
Los argentinos llevamos demasiado tiempo eligiendo entre dos miedos y demasiado poco imaginando un futuro distinto. Quizás la verdadera revolución pendiente no sea encontrar otro líder, sino convertirnos en una Nación adulta, capaz de caminar con libertad, responsabilidad e instituciones fuertes.
Hace unos días tuve una conversación que, sin proponérmelo, terminó ayudándome a entender una parte importante de la Argentina.
Estaba en casa con amigos de mi hijo Giuliano. Chicos de 16 años, algunos a punto de cumplir 17, esa edad en la que la infancia empieza a despedirse y la vida adulta asoma con toda su mezcla de entusiasmo, incertidumbre y vértigo.
Les pregunté si habían votado el año pasado y por quién. Uno me dijo que había anulado el voto. Otro, que había votado a Adorni. Hablamos un rato de política y, casi sin darnos cuenta, la conversación derivó hacia otro tema.
Les pregunté qué les provocaba la palabra «madurar».
Esperaba respuestas vinculadas con crecer, independizarse o conquistar libertad.
No fue eso lo que escuché.
Me hablaron de incertidumbre. De preocupación. De enfrentarse a la realidad. De un camino inevitable. De dejar atrás una etapa cómoda para entrar en otra llena de responsabilidades.
Y entonces entendí algo.
Madurar da miedo.
Da miedo porque implica dejar de depender. Porque supone aceptar que llega un momento en el que ya no habrá alguien que resuelva nuestros problemas por nosotros. Que habrá decisiones difíciles. Que nos vamos a equivocar. Que tendremos que aprender. Que la vida, finalmente, será nuestra responsabilidad.
Pero también entendí algo más importante.
Madurar da miedo porque es el precio de la libertad.
Ningún hijo se convierte en adulto sin atravesar ese momento. Y ningún pueblo se convierte en una Nación verdaderamente libre si permanece buscando, una y otra vez, alguien que ocupe el lugar de sus padres.
Quizás ahí esté una de las claves de nuestra historia.
Durante demasiado tiempo buscamos en la política aquello que una sociedad madura debería construir con instituciones, reglas y responsabilidad ciudadana. Buscamos una mamá que nos cuide o un papá que ponga orden.
Durante años, para millones de argentinos, esa figura maternal estuvo representada por Cristina Kirchner. Hoy, para otros millones, esa expectativa está depositada en Javier Milei como una figura paterna capaz de poner límites, ordenar la casa y enfrentar a quienes consideran responsables de la decadencia.
No estoy diciendo que sean lo mismo.
Estoy diciendo que el vínculo que muchas veces establecemos con el poder se parece demasiado.
Esperamos que alguien nos proteja.
Que alguien decida.
Que alguien nos salve.
El problema no son los liderazgos fuertes. Toda democracia necesita dirigentes con capacidad para conducir.
El problema aparece cuando una sociedad deja de confiar en sí misma y empieza a depositar toda su esperanza en una sola persona.
Porque una familia sana no educa hijos para depender eternamente de sus padres.
Los educa para que puedan caminar solos.
Y una República sana tampoco forma ciudadanos dependientes del poder.
Forma ciudadanos libres.
Sin embargo, nuestra historia parece haber seguido otro camino.
Desde los primeros años de la Argentina independiente nos acostumbramos a pensar que solo existían dos opciones posibles. Unitarios o federales. Civilización o barbarie. Peronismo o antiperonismo. Kirchnerismo o antikirchnerismo. Libertarios o kirchneristas.
Cambian los nombres.
Cambian las épocas.
Cambian las banderas.
Pero la lógica permanece intacta.
Siempre dos bandos.
Siempre dos relatos.
Siempre dos miedos.
Y casi siempre la sensación de que la única decisión posible consiste en elegir cuál de esos miedos resulta menos peligroso.
Así dejamos de votar por esperanza y empezamos a votar para impedir que gane el otro.
Esa es, quizás, la mayor victoria de la grieta.
No solamente dividirnos.
Sino convencernos de que no existe ninguna alternativa fuera de ella.
Los extremos terminan necesitándose mutuamente. Cada uno encuentra parte de su fuerza en el miedo que provoca el otro. Cada uno justifica su existencia señalando el peligro que representa su adversario.
