Malvinas no mueve el amperímetro electoral – EL REFLECTOR DE LOS MARTES por Alejandro Sala

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Las novedades de las últimas semanas en relación a la cuestión Malvinas admiten una doble línea de análisis. Por un lado, cabe evaluar los hechos en sí mismos. En segundo término, podemos observar la utilización política de esos acontecimientos por parte del gobierno.

Todo comenzó con la exhibición de la bandera con la inscripción LAS MALVINAS SON ARGENTINAS por parte de los jugadores de la Selección de fútbol después del partido ante Inglaterra en el mundial. Ese incidente, irreflexivo, impulsivo, motivado por la emoción del resultado deportivo, tuvo el imprevisto efecto de que le dio a la cuestión Malvinas una visibilidad que ni cien resoluciones diplomáticas formales de las Naciones Unidas hubieran logrado. De pronto, el mundo tomó conciencia, no simplemente de que Argentina reclama la soberanía sobre las Malvinas, sino además de que ese es un sentimiento muy profundo y que no pierde intensidad a pesar del transcurso del tiempo ni de las vicisitudes adversas. Para mucha gente, en todo el mundo, el tema Malvinas estaba terminado después de la guerra de 1982 y, de pronto, descubrieron que para los argentinos está tan vigente como siempre, a despecho de cualquier circunstancia desfavorable. Todo eso sucedió porque unos hinchas pasaron de contrabando una bandera a la tribuna, la exhibieron después del partido y, cuando los agentes de seguridad se la quisieron arrebatar, la tiraron al campo de juego, donde los jugadores la mostraron al mundo entero por televisión.

A partir de esa publicidad, comenzaron a suceder hechos sin precedentes. Por ejemplo, la aparición de personalidades públicas que en Inglaterra se atrevieron a decir que se debería considerar la cuestión de la soberanía y luego, que hasta el presidente de Estados Unidos, inéditamente, declarara que podría revisar la posición histórica de su país frente al tema. El gobierno argentino, ante ese escenario, y dando un giro muy brusco en su posición, decidió ponerse al frente del reclamo por la soberanía del archipiélago. Siempre conviene tener presente que el presidente, Javier Milei, había manifestado se un admirador de Margaret Thatcher y que, sobreactuando su condición de líder anarcocapitalista, había sido, como mínimo, muy frío respecto del tema Malvinas y muy concesivo hacia la población implantada por Inglaterra en las islas. Pero, así como al final del primer gobierno de Perón hasta los ateos antiperonistas iban a misa para apoyar a la Iglesia en su enfrentamiento con el gobierno, ahora Milei se convirtió en el abanderado del reclamo por Malvinas porque descubrió que ese puede ser un buen recurso para recuperar apoyos políticos. Algunos han comparado a Milei con el general Galtieri. Pero, en cierto sentido, lo de Milei es aun peor que la actitud de Galtieri. Porque Galtieri, sin ocultar ninguno de sus defectos ni de los reproches que se merece, al menos sentía genuinamente como propia la causa de Malvinas. La posición pro Malvinas de Galtieri no era impostada, como la de Milei. Era genuina. Que eso lo haya llevado, en una situación de apremio político, a declarar una guerra absurda, no cambia que, en términos de sentimientos personales, Galtieri era más honesto que Milei.

Sin perjuicio de todo lo anterior, lo cierto es que el gobierno ha logrado pequeños avances en relación al reclamo por la soberanía de las islas. El tema empezó por una cuestión ajena al gobierno -la bandera exhibida por los futbolistas- a la cual incluso se miró con desagrado desde el poder. Pero luego, al comprender que quizá podría extraerle un rédito político valioso, el presidente y sus funcionarios (como Cristina Kirchner, que detestaba a Bergoglio pero se “dio vuelta” cuando lo nombraron Papa) cambiaron de posición y adoptaron una posición que representa un avance. Básicamente, ante el proyecto de explotación pretrolífera en las inmediaciones de las islas, el gobierno anunció que no permitirá que las compañías que intervengan allí tengan operaciones en Argentina. Es decir, el gobierno puso a las empresas ante la alternativa de optar entre Malvinas y Vaca Muerta. Es una buena jugada porque, en términos comerciales, Vaca Muerta es muchas veces más atractiva que Malvinas. Por ende, si participar en Malvinas implica quedarse afuera de Vaca Muerta, la opción es obvia, es preferible estar en el yacimiento de Neuquén. Esta maniobra es consecuente con la idea de que, para tener posibilidades de negociar con éxito por la soberanía de Malvinas, Argentina tiene que ser un país sólido, fuerte, poderoso, capaz de ejercer presión con argumentos de peso y no con meros reclamos basados exclusivamente en planteos históricos, jurídicos o geográficos.

Toda la operación Malvinas practicada por el gobierno recientemente nació en la mente del asesor presidencial Santiago Caputo, quien consideró que ponerse a la cabeza del reclamo de soberanía, justo en un momento en que el tema viene cobrando altura, sería útil para recomponer la imagen del oficialismo, la cual venía bastante vapuleada por razones vinculadas al hecho de que la economía no está produciendo resultados satisfactorios para mucha gente. El gran interrogante es si estas maniobras pueden resultar útiles en términos electorales. La respuesta es la siguiente: es muy improbable. Si bien Malvinas es un asunto que toca una fibra muy sensible del pueblo argentino, no es una cuestión que “mueva el amperímetro” en términos electorales. El factor determinante del voto es cómo cada ciudadano percibe su realidad inmediata. Malvinas no forma parte de ese círculo. Si el dinero escasea -es lo que le pasa a la mayoría de los habitantes del país- los avances en la disputa por la soberanía de Malvinas no harán que la predisposición de los votantes hacia el gobierno se vuelque en sentido favorable. Por ende, sin perjuicio de que es positivo que se hayan producido algunos progresos -no desdeñables, después de tantos años de frustraciones- no se debe extrapolar que esto modifica las perspectivas electorales. Se equivocaría mucho el gobierno si creyera que por este tema ganará las elecciones. Los factores determinantes del resultado electoral pasan por otros vectores, más cercanos a las necesidades cotidianas de los habitantes.

Alejandro Sala

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