
La Argentina que viene deberá decidir si cambia un culto por otro o si, finalmente, se anima a construir una República donde ningún presidente sea imprescindible.
No es un rumor de pasillo ni un cálculo de encuestador. Es algo que empieza a percibirse en su conducta. Como quien siente que el aire se acaba y, en lugar de respirar, grita.
Cada vez más agresivo. Más altanero. Más desafiante. Como si subir el volumen pudiera darle la razón.
El 2 de septiembre, en un foro de su propia grey, lo dijo sin metáfora útil: “Si no ganamos, es porque como sociedad estamos decidiendo suicidarnos”. Al día siguiente, cadena nacional por Malvinas. La secuencia no es inocente. Cuando un presidente convierte el voto en ultimátum y, veinticuatro horas después, pone en el centro una causa que une a casi todos, conviene mirar el movimiento político y no sólo la bandera.
Hubo un momento en que la política económica, para este Gobierno, dejó de ser una herramienta y se volvió una religión. Se obsesionó tanto con la macroeconomía que terminó olvidándose de algo más elemental: la Argentina está habitada por personas.
Personas que comen todos los días. Que pagan alquiler, expensas, luz, gas, colegio, remedios, cuotas y préstamos. Que llegan con lo justo. Que buscan trabajo y no lo encuentran. Que tienen dos empleos y aun así no llegan. Que trabajan tanto que casi no tienen tiempo para mirar a sus hijos.
Esa Argentina no aparece en un gráfico. Está en el comercio con la persiana a medio cerrar, en la pyme que no puede competir, en la industria que apaga máquinas, en el trabajador que dejó de consumir porque primero tiene que pagar lo indispensable.
La macro importa. El equilibrio fiscal importa. La estabilidad monetaria importa. Pero un gobierno no administra solamente gráficos. Gobierna personas. Y ahí empieza el problema.
Milei se encerró tanto en su lógica que empezó a rechazar incluso los consejos de quienes, desde adentro —y me consta—, le advierten que hay demandas sociales que no requieren gastar un peso más. Sólo piden escuchar. Corregir. Atender.
Porque cuando te apegás más a las cifras que a tus gobernados, tarde o temprano te la pegás de frente. El mundo de los modelos termina encontrándose con la vida real. Y la realidad no negocia. Cuando golpea la puerta no pregunta cuánto dio el superávit: pregunta cómo vive la gente.
Frente a eso, en vez de revisar, profundizó la apuesta. Como si la realidad tuviera que acomodarse al modelo y no el modelo a la realidad.
Cuando la economía deja de ofrecer épica, aparece una tentación conocida: buscarla en otro lugar.
Ahí apareció Malvinas.
No hablo de la legitimidad del reclamo. Malvinas es una causa nacional y debe seguir siéndolo, por encima de cualquier gobierno, partido o presidente. Hablo de otra cosa: de cuándo un gobierno descubre una causa capaz de devolverle centralidad política justo cuando empieza a perderla.
La oportunidad llegó desde Washington. Donald Trump no reconoció la soberanía argentina. Dijo que “siempre revisa” posiciones, incluida la de las islas, mientras presiona al Reino Unido para que aumente el gasto en defensa y le cobra la falta de apoyo militar en la guerra contra Irán. Para Trump, Malvinas es una ficha en una disputa más grande: una palanca sobre Londres. La doctrina oficial de Estados Unidos, por ahora, sigue siendo de neutralidad.
Milei vio la rendija. Y se subió. Rápido. Muy rápido.
El 3 de septiembre salió por cadena nacional, con el Gabinete detrás, a anunciar sanciones contra empresas vinculadas a la explotación petrolera en las islas —el proyecto Sea Lion, de Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration—, acelerar los procedimientos de la Ley 26.659, enviar un proyecto de “defensa de la soberanía” y destinar recursos a una base naval en Tierra del Fuego.
Nada de eso es, del todo, invención de este Gobierno. La 26.659 se sancionó en 2011 y ya establecía restricciones y sanciones para actividades hidrocarburíferas no autorizadas en la plataforma continental argentina. El decreto de ahora agiliza el trámite, pasa la autoridad de aplicación a Cancillería y endurece el escenario. Hay medidas nuevas. También hay escenografía alrededor de una herramienta que ya existía.
