
La ausencia de alternativas electorales -si es que se confirma- probablemente tenga la consecuencia de que muchos votantes que desearían no votar por Javier Milei en las elecciones del año próximo, se vean inclinados a hacerlo para impedir el regreso del peronismo. Hay un caudal muy amplio de votantes que desearían salir de la polarización entre libertarios y peronistas para inclinarse por alguna corriente que sostenga, profundice y mejore la actual política económica pero corrija los desbordes institucionales a los que Milei y su entorno son tan ostensiblemente proclives. No se trata de una mera preferencia estética, sino de una lógica basada en la aplicación de un estilo de gestión que “baje los decibeles” de las confrontaciones y abra el camino para una convivencia más pacífica, menos conflictiva, más propensa al diálogo y a la negociación que al insulto y la descalificación.
Este cambio de metodología no sería una simple variación de modales sino que contribuiría a que muchos aspectos de la realidad del país mejoren porque facilitaría el acceso a acuerdos y fijaría pautas que luego simplificarían el abordaje de las cuestiones donde pueda haber diferencias de criterio. Cuando la gente conversa, aun cuando no coincida, puede alcanzar, eventualmente por transacción, acuerdos puntuales que le den fluidez a la marcha de la sociedad. Por ejemplo, si hay que nombrar dos miembros para la Suprema Corte, y hay que contar con los votos del peronismo en el Senado, en lugar de que el Poder Ejecutivo procure nombrar “de prepo” sus candidatos, podría abrir un diálogo con la oposición buscando nombres que no sean el ideal de nadie pero no resulten inaceptables para unos ni para otros. Pero si el método de gestión es acusar a los adversarios de “mandriles”, “kukas”, “termos” o epítetos por el estilo, se hace difícil luego alcanzar esos acuerdos porque la contraparte tendrá muy poca predisposición a avenirse a cualquier coincidencia.
El método que Milei aplica no resulta eficaz para la profundización, consolidación e institucionalización de la transformación que el propio gobierno afirma querer llevar adelante. Por eso sería necesario que aparezca una alternativa que sostenga el rumbo básico pero que sea capaz de ir “ajustando las tuercas” poco a poco para que todo el modelo adquiera consistencia y sus beneficios se universalicen, en lugar de quedar restringidos a unos pocos sectores, tal como ha venido ocurriendo en los últimos años. Mientras esa opción no surja, la posibilidad de la consolidación del modelo que los mismos libertarios promueven quedará anulada porque estará siempre latente el riesgo de que un cambio de signo político derive en un nuevo giro de 180 grados, en la dirección opuesta, que deshaga todo lo que se está tratando de construir ahora.
Milei no es el líder indicado para ampliar el espectro de apoyos al modelo que él mismo impulsa porque -probablemente de resultas de una psicología afectada por el complejo de inferioridad, que le impide tratar en un plano de igualdad con quien no se somete incondicionalmente a su voluntad- considera que cualquier negociación es un signo de debilidad.
Pero la verdad es exactamente la opuesta. No es el pensamiento único lo que lleva al mejoramiento del orden social, sino el libre debate, en un contexto de tolerancia y reconocimiento de los argumentos de la otra parte, lo que permite enriquecer y mejorar las soluciones a los diferentes problemas que afectan a la sociedad. Puede ser necesario, en alguna circunstancia extrema, como la situación vigente cuando Milei asumió, aplicar métodos expeditivos. Pero el problema es que los libertarios, contradiciendo los propios principios de la libertad que dicen defender, pretenden que ese estado de excepción dure para siempre. Es cierto que con el kirchnerismo el diálogo es imposible y esa circunstancia obliga a adoptar posiciones muy firmes. Pero eso no exime al gobierno de la obligación de tratar de ampliar los márgenes de la interacción política, precisamente para que el espacio del kirchnerismo vaya quedando acotado y un mayor número de sectores sociales se vayan integrando a la dinámica republicana. Milei y sus adláteres, sin embargo, en lugar de promover un clima de convivencia menos irritante, procuran que las relaciones políticas sigan siendo conflictivas porque eso les sirve de pretexto para justificar sus exabruptos, sus excentricidades y sus desmesuras.
Por eso es necesaria una alternativa republicana moderada, que sea capaz de adoptar una actitud de firmeza frente a los dislates del kirchnerismo pero sin incurrir en los descarríos del mileísmo. Si esa opción no aparece, el amplio espectro de votantes que no se identifica con el peronismo ni los libertarios quedará sin representación y se verá obligada a optar entre apoyar a Milei para oponerse al kirchnerismo o abstenerse de pronunciarse por falta de una opción que la represente. Sería un dilema difícil de resolver. Esperemos no encontrarnos en esa disyuntiva.
Alejandro Sala
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