
En política, las decisiones más importantes casi nunca se anuncian de golpe. Se insinúan. Se prueban. Se dosifican. Primero aparece una declaración. Después otra. Más tarde una entrevista. Finalmente, aquello que parecía una posibilidad termina convirtiéndose en una decisión presentada como inevitable. Es la pedagogía de la resignación: acostumbrar de a poco a los propios para que acepten sin demasiada resistencia lo que, unos meses antes, habría resultado inadmisible.
Algo de eso parece estar ocurriendo en el PRO.
Las sucesivas declaraciones de sus principales dirigentes, insistiendo en que todavía está abierta la discusión entre presentar un candidato propio o acompañar a Javier Milei, y que la decisión se adoptará según «lo que más le convenga a los argentinos», producen un efecto llamativo. Más que transmitir la imagen de un partido que aún delibera, parecen preparar gradualmente a su propio electorado para aceptar una definición que hasta hace poco habría sido vista como una claudicación: renunciar a disputar la Presidencia con un proyecto propio.
La cuestión no es solamente la debilidad electoral —que existe y es innegable—. El verdadero debate pasa por otro lado. Se trata de saber si un partido que nació para disputar el poder todavía conserva la voluntad de representar un espacio político que millones de argentinos siguen esperando que alguien ocupe.
El PRO ronda hoy el 6% de intención de voto a nivel nacional. Es un porcentaje bajo, pero está lejos de representar una sentencia de muerte. De hecho, las encuestas muestran algo mucho más interesante. El relevamiento de QSocial de junio de 2026 revela que cuatro de cada diez argentinos rechazan tanto a Javier Milei como al kirchnerismo. La consultora no define ideológicamente a ese universo, pero sí permite describirlo: argentinos que no se sienten representados por ninguno de los dos polos, que reconocen la desaceleración de la inflación aunque consideran excesivo el costo social del ajuste y que reclaman dirigentes capaces de tender puentes en lugar de profundizar la confrontación.
Ese dato no permite concluir quién debería representar a ese electorado. Pero sí confirma algo decisivo: ese electorado existe.
Y allí aparece la verdadera discusión política.
Una interpretación posible —y la que sostiene esta columna— es que ese espacio podría ser representado por una propuesta liberal-republicana: firme frente al populismo kirchnerista, pero también crítica de los excesos, la falta de transparencia y la confrontación permanente del oficialismo libertario. Una propuesta que combine estabilidad económica con instituciones sólidas, mérito con sensibilidad social y calidad republicana.
No es casual que dirigentes como María Eugenia Talerico vengan sosteniendo desde hace tiempo que el cambio económico solo será duradero si está acompañado por transparencia, instituciones fuertes y coherencia política. Más allá de los nombres, esa mirada parte del mismo diagnóstico que hoy reflejan las encuestas: existe un sector importante de la sociedad que todavía espera una representación política de esas características.
Y, sin embargo, el PRO parece dispuesto a abandonar ese lugar antes de disputarlo.
El argumento para justificar esa decisión resulta conocido: impedir el regreso del kirchnerismo. Es un objetivo legítimo —y lo comparto plenamente—, pero no alcanza para explicar una renuncia anticipada a competir por la Presidencia.
Precisamente para eso existe la primera vuelta.
La elección presidencial fue diseñada para que cada fuerza política presente su propuesta, mida su respaldo y permita que sean los ciudadanos quienes definan cuál merece seguir en carrera. Si ninguna alcanza la mayoría necesaria, el ballotage cumple exactamente la función para la que fue creado: construir una mayoría sobre la base del veredicto de las urnas.
Renunciar a competir antes de que la sociedad vote supone invertir esa lógica. Primero se negocian los acuerdos. Después, recién después, se consulta a los ciudadanos.
Ese razonamiento, además, no puede trasladarse mecánicamente a todas las elecciones.
En la provincia de Buenos Aires —y en las demás provincias donde no existe ballotage— la discusión es diferente. Allí el gobernador se elige por simple mayoría y la fragmentación del voto opositor puede facilitar el triunfo del kirchnerismo o de distintos oficialismos provinciales. En esos casos resulta razonable debatir acuerdos amplios para maximizar las posibilidades de victoria. La elección presidencial responde a otra lógica. Confundir ambos escenarios significa resignar una competencia que el propio sistema electoral fue pensado para estimular.
La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando aparece el debate sobre las listas colectoras.
En 2019, con Mauricio Macri como presidente y María Eugenia Vidal como gobernadora, el propio PRO impulsó el Decreto 259/2019 para prohibirlas. La explicación era contundente: generaban confusión en el electorado, afectaban la equidad de la competencia y constituían una de las herramientas preferidas de los aparatos políticos provinciales.
Hoy, el mismo partido analiza utilizarlas para conservar espacios propios sin integrarse plenamente a La Libertad Avanza.
Lo que ayer era una degradación institucional, asociada a las prácticas de la casta política, hoy parece convertirse en un recurso aceptable para garantizar su propia supervivencia.
Eso no es pragmatismo.
Es una preocupante elasticidad de los principios.
Porque las convicciones dejan de ser tales cuando cambian según la conveniencia del momento.
El riesgo tampoco es menor.
Si el PRO entrega anticipadamente su autonomía a cambio de algunos cargos, algunos legisladores o algunos puntos porcentuales, probablemente mantenga presencia institucional. Lo que difícilmente conservará será aquello que le dio origen: la vocación de representar una alternativa de poder.
La política no tolera los espacios vacíos. Cuando un partido decide abandonarlos, siempre aparece otro dispuesto a llenarlos. Porque ningún espacio político permanece vacante para siempre.
No porque el PRO tenga un derecho adquirido sobre ese electorado. No lo tiene. Sino porque nació precisamente para representarlo y hoy parece dispuesto a resignarlo sin siquiera ponerlo a prueba frente a la sociedad.
Las propias encuestas muestran que ese espacio existe.
La verdadera incógnita ya no es si puede construirse una alternativa.
Es quién tendrá el coraje de intentarlo.
Los partidos políticos no mueren cuando pierden una elección.
Empiezan a morir cuando dejan de creer que vale la pena competir.
Ricardo Raúl Benedetti
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