El verdadero costo del ajuste de Milei: la desaparición gradual de la clase media argentina

La desaparición gradual de la clase media argentina – diseño IA

La inflación bajó, el superávit llegó y la economía recuperó previsibilidad. Pero los datos oficiales muestran que el alivio todavía no llegó con la misma intensidad a quienes viven de un salario: menos empleo formal, más endeudamiento y una clase media cada vez más exigida para conservar el nivel de vida que antes daba por descontado.

Durante décadas, la Argentina discutió cómo sacar gente de la pobreza. Quizás la discusión que empieza ahora sea otra: cómo evitar que desaparezca la clase media.

Durante más de un siglo, la Argentina construyó una identidad que la diferenciaba del resto de América Latina: una clase media amplia, nacida del trabajo, la educación y la movilidad social.

Negar los logros macroeconómicos sería tan equivocado como ignorar los costos sociales que todavía persisten. La estabilización ocurrió. La inflación dejó de correr al ritmo devastador de 2023. El déficit fiscal desapareció. El Banco Central recompuso parte de sus reservas y la brecha cambiaria se redujo. Son avances concretos que pocos imaginaban posibles hace apenas dos años y medio.

El verdadero examen de un programa económico nunca termina cuando baja la inflación. Empieza cuando la sociedad vuelve a proyectar un futuro.

La cuenta que no cierra

Laura (nombre ficticio), empleada administrativa de 42 años en una empresa de servicios en CABA, vive con su marido —técnico en una pyme— y dos hijos adolescentes en un departamento de tres ambientes en Villa Urquiza. En 2023, con los dos sueldos formales, «llegaban justito pero llegaban». Hoy, a mediados de 2026, calcula que necesita casi $2,5 millones mensuales entre los dos solamente para mantener el mismo nivel de vida de hace tres años.

«La inflación bajó, eso se nota en el supermercado. Pero los sueldos no alcanzaron a subir tanto, el alquiler se comió todo y ahora cualquier imprevisto es una deuda con la tarjeta», cuenta.

Su historia no es una excepción. Es el rostro cotidiano de una tendencia que empieza a aparecer en los indicadores oficiales.

Cuando los números dejan de cerrar

El Gobierno mira el déficit. Las familias miran el resumen de la tarjeta.

El Gobierno celebra el superávit. Los trabajadores cuentan cuántos meses hace que postergan cambiar el auto o arreglar la casa.

El Gobierno muestra gráficos de inflación. La clase media hace cuentas para no dejar de ser clase media.

Según el SIPA, desde fines de 2023 se perdieron entre 200.000 y 300.000 puestos asalariados registrados formales. Solo Neuquén y Río Negro mostraron ganancias netas. El empleo privado formal se contrajo, mientras creció el monotributo como forma alternativa.

En materia previsional, los haberes mínimos perdieron entre 13% y 27% de poder adquisitivo real desde diciembre de 2023. La nueva fórmula de movilidad generó un rezago, especialmente para quienes perciben la jubilación mínima más el bono.

El consumo también refleja esa presión. Las ventas en supermercados y comercios minoristas registraron caídas interanuales en varios meses de 2025 y 2026, según el INDEC. Al mismo tiempo, la mora en créditos a familias alcanzó el 12,7% en mayo de 2026, más de cinco veces el nivel registrado en octubre de 2024. Casi siete millones de personas enfrentan dificultades o exclusión para acceder a nuevo financiamiento.

Los ex clase media

Las clases sociales rara vez desaparecen de un día para otro. Se erosionan lentamente.

Primero se cancelan las vacaciones.

Después se posterga cambiar el auto.

Más tarde llegan las cuotas de la escuela, el arreglo de la casa, la tarjeta que deja de cerrarse.

Hasta que un día una familia descubre que sigue teniendo trabajo, pero ya no puede sostener el nivel de vida que durante años consideró normal.

Así nacen los ex clase media.

Una familia deja de sentirse clase media cuando pierde la capacidad de proyectar. Cuando comprar una vivienda, cambiar el auto, ahorrar, mandar un hijo a estudiar o irse de vacaciones sin endeudarse dejan de ser objetivos posibles para convertirse en recuerdos de otra época.

