
La Argentina admira en la Selección aquello que rechaza en la política.
Esa paradoja dice mucho más sobre nosotros que cualquier encuesta. Celebramos un liderazgo que une, escucha, corrige y potencia al equipo, pero cada elección volvemos a premiar modelos que viven de dividir, simplificar y convertir al adversario en enemigo. En el fútbol reconocemos con naturalidad el valor del «nosotros». En la vida pública seguimos atrapados en el culto al «ellos o nosotros».
En aquellos hogares donde predominan el respeto, la confianza y la cooperación cotidiana, existe una sabiduría silenciosa que rara vez recibe grandes nombres. Se construye seguridad emocional: se puede fallar sin que el mundo se derrumbe. Se exige sin humillar. Se corrige sin destruir. Se adapta lo necesario sin perder aquello que mantiene unido al conjunto. Nadie vale más que el vínculo que sostiene a todos. Ese «nosotros» por delante del «yo» no es una teoría. Es una práctica que funciona.
Lionel Scaloni llevó esa misma lógica a la Selección Argentina. No inventó un método revolucionario: convirtió valores profundamente humanos en un modelo de liderazgo. Trabajo colectivo, humildad, resiliencia, escucha y confianza dejaron de ser palabras simpáticas para transformarse en ventajas competitivas. El psicólogo y especialista en liderazgo Fabián Jalife lo resume con precisión: «Potencia a las personas para fortalecer al grupo y, desde ahí, construir rendimiento, pero con humildad».
Scaloni entendió algo que muchos líderes olvidan: un equipo no alcanza su máximo potencial cuando elimina el error, sino cuando crea un entorno donde el error no destruye la confianza. Escuchó a sus jugadores, modificó decisiones cuando la realidad lo exigió, administró la presión sin convertirla en miedo y construyó un vestuario donde la figura más importante nunca fue una persona, sino el grupo. Los títulos fueron la consecuencia. El verdadero logro fue otro: una Selección que dejó de ser escenario de conflictos internos para convertirse en motivo de orgullo compartido. Incluso después de una derrota, eligió recordar lo esencial: «No se ganó la copa, pero se consiguió la unión de todos».
La grieta funciona exactamente al revés.
Divide para movilizar. Necesita enemigos permanentes. Premia el personalismo por encima de las instituciones y convierte la confrontación en combustible político. Según una encuesta de QSocial, cerca del 40% de los argentinos rechaza por igual tanto al oficialismo de Javier Milei como al kirchnerismo. Dentro de ese universo, ocho de cada diez reclaman un liderazgo capaz de construir consensos. Sin embargo, otro 44% admite votar principalmente para impedir el triunfo del otro. La polarización termina absorbiendo cualquier alternativa y empuja nuevamente a elegir entre dos rechazos antes que entre dos proyectos.
La psicóloga social Flavia Valgiusti sintetiza el fenómeno con una frase contundente: «La grieta es polarización; la polarización es desconexión; y la desconexión es un síntoma del trauma colectivo».
Los estudios del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Universidad de Buenos Aires muestran que esa fractura ya no es solamente política. Se convirtió en dos formas casi incompatibles de interpretar la realidad, de asignar valores y hasta de percibir la discriminación. La identidad política pasó a ser una frontera emocional.
Cuando esa dinámica se profundiza, aparece un fenómeno todavía más preocupante: la deshumanización. Diversos especialistas en polarización afectiva han estudiado cómo el adversario deja de ser una persona con la que se discrepa para convertirse en un objeto moralmente inferior. Las palabras cambian antes que las conductas: «ratas», «plagas», «cucarachas». El lenguaje prepara el terreno para que desaparezca la empatía y toda conversación se vuelva imposible.
¿Por qué elegimos en la política aquello que jamás aceptaríamos en los espacios donde más queremos vivir?
Porque la grieta ofrece una recompensa inmediata. Entrega identidad, pertenencia y un enemigo perfectamente identificado. Pensar resulta más difícil que alinearse. Deliberar exige más esfuerzo que odiar. Pero esa comodidad emocional tiene un costo enorme: instituciones debilitadas, sociedades exhaustas y una democracia que gira una y otra vez sobre los mismos conflictos sin resolverlos.
Las familias que funcionan no sobreviven porque todos piensen igual. Sobreviven porque aprendieron a convivir respetando reglas comunes. La Scaloneta tampoco ganó porque eliminó las diferencias. Ganó porque consiguió subordinarlas a un objetivo superior.
Tal vez ahí esté la enseñanza más importante.
La salida no consiste en encontrar un nuevo salvador. Consiste en abandonar la idea misma del salvador.
Lo que la grieta impide ver es que ya conocemos otra manera de convivir. Una manera donde las reglas valen más que las personas, donde las instituciones pesan más que los liderazgos circunstanciales, donde el desacuerdo no convierte automáticamente al otro en enemigo y donde el bien común no exige destruir a quien piensa distinto.
Ese modelo tiene un nombre antiguo: republicanismo.
No el republicanismo declamado en discursos vacíos, sino el que entiende que la libertad solo puede sostenerse cuando existen instituciones fuertes, límites al poder, virtud cívica, deliberación pública y ciudadanos capaces de reconocerse parte de una comunidad aun cuando discrepen profundamente.
No es una idea ajena a nuestra experiencia.
Es la lógica que sostiene a los mejores equipos.
Es la lógica que sostiene a los mejores hogares.
Es la lógica que Scaloni convirtió en liderazgo.
Y es la lógica que la Argentina necesita recuperar para su vida pública.
No hace falta una revolución. Tampoco un mesías.
Hace falta una decisión mucho más difícil y, precisamente por eso, mucho más valiosa: dejar de organizarnos alrededor del odio al adversario y empezar a exigir liderazgos capaces de construir confianza.
La grieta es ruidosa porque vive del conflicto.
El republicanismo es silencioso porque vive de las reglas.
Uno promete victorias sobre enemigos.
El otro propone construir una comunidad.
Scaloni nunca predicó esa diferencia.
Simplemente la vivió.
Quizás por eso millones de argentinos encontraron en aquella Selección algo mucho más profundo que un equipo campeón: el recuerdo de que también nosotros, cuando elegimos el «nosotros» por encima del «yo», somos capaces de hacer cosas extraordinarias.
Ricardo Raúl Benedetti
Julio de 2026
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