Mientras tanto, los ciudadanos quedamos atrapados administrando temores.
Y cuando una sociedad vive administrando miedos deja de imaginar un futuro distinto.
Cada tanto aparece un nuevo líder prometiendo cerrar definitivamente esa historia.
Unos llegan en nombre de la justicia social.
Otros, en nombre de la libertad.
Otros prometen eficiencia, honestidad o modernización.
Pero demasiadas veces terminamos repitiendo el mismo mecanismo.
Cambiamos las personas.
Cambiamos los discursos.
Y volvemos a concentrar poder.
Porque el problema argentino no es solamente quién gobierna.
El problema es cuánto poder estamos dispuestos a entregar cada vez que elegimos a alguien para gobernar.
Madurar significa empezar a responder esa pregunta de otra manera.
Significa comprender que ningún presidente puede ser más importante que la República.
Que ninguna mayoría tiene derecho a llevarse por delante la Constitución.
Que ninguna causa, por noble que parezca, justifica destruir los límites que protegen nuestra libertad.
Porque los límites no son enemigos de la libertad.
Son la única forma de garantizar que siga existiendo.
Durante años confundimos libertad con ausencia de reglas.
Pero eso no es libertad.
Eso es poder.
La verdadera libertad aparece cuando las reglas son iguales para todos y permanecen estables más allá de quién gane una elección.
Cuando un comerciante invierte sabiendo que el esfuerzo de hoy podrá convertirse en el proyecto de toda una vida porque las reglas de juego no cambiarán con cada gobierno.
Cuando un productor planifica a largo plazo.
Cuando un trabajador sabe que el mérito pesa más que un contacto político.
Cuando un empresario compite en igualdad de condiciones.
Cuando una familia puede proyectar su futuro sin vivir pendiente de la próxima crisis.
Cuando un jubilado puede vivir con la tranquilidad de que toda una vida de trabajo merece una vejez digna y no la incertidumbre de depender de la voluntad del poder de turno.
Cuando un joven puede soñar con construir su vida en la Argentina y no con escapar de ella.
Ese país todavía está por construirse.
Y para construirlo tenemos que aceptar una verdad que la vida nos enseña tarde o temprano.
Nadie madura sin atravesar la incomodidad de crecer.
También las naciones.
Tenemos que dejar atrás la dependencia:
- Del Estado cuando reemplaza el esfuerzo.
- Del privilegio cuando reemplaza al mérito.
- Del caudillo cuando reemplaza a las instituciones.
- Y del miedo cuando reemplaza a la esperanza.
La verdadera revolución pendiente no consiste en encontrar un líder mejor.
Consiste en construir una sociedad que ya no necesite que alguien venga a rescatarla.
Consiste en aprender a caminar juntos, pero sin tutores.
En comprender que una República no es solamente una forma de organizar el poder.
Es una cultura.
Una forma de vivir donde el ciudadano está por encima del gobierno, donde la ley está por encima de los hombres y donde las instituciones valen más que los liderazgos.
A esa síntesis entre libertad e instituciones, entre ciudadanos responsables y poder limitado, creo que ha llegado el momento de darle un nombre.
Libertad Republicana.
No como un eslogan.
No como una consigna electoral.
Como una forma de entender la Argentina que viene.
Porque una República sin libertad puede convertirse en una burocracia elegante.
Y una libertad sin República puede terminar siendo apenas otra concentración de poder con un discurso diferente.
La Libertad Republicana propone algo mucho más ambicioso.
Una Argentina donde los ciudadanos dejen de elegir entre dos miedos para empezar a elegir un futuro.
Una Argentina donde el poder deje de ser el centro de nuestras vidas.
Una Argentina donde la libertad no dependa de la voluntad de un líder, sino de la fortaleza de las instituciones y de la madurez de su pueblo.
Aquellos chicos tenían razón.
Madurar da miedo.
Pero también descubrieron, sin decirlo, la otra mitad de la verdad.
Solo madura quien se anima a dar el paso.
Y solo quien da ese paso descubre que, del otro lado del miedo, no estaba la soledad.
Estaba la libertad.
Ricardo Raúl Benedetti
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