
Argentina está expuesta a sufrir una nueva frustración, como consecuencia de la falta de audacia de sus dirigentes. Hay un amplísimo segmento de votantes que están buscando una alternativa que no sea Milei ni el peronismo y nadie se la ofrece. Si esto no se resuelve, la elección del año próximo quedará circunscripta a los libertarios contra los peronistas. Un altísimo porcentaje de votantes no se sentirá representado por ninguna de las alternativas disponibles y se verá ante la disyuntiva de votar por el que menos le desagrade o abstenerse de participar.
Pero la elección en sí no sería el principal problema, sino lo que suceda después. Quien sea que gane las elecciones no estaría representando las expectativas de muy amplios segmentos de la sociedad. Esto significa que la gestión de gobierno no coincidirá con las demandas populares mayoritarias, lo cual previsiblemente dará lugar a un clima de malestar colectivo muy extendido y, además, creciente. Las tensiones sobrevinientes podrían tornarse desestabilizadoras. De hecho, ya ahora hay una irritación latente muy extendida, que no se torna activa porque hay una elección a la vista y eso genera una perspectiva que actúa como atenuante de la ira.
Pero sería ingenuo suponer que, si de la elección no surge una canalización satisfactoria de las demandas mayoritarias, eso no terminará derivando en una agitación que bien podría desembocar en una crisis política general. ¿Alguien cree que, si Milei gobierna cuatro años más como lo ha hecho durante este tiempo, la gente se quedará quieta y no se producirán constantes movilizaciones, tanto espontáneas como fogoneadas por activistas, que concluirán por desbordar la capacidad de reacción del gobierno? Solo quien no entienda la naturaleza de la dinámica social y política podría desconocer esta posibilidad.
El problema es grave y el riesgo es serio. Si el resultado de la elección no genera un gobierno capaz de apaciguar las tensiones sociales y políticas latentes, estas se tornarán manifiestas y las consecuencias pueden ser imprevisibles. Tenemos muchos antecedentes de crisis graves en Argentina como para desconocer la eventualidad de que eso suceda.
Si quien gana la elección es el peronismo, la crisis estallará por el lado de la economía. Todas las variables que, con aciertos y errores, Milei ha ido estabilizando durante este período, se desordenarán de manera repentina y provocarán un colapso de efectos devastadores. Una hipotética polarización entre libertarios y peronistas -un escenario al que los estrategas de ambos sectores procuran inducir deliberadamente porque cada uno de ellos evalúa que es el que les conviene- llevaría a nuestro país hacia una crisis inevitable. Para evitar esta hecatombe sería necesario que aparezca una alternativa superadora, que sea capaz de sostener los lineamientos básicos del orden económico establecido por Milei, pero sepa acompañarlo de iniciativas que neutralicen, siquiera parcialmente, los factores que alimentan la irritación popular latente que esa misma orientación provoca.
Pero aquí es donde aparece el problema de la falta de audacia de los dirigentes que podrían promover un proyecto de este tipo. Quienes tienen un perfil apropiado para impulsar una propuesta que aparezca como cuña entre el peronismo y los libertarios parecen preferir una negociación con el gobierno para asegurarse un pequeño espacio en su “zona de confort” antes que asumir el riesgo de representar a ese sector -probablemente mayoritario- del electorado que está buscando una opción que pueda resultarle satisfactoria.
Todavía hay margen para que una alternativa de este tipo aparezca. Pero resulta inquietante que no haya ninguna propuesta, que el único que se presentó, Hernán Lacunza, a pesar de su loable esfuerzo, no consiga levantar vuelo y que no se perfile ninguna opción consistente.
Es necesario que se entienda que si el gobierno emergente de las elecciones no satisface las expectativas mayoritarias y su gestión se desvía de atender los requerimientos de la población, la reacción popular no se hará esperar. Por ahora la situación está contenida pero la espera no puede ser eterna. Para evitar que eso llegue a suceder, se necesita una “vuelta de tuerca”, un proyecto nuevo, que rompa la lógica de la polarización y genere una expectativa que quizá no sea la ideal de nadie pero cumpla la condición de apuntar a una síntesis de las demandas generales. El país nunca será perfecto pero, al menos, se puede pretender que sea un ámbito de convivencia y debate civilizado y no salvaje, como el que tenemos actualmente y que se prolongaría si no salimos de la dinámica de la polarización entre libertarios y peronistas. Pero para que esto se concrete, hacen falta dirigentes audaces, gente que se atreva a enfrentar la situación y proponga una “salida por arriba” para evitar las colisiones a las que nos condena la falta de alternativas que se observa hasta este momento. Estamos a tiempo de llegar a eso. Pero nada se hace solo, nada surge por generación espontánea. Eso es lo preocupante, la pasividad de quienes podrían ser los gestores de la solución. En no demasiado tiempo tendremos la respuesta a estos interrogantes.
Alejandro Sala
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