El techo de Milei y la responsabilidad de reconstruir – Por Ricardo Raúl Benedetti

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Te hablo a vos. No al que ya entregó la razón a un bando, ni al que repite consignas como si fueran un rosario. Te hablo a vos, que en algún momento creíste que esta vez podía ser distinto. Que acompañaste la promesa de terminar con décadas de desorden, miraste con esperanza el ajuste, el equilibrio fiscal y el fin de un relato que había durado demasiado. Y que ahora, sin necesidad de gritarlo ni de renegar de aquel voto, empezás a preguntarte si el precio que estamos pagando es el que realmente querías pagar.

No te equivocaste por querer un cambio. Lo que no podemos hacer es confundir el cambio con un cheque en blanco.

El techo electoral de Milei

Las encuestas no son una elección anticipada, pero permiten observar tendencias que la política haría bien en no ignorar.

A un año de las presidenciales de 2027, Javier Milei conserva una base electoral competitiva, pero enfrenta dificultades para ampliar su respaldo y un escenario de segunda vuelta mucho menos cómodo de lo que su entorno pretende transmitir.

CB Global Data lo ubicó en octubre con el 27,1% de intención de voto individual. Axel Kicillof obtuvo el 16,5% y Patricia Bullrich el 8,5%. En un eventual ballotage entre Milei y Kicillof, el resultado fue 43% contra 40,6%, dentro del margen de error. Pero cuando la consultora midió a Bullrich frente al gobernador bonaerense, la senadora alcanzó el 47,3% contra el 40,1% de Kicillof.

Equipo Mide, por su parte, registró 31% para Milei en intención de voto individual, mientras que Synopsis midió 33,5% para La Libertad Avanza como espacio político. Son mediciones diferentes, con metodologías y escenarios distintos, pero ninguna autoriza a confundir una ventaja inicial con una victoria asegurada.

El dato político más interesante aparece cuando se pregunta por la continuidad o el cambio: CB Global Data registró que el 57,5% prefiere un cambio de gobierno en 2027, frente al 33,8% que desea la continuidad.

Eso no significa que ese porcentaje vaya a votar unido ni que exista una alternativa preparada para representarlo. Precisamente ahí está el problema.

La legislación electoral establece que una fórmula presidencial gana en primera vuelta si supera el 45% de los votos afirmativos válidamente emitidos, o si obtiene al menos el 40% y supera al segundo por más de diez puntos. De lo contrario, hay segunda vuelta.

Milei no tiene garantizada ninguna de esas condiciones. Y si necesita un ballotage, tendrá que convencer a quienes no necesariamente quieren regresar al kirchnerismo, pero tampoco están dispuestos a acompañar indefinidamente el estilo, las contradicciones y las prácticas del oficialismo.

El techo de Milei no debe confundirse con el triunfo automático de sus adversarios. Es una oportunidad política. Y las oportunidades que no se organizan terminan siendo aprovechadas por otros.

Lo que quiero y lo que no

Yo también quiero un Estado chico, eficiente y que deje de meterse donde no debe. Quiero equilibrio fiscal, estabilidad monetaria, seguridad jurídica y una economía que permita invertir, producir y generar empleo. Quiero que dejen de robar y que la inflación deje de funcionar como un impuesto encubierto sobre quienes menos tienen.

No quiero volver al kirchnerismo, ni a sus privilegios, ni a sus negocios, ni a la ficción de que gastar lo que no se tiene es una política social.

Pero tampoco quiero que el orden se construya descartando instituciones, naturalizando el desprecio o aceptando que la casta se recicle con otros apellidos y nuevos modales.

Porque combatir a la casta para terminar construyendo otra, con idénticas tentaciones y explicaciones diferentes para cada privilegio, no es una revolución. Es cambiar los administradores de un problema que sigue intacto.

La libertad no puede ser patrimonio de un líder, ni la República un obstáculo para quien gobierna. El equilibrio fiscal es una condición indispensable para el desarrollo, no una autorización para desentenderse de la realidad de millones de argentinos.

