar esa fuerza para romper un sistema agotado. Otra muy distinta es creer que alcanza con furia, confrontación permanente y épica de redes para reconstruir un país destruido hace décadas.
Porque gobernar no es solamente dinamitar.
Gobernar también implica corregir. Escuchar. Adaptarse. Entender cuándo una sociedad empieza a agotarse antes de que la cuerda se termine cortando.
Y ahí aparece el verdadero problema de buena parte del oficialismo actual: no parece tener capacidad de cambio.
Ante cada crítica aceleran en la curva. Ante cada señal de desgaste redoblan la apuesta. Como si reconocer errores fuera una traición ideológica. Como si la sensibilidad fuese debilidad. Como si administrar un país consistiera únicamente en repetir “Todo Marcha Acorde al Plan” mientras cada vez más argentinos sienten que el bolsillo no aguanta, que el trabajo se volvió más frágil y que el esfuerzo cotidiano ya no alcanza.
Y ojo: esto no significa negar la necesidad del ajuste ni el desastre económico heredado. El país venía directamente al borde del abismo. Había que ordenar una economía detonada por años de populismo irresponsable, corrupción y emisión descontrolada.
Pero una cosa es aplicar medidas duras para evitar el colapso. Y otra muy distinta es enamorarse del ajuste hasta perder la capacidad de mirar a los que van quedando tirados al costado del camino.
Porque cuando un gobierno deja de escuchar, lentamente empieza a encerrarse en sí mismo. Y cuando el poder se convence de que nunca se equivoca, normalmente termina estampándose contra la realidad.
La historia argentina está llena de esos finales.
Pero además está pasando otra cosa igual de preocupante.
Se intenta instalar la idea de que cualquier voz crítica dentro del espacio del cambio automáticamente favorece el regreso del kirchnerismo. El famoso “o están con nosotros o vuelven los kukas”. Una lógica de disciplinamiento político diseñada para impedir cualquier alternativa republicana distinta que pueda disputar liderazgo dentro del mismo universo ideológico.
Y ahí aparece otro fenómeno cada vez más evidente.
Muchos dirigentes, periodistas, influencers y analistas que durante años denunciaron operadores, propaganda y pauta oficial ahora hacen silencio frente a contradicciones evidentes, blindan errores groseros y atacan a cualquiera que se anime a cuestionar algo del oficialismo.
Algunos lo hacen por conveniencia política.
Otros porque descubrieron que defender al gobierno también paga.
A veces con contratos. A veces con negocios. A veces con pauta informal disfrazada de otra cosa.
Porque en la Argentina la propaganda oficial cambia de nombre, de formato y de plataforma… pero rara vez desaparece del todo.
Entonces ya no analizan. Blindan.
Y cualquiera que intente abrir una discusión sobre errores reales del gobierno automáticamente es acusado de funcional al kirchnerismo.
Pero justamente porque no queremos que vuelva el kirchnerismo es que hay que animarse a discutir a tiempo los límites, las contradicciones y las incapacidades de una parte importante de la dirigencia actual.
Porque el problema no son los votantes libertarios.
Al contrario.
Esos millones de argentinos que empujaron este cambio son imprescindibles para construir una nueva mayoría política capaz de sacar definitivamente al país de la decadencia.
La discusión real pasa por otro lado: si buena parte de la dirigencia que hoy administra el poder tiene realmente la madurez, la sensibilidad y la capacidad política necesarias para conducir la etapa que viene.
Porque destruir un modelo agotado requería coraje.
Pero reconstruir un país exige algo todavía más difícil: equilibrio, experiencia, templanza, estructura, y capacidad de corregir antes de chocar.
Por eso el desafío de 2027 no es volver atrás. Mucho menos rifar todo lo conseguido en nombre de una bronca eterna que termina consumiéndose a sí misma.
El verdadero desafío es continuar el cambio… pero hacerlo mejor.
Con más profesionalismo. Con más humanidad. Con más estabilidad emocional. Con dirigentes que entiendan que administrar un país no es solamente pelearse con periodistas, dominar la conversación digital o ganar discusiones en redes sociales.
Porque la bronca sirve para llegar.
Pero no alcanza para gobernar un país.
Y tarde o temprano, la Argentina va a necesitar una nueva síntesis: liberal, republicana, moderna y seria. Una alternativa capaz de sostener las reformas necesarias sin convertir la política en una guerra permanente contra la propia sociedad.
Porque las grietas no llenan la heladera. Los slogans no generan trabajo. Y los egos inflados nunca construyeron un país.
La Argentina no necesita más fanatismos.
Necesita madurez.
Y la necesita ya.
Ricardo Raúl Benedetti
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