La inflación bajó, también la esperanza – por Ricardo Raúl Benedetti

Cómo una economía que empieza a estabilizarse convive con una sociedad que dejó de creer en el ascenso social. Diseño imagen IA

Argentina logró algo que hace apenas dos años parecía imposible. Dejó de discutir cómo evitar el colapso y empezó a debatir cómo administrar la estabilidad. Después de quince años de estancamiento y del desorden económico que desembocó en la crisis de 2023, buena parte de las variables que durante años fueron sinónimo de emergencia comenzaron a ordenarse.

Los números son contundentes. La pobreza monetaria descendió al 28,2 % en el segundo semestre de 2025, según el INDEC, el registro más bajo en siete años. La indigencia cayó al 6,3 %. El PBI creció 4,4 % en 2025 y las proyecciones para 2026 rondan el 3 %. La inflación perdió la velocidad que había naturalizado la pérdida de poder adquisitivo. El saldo comercial se fortaleció impulsado por energía, minería y agro. El país, al menos desde la macroeconomía, dejó de caminar al borde del abismo.

Todo eso ocurrió. Negarlo sería tan absurdo como negar la crisis que hizo necesarias esas correcciones.

Pero existe otra Argentina que no aparece con la misma claridad en los indicadores. Una Argentina donde la inflación baja, pero la incertidumbre sigue alta; donde los balances mejoran mientras la confianza todavía no se recupera; donde el problema ya no es solamente cuánto cuesta vivir, sino cuánto cuesta volver a creer.

Las sociedades no se sostienen únicamente sobre el equilibrio de sus cuentas. Lo hacen sobre una expectativa compartida: la convicción de que el esfuerzo puede modificar el destino. Y esa convicción empieza a resquebrajarse.

Mientras la economía recupera cierta estabilidad, el 40 % de los jóvenes de barrios populares del AMBA asegura que ya no tiene futuro. Uno de cada dos argentinos de 18 a 29 años atraviesa vulnerabilidad multidimensional. En el conurbano la pobreza sigue muy por encima del promedio nacional. La vieja promesa argentina – estudiar, trabajar y progresar – suena, para millones, más como una historia que contaban sus padres que como un proyecto posible.

Ésa es la paradoja de 2026. La economía dejó de caer. Una parte de la sociedad todavía no encuentra cómo volver a levantarse. La fractura más profunda ya no separa solo a quienes tienen ingresos de quienes no los tienen: separa a quienes todavía pueden imaginar un futuro de quienes dejaron de hacerlo.

La macro dejó de sangrar. La micro todavía no cicatriza.

Los principales estudios de 2025 y 2026 coinciden en lo esencial. PensarLab documenta tres años de crecimiento por encima del promedio de América Latina y un saldo comercial récord impulsado por el superávit energético. Las variables se alinearon y la emergencia permanente cedió lugar a una discusión sobre crecimiento. Sería intelectualmente deshonesto ignorar esos avances. Sería igualmente deshonesto detenerse ahí.

El Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA) introduce el matiz decisivo: la pobreza monetaria bajó, pero la pobreza estructural sigue afectando a cerca del 30 % de la población. Más del 40 % de los niños y adolescentes permanece bajo la línea de pobreza. La informalidad se mantiene elevada y buena parte del empleo formal perdido fue reemplazado por trabajos precarios y autoempleos de subsistencia.

La economía dejó de incendiarse. Pero millones de argentinos todavía viven como si el humo no se hubiera disipado. Las planillas de mediciones estatales empezaron a sonreír; el changuito del supermercado todavía no recibió la noticia.

Por primera vez en lo que va del siglo, el producto y el consumo masivo dejaron de caminar juntos. Hay buena macro y mala micro. La recuperación existe, pero no llega al mismo tiempo ni con la misma intensidad para todos. Los sectores de exportación, energía, minería y capital intensivo la percibieron primero. Del otro lado quedaron la industria pyme, la construcción tradicional, el comercio de cercanía y un consumo popular que aún intenta recuperar terreno. No hay contradicción entre esos datos: describen Argentinas distintas. La pregunta ya no es solo cuánto crece el país, sino quiénes están creciendo.

La desigualdad que el INDEC no puede medir

Las estadísticas son indispensables, pero tienen un límite. Pueden medir ingresos, empleo o inflación. No registran el instante en que una sociedad deja de creer que el esfuerzo vale la pena. Ese dato no cotiza en los mercados. Se siente en los barrios, las escuelas, las familias y, sobre todo, entre los jóvenes.

Una economía puede recuperarse antes que una sociedad. Eso revela el estudio del CIAS y Fundar dirigido por Rodrigo Zarazaga: la promesa del ascenso social dejó de ser una certeza para convertirse en excepción. Entre los jóvenes de 16 a 24 años de barrios populares del AMBA, apenas cuatro de cada diez siguen creyendo que estudiar y trabajar pueden cambiarles la vida. Otro 20 % redujo sus aspiraciones a sobrevivir. El 40 % restante abandonó esa narrativa.