Los gráficos macroeconómicos importan. Pero también importan el salario, el empleo, las jubilaciones, las tarifas, los comercios que cierran y las familias que hacen cuentas antes de llegar a fin de mes.

Un gobierno no gobierna gráficos. Gobierna personas.

Por eso, reconstruir un espacio liberal, republicano y federal no es un capricho de nostálgicos ni una operación para repartir candidaturas. Es una necesidad política.

No necesitamos un espacio arrepentido de sus ideas ni una derecha dispuesta a justificar cualquier cosa en nombre de ellas. Necesitamos una derecha que entienda que la libertad sin instituciones termina siendo el privilegio del que tiene el poder.

Quiénes pueden asumir la responsabilidad

No se trata de armar un álbum de dirigentes ni de repartir cargos antes de discutir un proyecto. Se trata de reconocer que existen trayectorias, capacidades y electorados diferentes que podrían encontrar un terreno común.

Patricia Bullrich tiene una responsabilidad particular. Su trayectoria, su experiencia en seguridad y su identificación con una parte importante del electorado que acompañó el cambio la convierten en una figura con capacidad para tender puentes.

En el relevamiento de D’Alessio IROL-Berensztein de octubre registró 45% de imagen positiva, diez puntos por encima de Milei. Y en el escenario de ballotage medido por CB Global Data frente a Kicillof obtuvo 47,3%.

No son garantías electorales ni una candidatura definida. Son indicadores de competitividad que sería absurdo ignorar.

Patricia tiene la posibilidad de articular una propuesta que conserve lo que este gobierno hizo bien, corrija sus errores y complete lo que todavía falta. Seguridad sin vacilaciones, equilibrio fiscal sin desmesura, reformas estructurales y República sin pedir permiso.

Pero para hacerlo tendrá que decidir si quiere ser parte de la continuidad de un liderazgo o asumir la responsabilidad de construir una alternativa más amplia. No es una diferencia menor.

Victoria Villarruel representa otro capital político. Su distancia del núcleo de poder de los Milei es conocida y conserva una identidad propia vinculada con el orden, las tradiciones y una parte del electorado que no necesariamente se siente representada por el oficialismo.

Su imagen pública es controvertida y su rechazo también es significativo. No corresponde confundir visibilidad con capacidad electoral. Pero tampoco sería inteligente desconocer su potencial de representación.

Si decide construir por su cuenta, puede contribuir a fragmentar el espacio. Si encuentra coincidencias en un proyecto más amplio, podría aportar una representación que hoy no está suficientemente integrada. El puente con ella es complejo, pero la política consiste precisamente en encontrar acuerdos donde existen diferencias.

Los gobernadores son imprescindibles. Maximiliano Pullaro, Alfredo Cornejo, Rogelio Frigerio y otros mandatarios provinciales, junto con los referentes de Provincias Unidas, tienen algo que ningún armado exclusivamente porteño puede reemplazar: territorio, experiencia de gestión y contacto directo con las demandas de sus provincias.

No todos pertenecen al mismo espacio ni tienen idénticos intereses nacionales. Tampoco están obligados a subordinar sus proyectos provinciales a una candidatura presidencial. Pero comparten una responsabilidad: evitar que la política nacional vuelva a quedar atrapada entre dos estructuras que se alimentan mutuamente de la confrontación.

Pullaro ya planteó públicamente la posibilidad de un frente democrático, republicano y de centro. Cornejo y Frigerio, desde sus propias pertenencias y experiencias de gobierno, también representan sectores que deben ser parte de cualquier conversación seria.

Sin federalismo, gestión y presencia territorial, cualquier alternativa corre el riesgo de convertirse en una construcción de dirigentes que se encuentran en Buenos Aires y creen que el país empieza y termina en las redes sociales.

El PRO también tiene que decidir qué quiere ser

El PRO enfrenta una definición que ya no puede postergar: acompañar electoralmente a Milei o preservar su autonomía para construir una alternativa propia. Hernán Lacunza decidió competir por la Presidencia, recorre el país y trabaja en una propuesta con el respaldo de María Eugenia Vidal, que aporta equipos desde la Fundación Pensar.

