Falta de confianza y estancamiento económico. El reflector de los martes – por Alejandro Sala

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Las discusiones sobre economía usualmente giran alrededor de cuestiones como los índices de inflación, pobreza, crecimiento, desempleo, etc. O acerca de temas tales como la emisión monetaria, la apertura externa, las leyes laborales, los subsidios y decenas de cuestiones similares, la mayoría de las cuales son cuantificables estadísticamente. Hay, sin embargo, un aspecto de la economía del cual se habla usualmente muy a la ligera pero que, en las circunstancias argentinas actuales es primordial: la confianza…

En otros países la variable confianza probablemente sería menos relevante. Pero en Argentina es un problema central. ¿Por qué esta diferencia? Pues, porque a lo largo de casi 80 años Argentina defraudó muchas veces a quienes confiaron en ella. Por ende, ahora, como en el conocido cuento del pastor mentiroso, no nos creen aun cuando esta vez sí estemos diciendo la verdad. En consecuencia, una parte sustancial de las dificultades para llevar adelante la recuperación de la economía pasa por la reconstrucción de la confianza, una tarea que no es en absoluto fácil, justamente porque nuestros antecedentes nos ubican en una posición muy desfavorable.

Sucede que, sin contar con la confianza de los inversores, ninguna economía crece porque falta el combustible que promueve la generación de empleo, el incremento de los salarios, el consumo, el ahorro y más inversiones que le den nuevo impulso a todo el proceso. Esta dificultad para generar confianza explica por qué, a pesar de los esfuerzos del gobierno por ordenar los indicadores macroeconómicos, las inversiones fluyen “a cuentagotas” y la rueda gira con mucha dificultad. Es cierto que las condiciones están lejos de ser óptimas porque la presión tributaria sigue siendo elevada, lo mismo que los costos laborales, la infraestructura es pésima y encarece la producción, la burocracia dificulta la gestión empresarial, las regulaciones obstaculizan los negocios, la seguridad jurídica es dudosa, etc. Pero, aun así, si hubiera confianza en que el contexto irá mejorando con el transcurso del tiempo, las inversiones llegarían con más fluidez. Sin embargo, eso no sucede. Vale la pena preguntarnos qué podríamos hacer para avanzar hacia la reconstrucción de la confianza.

La llegada de Javier Milei al gobierno expresó la voluntad de darle un giro de 180 grados a la marcha de la economía. Del régimen estatista, intervencionista e inflacionario vigente desde hacía casi 80 años -lo había instituido Perón a partir de 1946- se planteaba abiertamente el paso hacia un sistema liberal, promercado, capitalista. La idea es atraer inversiones para motorizar un crecimiento que se disemine por todas las regiones de la sociedad y llegue a todos los habitantes. Conceptualmente, el plan es correcto. Pero, para que funcione, tiene que existir esa confianza que no aparece. ¿Por qué la confianza no surge, si Milei ratifica el rumbo, hasta con exceso, cada vez que habla en público?

Hay una variable a la que no podemos desconocer: no todos los habitantes del país están de acuerdo con esta orientación y quienes sí lo están no en todos los casos tienen la suficiente convicción. Los potenciales inversores perciben estas vacilaciones. Ellas son las que los hacen retraerse. Una inversión productiva supone ubicar el capital en un proyecto al cual, para que resulte rentable, es necesario sostener a lo largo del tiempo. Pero cuando se percibe la posibilidad de que la próxima elección sea ganada por el peronismo, quien debe asumir ese riesgo, elige retraerse. Una actitud lógica. ¿Quién sería tan imprudente como para confiar sus capitales a un país que podría ser gobernado por Axel Kiciloff? ¿Podría ocurrir algo que contribuya a la reconstrucción de esa confianza tan esquiva?

Pensemos en lo siguiente: ¿cómo verían los inversores la posibilidad de que el rumbo iniciado por Milei tenga continuidad pero con otro liderazgo? El temor de los potenciales inversores es que haya una reversión del camino que Milei inició. Imaginemos qué imagen se formarían si ese trayecto quedara reafirmado, pero no bajo la conducción de Milei, sino a través de otro político, con otro estilo, otro elenco de colaboradores, otros métodos. Tengamos en cuenta que el temor que los inversores sienten es que haya una reversión del rumbo. Pero si esta línea quedara ratificada más allá de la continuidad de Milei en el gobierno, su confianza en que Argentina no volverá atrás ¿aumentaría o disminuiría?

La respuesta es que la confianza se incrementaría porque entonces el orden económico promercado adquiriría más robustez, más volumen, más consistencia. Dejaría de depender de la presencia de un único individuo y pasaría ser un orden dotado de solidez institucional, con persistencia más allá del esfuerzo personal de un sujeto específico.

Un sistema económico que perdura por encima de la vigencia política de quien le dio el impulso inicial inspira más confianza que aquel que depende de la presencia de un individuo en particular en el gobierno porque si todo depende de una persona, la ausencia de esa figura hace tambalear todo el esquema. Pero si el mismo régimen genera de su seno sucesivos reemplazantes sin que cambie la esencia del modelo, entonces la mirada se puede extender en el tiempo e incentivar a los inversores a que radiquen sus capitales porque pueden confiar en que las reglas de juego seguirán siendo respetadas. Es un argumento que cabe tener en consideración con vistas a las próximas elecciones. ¿Debe seguir Milei o sería preferible alguien que mantenga el rumbo pero exprese una renovación? El interrogante queda planteado pero es bueno que pensemos en cómo reconstruir la confianza. Tengámoslo en cuenta.

Alejandro Sala

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