
A pesar de las muchas críticas que cabe hacerle, cuando llegue a su término, el gobierno de Javier Milei habrá dejado un saldo positivo para nuestro país. Milei ha tenido, desde que asumió el gobierno, el mérito de que se concentró en los asuntos más importantes y, en esos puntos, aplicó políticas acertadas. Los errores en los que incurrió se produjeron en cuestiones que no eran prioritarias y, en muchos casos, fueron corregidos, no por iniciativa del gobierno sino porque las oposiciones que encontró le resultaron insuperables.
El problema no es lo que Milei hizo hasta ahora o lo que pueda hacer hasta diciembre de 2027 cuando concluya su actual mandato. El problema es qué cabe esperar que haga si vuelve a ganar. El programa de 2023 no va a servir en 2027 porque los problemas son diferentes básicamente por obra del propio gobierno actual. En 2027, previsiblemente, la inflación mensual empezará con cero. Por ende, no será necesario un programa antiinflacionario. Por supuesto, habrá que sostener lo logrado pero no habrá que hacer nada para eliminar un problema que ya no existirá porque la gestión del gobierno de Milei lo ha dejado resuelto.
Entonces, si Milei ya cumplió con su tarea ¿qué es lo que tiene para ofrecer hacia el futuro? No tiene sentido valorar al actual gobierno frente al próximo período por lo ya hecho. Lo hecho, hecho está y es un asunto terminado. Hay que mirar hacia adelante, no hacia atrás. Aquí es donde aparecen las dudas.
Milei está teniendo éxito en su política de estabilización porque tenía claro el camino que había que recorrer para erradicar la inflación. Pero ¿tiene la misma lucidez para saber qué política económica es necesario aplicar para promover el crecimiento, la inversión, la generación de empleo, la mejora de la capacidad adquisitiva del salario, la diseminación de la prosperidad? No hay ningún motivo para creer tal cosa, excepto la devoción personal por el personaje Milei, en la cual algunos fanáticos son propensos a incurrir.
La estabilidad monetaria no es un fin en sí mismo sino una precondición para facilitar el cálculo económico que permite determinar cuáles son las inversiones que impulsarán el crecimiento, el progreso y el bienestar generalizado. Una moneda de valor constante permite calcular costos y beneficios esperados. Con esa información, más el conocimiento que la impronta personal del empresario puede aportar, se generan los negocios que hacen girar la rueda de la economía y llevan el bienestar a todos los ámbitos de la sociedad.
Pero la estabilidad monetaria, por sí sola, no alcanza. Hay un activo intangible que sin embargo es imprescindible para que la economía prospere. Se trata de la estabilidad política, la paz social, la convivencia pacífica. Nadie espera que la sociedad sea un páramo. Pero sí es necesaria una cuota razonable de tranquilidad, de sociabilidad, de tolerancia. Esa es una condición que un sujeto irascible, excéntrico, muchas veces violento como lo es Milei, no puede ofrecer. La personalidad enérgica de Milei quizá fue necesaria en el momento en el que él asumió el gobierno porque la situación era demasiado apremiante como para detenerse en formalidades. Pero el propio éxito de esa gestión ha provocado el efecto de que cambiaron las circunstancias y ahora se requieren aptitudes diferentes, justamente aquellas en las cuales Milei registra grandes déficits.
Si hay algo en lo que Milei definitivamente no cree, es en el consenso, en la búsqueda de acuerdos para superar las diferencias, en la negociación como instrumento para resolver problemas y encontrar instancias superadoras. Para Milei, esos métodos son un síntoma de debilidad, de heterodoxia, de incoherencia intelectual. Es el tipo de conductas que, en su unilateral visión del mundo, le endilga a aquellos a quienes despectivamente califica de “tibios”. Por supuesto, semejante concepción de la gestión institucional es un disparate. Excepto en casos muy extremos, la irreductibilidad difícilmente sea una virtud en ningún área de la vida social, y mucho menos en la política.
En la Argentina que viene será necesario seguir un camino que amplíe los márgenes de consenso y reduzca la intensidad de las confrontaciones. Es obvio que una política de este tipo tiene como límite la previsible intransigencia de los kirchneristas. Pero, aun así, hay que intentarlo, hay que abrir el juego a la integración con sectores políticos y sociales que puedan tener posiciones no enteramente coincidentes con las propias pero con los cuales habrá que mantener relaciones lo más constructivas que sea posible. El progreso, el crecimiento y la prosperidad no se alcanzan acusando a un empresario de ser “don chatarrín” (aunque en el pasado haya tenido prácticas cuestionables) o a los periodistas de “ensobrados” porque expresan alguna posición crítica. Hay que ponerle fin a la etapa de las confrontaciones extremas y los conflictos prefabricados para “sacar chapa” política. Por eso sería deseable que Milei no sea reelecto. Si lo fuera, llevaría a nuestro país por un camino de intolerancia y violencia moral que tornaría imposible el imprescindible crecimiento de la economía. Tengámoslo en cuenta.
Alejandro Sala
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