
La llegada de Javier Milei a la Presidencia de la Nación representó un giro de 180 grados respecto del rumbo que el kirchnerismo había impreso a la marcha del país durante todos sus mandatos. Esa reversión que Milei impulsó y viene sosteniendo era necesaria porque, si seguíamos en la dirección anterior, nos encaminábamos directamente hacia el precipicio. Pero el gobierno de Milei es solo el primer paso dentro de lo que es un ciclo que, necesariamente, deberá ser extenso. Este enfoque del asunto nos lleva a echar una mirada hacia el futuro para reflexionar acerca de cuál debería ser el derrotero por el que este replanteo debería transitar.
Una de las condiciones necesarias -entre muchas- para que este cambio de paradigma se consolide y se profundice es no quedar supeditado a la continuidad de una única persona, que en este caso sería Milei. Si lo que debemos cambiar es un sistema, si el plan es pasar de un esquema estatista a un orden republicano, es necesario que todo el proyecto se realimente a sí mismo y sea capaz de promover, de su propio elenco de dirigentes, a nuevos líderes que se vayan transfiriendo la representación del modelo, con sus respectivos aportes, para que quede asegurada la renovación y la continuidad, más allá de las personas e inclusive de los partidos que se vayan sucediendo en el gobierno.
El núcleo del problema consiste en pasar del personalismo a la institucionalidad. El proyecto de Milei es personalista, toda la dinámica gira alrededor de la figura del líder. No hay en la LLA nadie que tenga peso por sí mismo. El caso de Patricia Bullrich -que sí tiene identidad política propia- es aparte porque ella no es del riñón del mileísmo sino que vino de afuera y aprovechó la necesidad de apoyos de Milei para infiltrarse. Por eso a Bullrich se la mira con mucho recelo en el gobierno, a pesar de que hasta ahora ha sido consecuente en su apoyo al Presidente. Aunque obviamente no lo dicen, los hermanos Milei están esperando la oportunidad para eyectar a Bullrich. No lo han hecho aun porque la necesitan. Pero tienen la idea “en el freezer” y la descongelarán si se les presenta la oportunidad.
Pero esta característica, la supeditación de todo el desarrollo del programa a la voluntad individual de un líder, es justamente lo contrario de lo que nuestro país necesita en las circunstancias actuales. Un proyecto que depende de la continuidad de una única persona -algo que los partidarios acérrimos de Milei intentan instalar- queda irremediablemente anulado cuando a ese referente hegemónico se le agota el impulso político. Entonces, los reaccionarios, que están siempre al acecho para neutralizar los programas reformistas, recuperan protagonismo y deshacen todo lo que se había avanzado. Esto fue lo que sucedió cuando Duhalde y luego mucho más los kirchneristas tomaron el control después del ciclo menemista. Aun con falencias, errores, inconsistencias y contradicciones, Argentina había logrado avances importantes durante los años ’90. Había bastante por corregir para cuando Menem dejó el gobierno. Pero aparecieron los peronistas clásicos representados por Duhalde y Kirchner y, en lugar de preservar lo valioso y rectificar lo que se requería mejorar, directamente demolieron la construcción que se había iniciado con la llegada de Menem al gobierno. Eso sucedió, esencialmente, porque Menem no tuvo un recambio apropiado, ya sea por dentro o por fuera del peronismo.
Este es el riesgo al que estamos expuestos ahora. Debemos trasponer a Milei, no para anular su aporte, sino para construir a partir de lo que él hizo. Hay bastante de rescatable en la gestión de Milei y mucho por corregir y mejorar. Entonces, para que este proyecto reformista se consolide, es de la mayor importancia que quien se haga cargo del gobierno en 2027 sea otro dirigente, no Milei. Y quien suceda a Milei debe tener un perfil personal diferente -más republicano, más convencional, menos excéntrico- pero su política no debe ser contradictoria sino complementaria con la de Milei.
Este es el gran desafío del programa reformista: institucionalizarse, dejar atrás el personalismo, no depender de un único individuo sino convertirse en un movimiento colectivo con vida propia. Se trata de un desafío difícil porque la idea de descansar en la figura de un líder indiscutido es siempre tentadora, menos comprometida, menos exigente. Pero es un camino que impide la renovación del proyecto, la adecuación a demandas cambiantes, la inyección de aire fresco y visiones superadoras. Si Milei siguiera en el período 2027/31 ¿qué traería de nuevo? Nada, seguiría haciendo lo mismo que ya ha estado haciendo durante su mandato actual. Lo haría de la misma manera, con la misma gente. Nos estancaríamos. No es eso lo que necesitamos. Debemos superar el personalismo y avanzar hacia un sistema institucionalizado, donde lo importante sea el programa en su conjunto y los sucesivos líderes los ejecutores de las demandas de cada momento. ¿Lo lograremos? Es una incógnita. Pero siempre es bueno tener claro hacia dónde debemos avanzar. Por eso estas líneas.
Alejandro Sala
Apoyá a los que trabajamos por el derecho a la verdad. Hacé clic acá y suscribite a ricardobenedetti.com