Mauricio Macri, mientras tanto, mantiene abiertas las dos puertas: deja avanzar la candidatura de Lacunza, pero también habilita negociaciones con La Libertad Avanza. Rogelio Frigerio, Ignacio Torres y otros dirigentes se inclinan por un entendimiento electoral.

La discusión no es menor: ¿el PRO quiere ser socio de un proyecto que ya tiene candidato y conducción, o pretende volver a ser protagonista? No se trata de romper por romper, sino de preservar una identidad y ofrecer una opción de poder. Un partido que nació para gobernar no puede resignarse a negociar las condiciones de su propia desaparición.

El radicalismo también tiene que salir de la parálisis

La UCR conserva presencia territorial, dirigentes y una tradición republicana que sería un error subestimar. Pero necesita recuperar protagonismo nacional y dejar de oscilar entre acuerdos circunstanciales con el Gobierno y una oposición sin rumbo propio. Ernesto Sanz, junto a Mario Negri y Jesús Rodríguez, ya planteó la necesidad de reconstruir una coalición con el PRO y otras fuerzas, con candidatos propios y reglas de competencia. Es un camino posible, no una solución automática. El radicalismo debe volver a ofrecer algo más que su estructura: ideas, equipos y una vocación clara de poder. La Argentina necesita un radicalismo protagonista, no un partido condenado a elegir de qué lado de la grieta quiere quedar.

Guillermo Francos merece una consideración particular. En el último relevamiento de D’Alessio IROL-Berensztein registró 46% de imagen positiva y fue el único dirigente evaluado con balance neto favorable. Su experiencia de gestión y conocimiento del funcionamiento del Estado son activos que no abundan.

Su participación en una construcción futura no está definida y su trayectoria dentro del gobierno tiene luces y sombras. Pero sería un error descartar su experiencia por conveniencias personales o prejuicios partidarios.

Diana Mondino puede aportar desde otro lugar. Su perfil técnico, su experiencia diplomática y su conocimiento de las relaciones internacionales ofrecen una mirada que una propuesta liberal republicana debería recuperar. No se trata de atribuirle un liderazgo electoral que no está demostrado, sino de reconocer que un proyecto de país necesita conocimiento, profesionalismo y capacidad para relacionarse con el mundo.

Ricardo López Murphy y María Eugenia Talerico, desde Potencia, representan una identidad que no debería quedar afuera de esta discusión.

López Murphy lleva décadas defendiendo el equilibrio fiscal, la división de poderes y la responsabilidad en el ejercicio de la función pública. Talerico, desde su experiencia como vicepresidenta de la Unidad de Información Financiera y su trayectoria en materia de integridad financiera, representa una bandera indispensable: la transparencia y la lucha contra la corrupción, gobierne quien gobierne.

Potencia obtuvo alrededor del 4% en la elección de diputados nacionales en la Ciudad de Buenos Aires en 2025. En la provincia de Buenos Aires, la Alianza Potencia alcanzó el 0,70% en la elección nacional. No son resultados para esconder ni para sobredimensionar. Son el punto de partida de una construcción que todavía tiene mucho por demostrar.

Pero la política no se mide solamente por los votos de una elección. También se mide por las ideas que consigue instalar y por la capacidad de construir representación donde otros dejaron un vacío.

No son la solución completa. Son parte de una reconstrucción que necesita dirigentes con principios, experiencia y voluntad de ampliar su base electoral.

Santiago y Manuel Passaglia merecen un capítulo aparte. El 31 de octubre lanzaron en San Nicolás su proyecto presidencial para 2027, desde su espacio Hechos, presentándose como una alternativa tanto al gobierno de Milei como al kirchnerismo.

Su decisión de competir nacionalmente modifica el escenario. Ya no se trata simplemente de convocarlos a una mesa: tienen una aspiración propia, una construcción territorial y una propuesta que deberán demostrar que puede trascender su experiencia municipal.

Hay que hablarles con seriedad, con propuestas concretas y sin pretender que renuncien de antemano a su identidad. Si de verdad queremos construir una alternativa, habrá que aprender a conversar con quienes también quieren protagonizarla.

