
Muchas personas -coincidan o no con el rumbo elegido por el gobierno para orientar la marcha del país- creen que esta experiencia liderada por Javier Milei tiene amplias probabilidades de terminar tan mal como concluyeron todas sus antecesoras. No es descabellado suponer que esto pueda pasar. Nos hemos desengañado tantas veces que ahora se hace difícil confiar y, ante la menor incertidumbre, hay una extendida propensión a pensar lo peor. Sin embargo, hay también motivos para confiar, no en que la gestión de Milei obrará el milagro de resolver todos los problemas del país rápidamente, pero sí en que está comenzando un ciclo de progreso y mejora sostenidos y duraderos. Resulta por lo tanto importante entender cuál es el fundamento de esta observación.
Los gobiernos con los que el de Milei tiene alguna afinidad ideológica son los de Menem, De la Rua y Macri. Hay dos grandes diferencias entre el actual ciclo encabezado por Milei y sus antecesores. Una de esas diferencias es atribuible a la gestión del gobierno en sí misma (aunque condicionado por el contexto en el que le toca actuar) y la otra está relacionada con los sentimientos colectivos en cada momento.
Milei, a diferencia de sus antecesores, se enfocó en alcanzar y sostener el equilibrio fiscal. Lo hizo por convicción personal pero tuvo a su favor al hecho de que planteó esa propuesta en la campaña electoral y fue votado para eso. Los peronistas suelen no entender la significación de esa diferencia entre la política económica de Milei y cualquiera anterior. Por eso son propensos a sostener que este programa hará crisis en cualquier momento, lo cual es erróneo porque está eliminada la causa de todas las crisis precedentes, el déficit fiscal. El apoyo político a Milei está atado a que cumpla esta condición y produzca su efecto subsiguiente, que es la reducción y finalmente la eliminación de la inflación crónica. Es mérito de Milei pero también de quienes apoyamos la puesta en práctica de este principio básico de política económica.

La otra razón por la cual estamos en una etapa diferente a todas las anteriores es que se ha producido un giro ideológico en el pensamiento de muchos argentinos, quienes han comprendido que la declinación crónica del país tiene su causa en un régimen económico intrínsecamente inviable y se han tornado partidarios, no de emparcharlo ni de corregirlo, sino de eliminarlo y reemplazarlo por un sistema diferente. Milei no provocó este replanteo ideológico (en el mejor de los casos, contribuyó a estimularlo) pero sí lo representó con más energía que nadie y por eso terminó en la Casa Rosada. No hay antecedentes de que la sociedad esté demandando un giro hacia la economía liberal en el marco de la democracia plena (no vayamos hasta el siglo XIX y la Generación del 80 porque entonces las elecciones eran fraudulentas; la democracia era una mera ficción). Ni siquiera en los años ’90, cuando Menem motorizó una política económica con muchos rasgos liberales, una mayoría social demandaba un cambio de régimen. Por entonces, lo que se reclamaba era el fin de la inflación pero las preferencias políticas estaban volcadas hacia el peronismo. Por eso, agotado el atípico ciclo menemista, sobrevino el kirchnerismo, que volvió a poner al peronismo en su lugar característico. Ahora es diferente. Hay amplios segmentos de la sociedad que reclaman taxativamente la vigencia de un orden promercado.
La combinación de estos dos factores torna muy improbable una vuelta atrás en la orientación de la política económica. El equilibrio fiscal asegura que la economía no colapsará. Podría no crecer, tener dificultades para desenvolverse pero no hay motivo para suponer una crisis. Y el cambio de perspectiva ideológica, la aparición de la percepción de que por el camino del estatismo el resultado es el fracaso, ha provocado una revalorización de la economía de mercado (con diferentes grados de intensidad pero con coincidencias en la línea básica) que lleva a creer que el rumbo actual, aunque sin dudas necesita correcciones y mayor dosis de prolijidad, empieza a consolidarse.
Si esta hipótesis es correcta, aunque muchos tengan dudas y desconfianza, lo cierto es que las perspectivas para Argentina empiezan a dejar margen para el optimismo. Hay mucho camino por recorrer y seguramente Milei no tiene el perfil apropiado para liderar las etapas que sobrevengan. Deberán aparecer nuevos dirigentes. Pero precisamente eso es lo positivo. Tenemos ante nosotros -a diferencia de todo lo que sucedía con los gobiernos anteriores- un porvenir promisorio porque están cumplidas las condiciones básicas (que deberán ser completadas con otros requisitos que se irán agregando a lo largo del tiempo) para avanzar por la senda de la prosperidad, el progreso y el bienestar generalizados. Los niños y jóvenes de hoy tendrán la fortuna que sus padres y abuelos no tuvieron (o no supieron provocar) en el sentido de que vivirán en un país que empezará a ofrecerles oportunidades y perspectivas más atractivas y más promisorias. En buena hora que así sea.
Alejandro Sala
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