La base naval tampoco nace el 3 de septiembre. El proyecto se lanzó en 2022, con un avance mínimo. Relanzarla con DNU y cadena nacional no es lo mismo que inaugurar una política de Estado. Es, otra vez, timing.
Todo esto ocurre cuando Malvinas vuelve al centro de la sensibilidad nacional: la bandera en la Selección, la presión de Trump sobre Londres, la cadena de Milei. Demasiadas coincidencias juntas como para no mirar el cálculo.
Porque una cosa es defender una causa nacional. Otra, muy distinta, es descubrirle utilidad cuando electoralmente conviene.
Acá hay un antecedente que obliga a ser cuidadosos: 1982. No porque Milei sea Galtieri. No porque hoy exista amenaza de guerra. No porque las situaciones sean equivalentes. La comparación es más sencilla y, por eso, más evidente. Cuando un gobierno atraviesa una crisis de legitimidad, una causa capaz de unir a casi todos puede convertirse en una tentación demasiado grande.
La dictadura llegó a Malvinas en un contexto de profunda crisis y buscó en las islas una fuente de apoyo. La movilización de abril de 1982 fue masiva y compleja: expresó el reclamo territorial y, al mismo tiempo, mostró que la sociedad podía apropiarse de esa causa sin legitimar a quienes la usaban.
La historia no se repite igual. A veces sí se repiten las tentaciones. Y la tentación, esta vez, parece clara: cuando la economía ya no alcanza para construir épica, se busca la épica en la Nación.
Malvinas no necesita que ningún presidente la convierta en herramienta electoral. Es demasiado importante para eso. Una causa que pertenece a todos no puede transformarse en propiedad política de quien circunstancialmente ocupa la Casa Rosada.
Volvamos a la frase del 2 de septiembre. Cuando un presidente les dice a los ciudadanos que, si no lo votan, están eligiendo suicidarse, ya no explica un programa. Plantea un ultimátum. El de quien parece haber confundido su destino electoral con el destino del país. O nosotros, o el abismo.
Eso no es liderazgo. Un líder convence, escucha, corrige, cambia cuando la realidad demuestra que algo no funciona. Convertir la propia continuidad en condición para que al país le vaya bien es la vieja lógica del populismo, esta vez volcada a la derecha.
El verdadero desafío
Si esta etapa llega a su final, la Argentina no puede cambiar un culto por otro. No hace falta volver al populismo que nos hundió. Tampoco reemplazarlo por un libertarismo que, obsesionado con ordenar las cuentas, termina olvidándose de quienes viven con las consecuencias.
Hace falta otra cosa: una fuerza republicana, moderna y adulta, capaz de conservar lo que funcionó, corregir lo que lastima y construir lo que falta. Que defienda el equilibrio fiscal sin convertirlo en religión. Que entienda que cada peso que un argentino aporta al Estado debe volver en seguridad, salud, educación, infraestructura y servicios que funcionen. No para financiar privilegios, militancias ni negocios de unos pocos.
Un Estado que haga lo que debe y se corra cuando se mete donde no le corresponde. Que cuide sin tutelar. Que proteja sin invadir. Que administre sin apropiarse.
La libertad no consiste en abandonar al ciudadano frente a sus problemas. Consiste en darle las condiciones para que pueda resolverlos por sí mismo.
Por eso 2027 no debería ser la elección entre Milei y el pasado. Debería ser la construcción de un futuro sin volver atrás y sin repetir los errores del presente. Poner otra vez al ciudadano en el centro.
No al líder.
No al Estado.
No al mercado.
Al ciudadano.
Una República no se construye alrededor de un hombre. Se levanta alrededor de una sociedad que entiende que ningún presidente es imprescindible, que ningún modelo es infalible y que ningún gobierno tiene derecho a pedirle fe cuando lo que debe ofrecer son resultados.
Cuando rechacemos el miedo que intentan imponernos y entendamos que el país no está condenado a elegir entre dos fracasos, podremos recuperar la sensatez sin resignar la audacia: libertad sin abandonar al que queda atrás; orden sin perder humanidad; crecimiento sin postergar la vida.
Ese es el desafío. Y también la oportunidad. Después de tantos años de elegir entre el miedo y la bronca, quizá haya llegado la hora de elegir algo más difícil y más grande: el futuro.
Se puede. Esta vez, depende de nosotros.
Ricardo Raúl Benedetti
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