CABA, el laboratorio social

La Ciudad de Buenos Aires funciona como un laboratorio social. Tiene el costo de vida más alto del país y uno de los sistemas estadísticos más detallados para medir la evolución de los sectores medios.

En mayo de 2026, una familia tipo de cuatro personas necesitaba ingresos mensuales de entre $2.450.044 y $7.840.142 para ubicarse dentro del «sector medio – clase media». La Canasta Total para ese hogar rondó los $1,96 millones.

En el primer trimestre de 2026, la pobreza en la Ciudad alcanzó al 21,1% de las personas y la indigencia subió al 8,9%. Aunque durante 2025 se registraron mejoras, el comienzo de 2026 mostró un freno y un deterioro en la composición social.

El Congreso reflejó las prioridades

El recorrido legislativo ayuda a entender el rumbo del Gobierno.

Las reformas que avanzaron estuvieron vinculadas principalmente a la apertura económica, la desregulación, el equilibrio fiscal y los incentivos a la inversión, a través de la Ley de Bases y del paquete fiscal.

En cambio, las iniciativas con mayor impacto sobre el gasto social —como aumentos jubilatorios, moratoria previsional o financiamiento universitario— encontraron una fuerte resistencia del Poder Ejecutivo, que las consideró incompatibles con el objetivo de preservar el superávit. Algunos de esos vetos fueron posteriormente revertidos por el Congreso.

Al mismo tiempo, el Gobierno concentró capital político en reformas institucionales de largo plazo. En abril de 2026 envió al Senado un proyecto de reforma electoral integral que propone eliminar definitivamente las PASO, incorporar la Ficha Limpia, modificar el financiamiento de los partidos políticos y endurecer los requisitos para conservar la personería jurídica de las agrupaciones, con el objetivo declarado de reducir costos y terminar con los llamados «sellos de goma». A comienzos de julio, la iniciativa seguía postergada por falta de acuerdos políticos.

La gran discusión que viene

La Argentina aprendió a medir la pobreza. Tal vez todavía no aprendió a medir algo igual de importante: la velocidad con la que una familia deja de sentirse clase media.

Durante décadas, el orgullo argentino no fue solamente tener recursos naturales o una industria más desarrollada que la región. Fue haber construido una sociedad donde un hijo podía vivir mejor que sus padres.

Cuando esa expectativa empieza a romperse, el problema deja de ser solamente económico. Empieza a ser cultural.

El Gobierno podrá mostrar, con razón, una economía mucho más ordenada que la que recibió. La verdadera pregunta es si ese orden alcanzará para reconstruir aquello que ninguna planilla de Excel puede medir: la expectativa de progreso de quienes viven de su trabajo.

Porque la inflación destruye salarios. Pero la pérdida de expectativas destruye proyectos de vida.

Una economía puede equilibrar sus cuentas. La pregunta es si una sociedad puede hacer lo mismo cuando empieza a perder el sector que históricamente la sostuvo.

Quizás el desafío de la próxima década ya no sea solamente reducir la pobreza. Tal vez sea impedir que el ascensor social termine de romperse.

Porque cuando una sociedad empieza a perder su clase media, no solamente cambia su economía. Cambia su forma de vivir, de consumir, de educarse, de votar y hasta de imaginar el futuro.

Si dentro de diez años alguien pregunta cuándo empezó a cambiar la sociedad argentina, probablemente no encuentre la respuesta en un índice de inflación. Tal vez la encuentre el día en que millones de trabajadores descubrieron que seguían teniendo empleo, pero habían dejado de sentirse clase media.

Ricardo Raúl Benedetti

Fuentes principales: INDEC, IDECBA, SIPA, BCRA, Chequeado, CEPA y Boletín Oficial (datos actualizados a julio de 2026). CABA se utiliza como caso testigo por sus estadísticas detalladas y su alto costo de vida, sin extrapolar directamente sus resultados al promedio nacional. Los indicadores muestran una creciente fragilidad y compresión de la clase media; no una desaparición ya consumada.

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