La alianza con LLA: ¿convicción republicana o supervivencia política? Por Ricardo Raúl Benedetti

¿Convicción republicana o supervivencia política? El tiempo es Ahora (Diseño imagen IA)

Mientras algunos dirigentes justifican su acercamiento a Milei en la necesidad de evitar el regreso del kirchnerismo y “blindar los cambios”, conviene mirar qué hay detrás de tanta urgencia: bancas, cargos, territorios, poder y privilegios. Porque una cosa es construir una alianza por convicción y otra muy distinta es necesitarla para sobrevivir políticamente.

Te voy a contar algo que sabés, incluso aunque a algunos que hoy promueven esta alianza les cueste admitirlo: muchos de quienes buscan denodadamente una alianza con LLA tienen, en demasiados casos, objetivos bastante más terrenales que los que declaman en público.

¿Querés saber cuáles?

  • Renovar sus bancas y/o cargos.
  • Mantener el control político de los distritos que gobiernan.
  • Tener bajo control causas judiciales que el poder de turno puede acelerar, frenar o desempolvar según la ocasión.
  • Volver a una banca o a un cargo ejecutivo que alguna vez tuvieron. Los más desesperados, naturalmente, van por esto.
  • Conseguir un lugar en la nueva casta político-jurídico-empresarial, con los privilegios que semejante pertenencia suele traer.

Ahora viene la parte interesante.

¿Cómo hacen para que todo esto no parezca una vulgar cuestión de supervivencia política?

Porque vos y yo sabemos perfectamente cómo funciona esto:

Te meten miedo.

“Si no nos unimos, vuelven los K.”

“Hay que sostener y blindar los cambios.”

Y listo. Aparece el cuco. Se baja la persiana del razonamiento y cualquier discusión sobre principios, identidad o proyecto queda reducida a una consigna de jardín de infantes que, lo confieso, hasta no hace mucho funcionó: ellos o el abismo.

No importa si el Gobierno libertario enfrenta acusaciones de corrupción: “Mejor hacemos silencio, minimizamos el tema o decimos que es una opereta K.”

No importa si debilita las instituciones republicanas: “Miremos para otro lado si atacan a la prensa o colonizan el Poder Judicial con amigos del Gobierno.”

No importa si la violencia verbal y la agresión contra quien piensa distinto se convierten en una forma habitual de hacer política: “Hagámonos los rudos y tratemos también nosotros de enemigos a quienes piensan distinto, aunque en algunos temas nos acompañen.”

No importa si hay insensibilidad frente a jubilados, estudiantes o personas con discapacidad: “¿Las jubilaciones pierden sistemáticamente frente a la inflación? ¿Se recortan presupuestos universitarios? ¿Hay denuncias sobre desvíos de fondos destinados a discapacidad o sobre eventuales coimas? Finjamos demencia.”

No importa si una parte de la sociedad tiene que endeudarse para pagar el alquiler, el transporte o la comida: “Si Milei dijo que no le puso una pistola a nadie para endeudarse, digamos lo mismo nosotros también.”

Nada de eso parece suficiente para poner en riesgo determinados objetivos personales.

Porque cuando la propia supervivencia política está en juego, las convicciones pueden volverse extraordinariamente flexibles.

Entonces, ¿cuál es el verdadero miedo que tienen quienes buscan desesperadamente una alianza con Milei si, en cambio, tienen que ir solos, construir una alternativa o aliarse con otros espacios?

La respuesta es bastante menos épica que el discurso.

El verdadero miedo que tienen es a perder la banca. El cargo. El territorio. El poder. Los privilegios. La protección.

Es decir, aquello que te presentan como una patriada para “frenar a los K” puede ser, en demasiados casos, algo sin heroísmo alguno: la necesidad de conservar el lugar que ocupan (o recuperar el que perdieron) antes de que alguien les saque la silla.

No te estoy diciendo que los K sean una opción. Si algo me conocés, sabés que nunca serán una opción para mí.

Quienes los combatimos cuando tenían poder absoluto no necesitamos descubrir ahora sus defectos porque hayan perdido poder. La diferencia entre una convicción y una conveniencia consiste, precisamente, en sostenerla cuando resulta incómodo hacerlo.

Por eso conviene separar dos cosas que deliberadamente suelen mezclarse.

Para un ciudadano de a pie, “que no vuelvan los K” puede ser una convicción perfectamente legítima. Como vos y como yo, muchos los combatimos en todo ámbito y lugar cuando tenían poder absoluto. No ahora, cuando están debilitados su jefa política condenada y convertidos en una fuerza política mucho menor.

Pero para quienes hicieron de la política una forma de supervivencia personal, puede convertirse en otra cosa: el nombre elegante que le ponen al miedo de quedarse sin cargo.

Y ahí está el verdadero engaño.

No confundas el miedo que te venden con el miedo que ellos tienen.

Una cosa es defender las reformas que considerás buenas para el país. Otra, muy distinta, es aceptar cualquier cosa, callar cualquier abuso y justificar cualquier atropello porque el poder de turno puede resultar útil para conservar una banca.

Eso no es coherencia.

Es dependencia.

Y quizás por eso haya llegado el momento de mirar la política desde otro lugar.

No desde el miedo a perder un cargo, sino desde la decisión de construir algo que no dependa de un cargo.

No desde la obediencia al líder de turno, sino desde la autonomía.

No desde el cálculo de quién puede repartir poder mañana, sino desde la pregunta de qué país queremos construir pasado mañana.

A quienes todavía creen que la política puede construirse sin dueños, sin jefes eternos y sin pedir permiso al poder de turno, hay que decirles algo muy sencillo:

Suelten el síndrome de Estocolmo que los mantiene subordinados a lo que digan sus líderes.

No esperen a que los llamen.

No esperen a que alguien les dé permiso.

No esperen a que el poder los bendiga.

Empiecen a encontrarse. A conversar. A sumar. A construir.

Porque mientras unos se apuran a juntarse para no perder sus lugares, quienes todavía tenemos algo que defender tenemos que empezar a unirnos para construir un lugar nuevo.

Un espacio republicano, democrático, libre y sin patrones.

El tiempo es ahora.

Ricardo Raúl Benedetti

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