Lo que falta en el debate sobre Milei, Thiel y la inteligencia artificial – Por Ricardo Raúl Benedetti

Diseño IA

Durante décadas, Argentina fue el país que el mundo observaba para confirmar sus prejuicios: inflación crónica, defaults seriales, crisis recurrentes y oportunidades desperdiciadas. Un museo de fracasos económicos latinoamericanos.

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, la mirada es distinta.

Ya no como advertencia.

Como experimento.

El 4 de junio de 2026, Javier Milei publicó en el Financial Times una columna que desafía el espíritu regulador dominante en buena parte de Occidente. Bajo el título Argentina invites AI to free itself, defendió junto a Federico Sturzenegger una inteligencia artificial sin regulación prematura, propuso la creación de “sociedades no humanas” —entidades operadas íntegramente por agentes de IA con responsabilidad limitada— y planteó un régimen extraordinario de incentivos para atraer centros de datos, semiconductores e inversiones tecnológicas de gran escala.

La señal más elocuente de que algo está ocurriendo llegó días antes. El mismo Financial Times informó que Peter Thiel había trasladado temporalmente a su familia a Buenos Aires, adquirido una propiedad en Barrio Parque e inscripto a sus hijos en escuelas locales.

¿Por qué Argentina?

No California.

No Texas.

Ni siquiera Uruguay.

Porque aquí se está desarrollando uno de los experimentos libertarios más audaces emprendidos por una economía mediana en las últimas décadas.

Thiel no es simplemente un multimillonario exitoso. Fue el primer gran inversor externo de Facebook, cofundador de PayPal, fundador de Palantir y una de las figuras intelectuales más influyentes —y controvertidas— del ecosistema tecnológico global.

En 2009 escribió una frase que todavía genera debate:

“Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.

Más allá de la provocación, la afirmación refleja una corriente de pensamiento que considera que las democracias occidentales se han vuelto demasiado lentas, burocráticas y condicionadas por estructuras incapaces de adaptarse al ritmo de la innovación tecnológica.

Es allí donde el camino de Thiel se cruza con el de Milei.

Ambos llegan desde tradiciones diferentes, pero comparten una sospecha común: que el principal obstáculo para el progreso ya no es la escasez de capital ni de conocimiento, sino la acumulación de regulaciones, burocracias e instituciones diseñadas para un mundo que está desapareciendo.

Curtis Yarvin, una de las referencias intelectuales de ese universo, bautizó como “The Cathedral” a la red informal compuesta por universidades, medios de comunicación, burocracias estatales y elites culturales que, según su visión, moldean el consenso dominante en Occidente.

Para sus seguidores, la regulación de la inteligencia artificial representa la última extensión de ese poder.

Para sus críticos, se trata de una lectura simplista de fenómenos mucho más complejos.

Pero la discusión ya no es marginal.

Las ideas que hace apenas una década circulaban en blogs y foros especializados hoy influyen sobre empresarios que administran miles de millones de dólares y mantienen acceso directo a presidentes y gobiernos.

Ese dato cambia la naturaleza del debate.

Porque detrás de la inteligencia artificial se está librando una discusión mucho más profunda: quién ejercerá el poder en el siglo XXI.

Los defensores de la aceleración tecnológica sostienen que la oportunidad económica es gigantesca.

McKinsey estima que la inteligencia artificial generativa podría aportar entre 2,6 y 4,4 billones de dólares anuales a la economía mundial. Goldman Sachs proyecta un incremento cercano al 7% del producto global durante la próxima década.

Las cifras ayudan a entender por qué tantos países compiten por atraer inversiones vinculadas a la IA.

La promesa económica es demasiado grande para ser ignorada.

Pero el optimismo no es unánime.

Yanis Varoufakis sostiene que estamos ingresando en una nueva etapa histórica que denomina techno-feudalismo. Según su tesis, las grandes plataformas digitales ya no compiten dentro de los mercados: los controlan. La concentración de datos, infraestructura computacional y capacidad algorítmica estaría generando formas de poder privado sin precedentes.

La pregunta ya no es solamente cuánto crecerá la economía.

La pregunta es quién controlará las herramientas que harán posible ese crecimiento.

Aquí aparece la tensión verdadera.

No se trata simplemente de desregulación versus estatismo.

Se trata de poder.

¿Quién tomará las decisiones fundamentales?

¿Los ciudadanos a través de instituciones democráticas?

¿Los Estados?

¿O corporaciones tecnológicas capaces de concentrar información, recursos y capacidad de procesamiento en una escala inédita?

La tradición liberal clásica ofrece algunas pistas.

Friedrich Hayek advirtió contra toda concentración excesiva de poder, independientemente de su origen. Alexis de Tocqueville comprendió que la libertad necesita instituciones capaces de contener abusos. Karl Popper defendió la sociedad abierta precisamente porque ninguna autoridad —política, económica o intelectual— debería quedar exenta de controles.

Y aquí aparece el aspecto más interesante del experimento argentino.

Durante décadas, los países desarrollados observaron a Argentina para estudiar cómo fracasan las políticas económicas.

Ahora ocurre algo inusual.

Las mismas sociedades que durante años intentaron enseñarle a Argentina cómo administrar el presente comienzan a observarla para comprender cómo podría organizarse el futuro.

Esa inversión histórica es, quizás, el dato más relevante de todos.

Porque el verdadero experimento que impulsa Milei no consiste solamente en reducir regulaciones o atraer inversiones.

Consiste en intentar demostrar que una nación periférica puede convertirse en protagonista de la próxima revolución tecnológica en lugar de limitarse a recibir sus consecuencias.

Todos observan el fenómeno Milei-Thiel como una discusión sobre inteligencia artificial, impuestos y desregulación.

Yo veo algo más profundo.

Argentina está poniendo a prueba una pregunta que muchas democracias desarrolladas todavía no se animan a responder: ¿es posible acelerar radicalmente la innovación tecnológica sin transferir poder excesivo a nuevas elites económicas y digitales?

Quizás estemos asistiendo al nacimiento de un nuevo polo global de innovación.

Quizás estemos presenciando una versión más sofisticada de la dependencia.

Todavía nadie lo sabe.

Lo que sí sabemos es que, por primera vez en décadas, Argentina dejó de ocupar el centro de la conversación mundial por sus fracasos.

Ahora lo ocupa por una hipótesis.

Y si el siglo XXI termina definiéndose por la relación entre inteligencia artificial, libertad y poder, no sería extraño que algunas de las respuestas más importantes comiencen a escribirse aquí, en el extremo sur del mundo.

Ricardo Raúl Benedetti

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