El acuerdo que todavía falta

Ninguno de estos dirigentes, por sí solo, alcanza. Y sería un error pensar que basta con juntar nombres conocidos, sumar porcentajes de encuestas y anunciar una coalición.

La política no funciona como una suma automática de electorados. Los votantes no son propiedad de sus dirigentes y las diferencias personales no desaparecen porque alguien encuentre conveniente una fotografía conjunta.

Lo que falta es un acuerdo de fondo.

Un programa que establezca cuatro compromisos irrenunciables:

Primero, equilibrio fiscal, estabilidad monetaria, respeto por la propiedad privada, apertura económica inteligente y generación de empleo. Sin una economía ordenada no hay desarrollo sostenible.

Segundo, seguridad, autoridad y cumplimiento de la ley. El Estado debe proteger a los ciudadanos y garantizar que la ley sea igual para todos.

Tercero, instituciones republicanas, división de poderes, Justicia independiente, transparencia y tolerancia cero a la corrupción. Ningún gobierno puede quedar por encima de los controles.

Cuarto, crecimiento con movilidad social, educación, infraestructura, oportunidades y una economía que permita que el esfuerzo vuelva a tener sentido. No alcanza con ordenar las cuentas si millones de argentinos no encuentran cómo mejorar su vida.

No se trata de elegir entre macroeconomía y realidad cotidiana. Se trata de entender que ambas son parte de la misma responsabilidad.

Ese acuerdo debe tener una condición adicional: nadie puede reclamar obediencia personal como precio de pertenencia. Los liderazgos se construyen, las diferencias se discuten y las instituciones se respetan.

No queremos volver atrás. Tampoco estamos dispuestos a entregar el futuro a cambio de que no vuelva el pasado.

El riesgo de no hacerlo

La política argentina está llena de dirigentes convencidos de que tienen razón. Lo que escasea son dirigentes dispuestos a entender que, solos, no tienen futuro.

El riesgo de que cada uno siga en su isla es terminar otra vez frente a la misma trampa: o estás con un extremo o vuelve el otro. Mientras tanto, el poder real se distribuye, los acuerdos se negocian entre pocos y el ciudadano vuelve a quedar reducido a elegir el mal menor.

No creo en los mesías. Tampoco en los dirigentes que se consideran imprescindibles. Creo en los equipos, en las instituciones y en la capacidad de construir mayorías alrededor de ideas compartidas.

El votante que acompañó a Milei porque quería libertad, orden y un cambio profundo no tiene por qué renunciar a esas convicciones para cuestionar lo que no funciona. Tampoco tiene que pedir disculpas por querer una Argentina distinta.

Ese ciudadano puede ser parte de una nueva mayoría si encuentra una propuesta que no le exija cerrar los ojos, justificar privilegios ni aceptar que la República es un lujo prescindible.

Para eso hacen falta coraje político, generosidad y una cuota de inteligencia que, hasta ahora, escaseó demasiado.

La decisión

El silencio también es una elección. Mirar para otro lado y esperar que alguien más resuelva el problema también.

Si queremos que el cambio no dependa de un solo hombre ni de un solo estilo, tenemos que atrevernos a construir algo diferente. Una alternativa que no desprecie al que piensa distinto, que no confunda el agravio con la firmeza y que no entregue las instituciones a cambio de un resultado económico de corto plazo.

Te hablo a vos, que todavía creés que la Argentina puede ser otra cosa. No te pido que reniegues de lo que votaste ni que abraces lo que rechazaste. Te propongo algo más difícil: que no resignes tus convicciones para defender a ningún gobierno.

La Argentina ya pagó demasiado caro el culto a los hombres providenciales. No necesita otro salvador, ni otra versión del pasado, ni una nueva promesa de obediencia disfrazada de transformación.

Necesita dirigentes que entiendan que gobernar no es someter, que tener poder no es tener razón y que ninguna reforma vale más que la República que debe hacerla posible.

El cambio no puede depender eternamente de un hombre. Y la alternativa no puede limitarse a esperar que ese hombre fracase.

Hay que construirla. Ahora. Antes de que otros vuelvan a decidir por nosotros.

Ricardo Raúl Benedetti

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