Cuando un joven deja de creer en el futuro, tarde o temprano deja de invertir en él. Abandona la escuela, la capacitación y, muchas veces, la idea misma de que vale la pena intentarlo. Ésa es la pobreza más difícil de revertir. El lugar donde se nace vuelve a pesar demasiado sobre el lugar donde se termina viviendo. La segregación territorial dejó de ser consecuencia de la pobreza y se transformó en uno de sus mecanismos de reproducción.

El relevamiento de la UBA llega a conclusiones similares: uno de cada dos jóvenes de 18 a 29 años enfrenta vulnerabilidad multidimensional. Uno de cada cinco es “ni-ni”. Un sector significativo ya ni siquiera busca empleo porque dejó de creer que buscarlo cambie algo. La resignación también es un indicador social, y quizá el más peligroso.

El ODSA-UCA aporta otro dato interpelante: el 43 % de los argentinos considera que vive peor que sus padres a la misma edad. La promesa del siglo XX – cada generación vivirá un poco mejor – dejó de ser una certeza. Cuando una sociedad duda de su capacidad de progresar, el problema deja de ser solo económico y se vuelve cultural.

Dos velocidades

Llegó el fin de los promedios. Detrás de cada promedio nacional hay argentinos viviendo momentos económicos completamente diferentes. Neuquén, impulsada por Vaca Muerta, incrementó su producto bruto geográfico 36,9 % entre 2023 y 2025. En el otro extremo, el conurbano bonaerense avanza con mucha mayor lentitud. Terminó siendo, en la expresión de PensarLab, “el pato de la boda” de la nueva organización productiva.

La clase media también se partió. Un sector medio-alto sostiene nivel de vida y proyectos. Otro medio-bajo acumula empleos, posterga consumos y resigna planes. La clase baja dejó de administrar sueños: administra urgencias. El endeudamiento de los hogares, concentrado en tarjetas y préstamos personales, no financia vivienda ni inversión: financia la heladera y los servicios. Es crédito para resistir, no para progresar.

La macro brinda por los éxitos. La verdulería del barrio sigue haciendo cuentas.

La deuda pendiente

La estabilización compró tiempo. Todavía no compró confianza. El gobierno de Javier Milei ordenó variables que parecían fuera de control. Sería mezquino desconocerlo, pero sería un error histórico creer que la tarea termina ahí. Las economías pueden estabilizarse relativamente rápido; las sociedades no. Recuperar una moneda demanda disciplina. Recuperar la confianza de una generación demanda mucho más.

En la Argentina conviven dos verdades que no se anulan. El país dejó atrás una parte importante del desorden macroeconómico. Millones de argentinos todavía no dejaron atrás el desorden que atraviesa sus vidas. Son dos fotografías tomadas el mismo día desde lugares distintos.

No hay prosperidad sostenible cuando se reparte lo que no se produce. Tampoco la hay cuando el crecimiento convive demasiado tiempo con quienes sienten que ocurre siempre en otro lugar. Gobernar esta Argentina será más difícil que estabilizar la macroeconomía: ya no alcanzará con administrar variables; habrá que reconstruir expectativas.

Quienes conduzcan el país a partir del 10 de diciembre de 2027 recibirán, probablemente, una economía más ordenada que la de 2023. También heredarán una sociedad más fragmentada: jóvenes que dejaron de creer que estudiar cambia la vida, trabajadores que sienten que el esfuerzo ya no alcanza, familias que administran incertidumbre en lugar de proyectos.

Ésa será la deuda pendiente. No se saldará con consignas, épicas vacías ni la ilusión de que una sola herramienta – Estado o mercado – resuelva décadas de deterioro. La Argentina necesitará estabilidad y movilidad social al mismo tiempo.

El verdadero éxito no consiste solo en ordenar las cuentas públicas. Consiste en que una familia vuelva a hacer planes, en que un joven vuelva a creer que estudiar tiene sentido, en que trabajar vuelva a permitir progresar, en que el código postal pese menos que el talento. Cuando eso ocurra, las estadísticas seguirán siendo importantes, pero dejarán de ser la noticia principal. La novedad será que la estabilidad empezó a sentirse en la vida cotidiana.

Ese día la Argentina habrá recuperado la confianza en sí misma.

Porque las economías pueden recuperarse en pocos años. Recuperar una generación que dejó de creer suele llevar décadas. La inflación destruye el valor de la moneda. La pérdida de esperanza destruye el valor del futuro. Y ningún país puede darse el lujo de empobrecer ambas cosas al mismo tiempo.

Ricardo Raúl Benedetti

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