
Del periodismo ensobrado a la política sin ideales, de la corrupción impune al oportunismo serial, y de una sociedad anestesiada a una llama que aún resiste: este es el retrato de una Argentina rota. Pero no vencida. Mientras unos se venden, otros eligen no rendirse. Y ahí está la esperanza.
Qué feo el paisaje que dibujan algunos de esos personajes que deberían ser faros… y apenas alumbran la sombra de sus propias miserias. Se suponía que venían a encender conciencias, a decir lo que otros callaban, a marcar un rumbo. Pero se disfrazaron de esperanza para esconder la codicia. Hablo del periodismo, claro, que hoy se arrastra entre sobres como si fueran condecoraciones. Lo que alguna vez fue oficio de valientes se convirtió en kiosco de aduladores. Donde debía haber preguntas, hay pauta. Donde debía haber denuncia, hay silencio. Donde debía haber verdad, hay guion.
¿No era que el periodismo estaba para incomodar al poder? ¿No era que íbamos a ser los ojos del que no puede ver, la voz del que no tiene micrófono, el dedo que señala al corrupto aunque esté de nuestro lado? Pero no. Llegaron los mercenarios de la palabra: los que cambian titulares por billetes, los que editan principios según la cuenta bancaria.
Lo vimos con el kirchnerismo y su aparato de propaganda estatal disfrazado de periodismo: 678, donde la lealtad valía más que la verdad. Y lo vemos hoy, con libertarios aplaudidores, convertidos en feligreses de Javier Milei, recitando sus decretos como si fueran mandamientos. Ayer era «el proyecto nacional», hoy es «el déficit cero». El fondo es el mismo: el relato al servicio del poder, la prensa arrodillada.
Qué golpe bajo a la confianza de la gente. Qué estafa al periodismo real, el que sigue la pista del corrupto aunque lo amenacen, el que escribe sin pauta aunque lo dejen sin aire.
Y si hablamos de traiciones, la política no se queda atrás. Ese terreno que debería estar sembrado de ideales y sueños colectivos, hoy es un baldío donde florece el ego. Llegan con discursos de justicia y se van con trajes a medida. Suben al atril hablando de pueblo y terminan usando el Estado como espejo de su vanidad.
En lugar de construir puentes, levantan pedestales. Se olvidan de los que los votaron. Se olvidan de por qué empezaron. Se olvidan, y esto duele más, que alguna vez creyeron en algo.
Pero los peores son los que cruzan la frontera: los que se zambullen en la corrupción como quien se mete en una pileta climatizada. El caso Vialidad lo dijo claro: Cristina Fernández de Kirchner fue condenada por liderar una estructura que desvió millones a través de la obra pública en Santa Cruz. Lo ratificó la Corte Suprema el 10 de junio de 2025: seis años de prisión, inhabilitación perpetua. Podrá cumplir arresto domiciliario por su edad, pero la sentencia moral ya está escrita.
Pensaron que con un pacto bajo la mesa podían comprar eternidad. Que con impunidad se compra dignidad. Error: el poder sostenido en la traición no transforma, destruye. Y cuando cae, arrastra. No deja legado. Deja ruina.
Y ni hablemos de los saltimbanquis de la política, esos oportunistas que cambian de espacio como quien cambia de saco según la temporada. Daniel Scioli, eterno equilibrista: del kirchnerismo al massismo, y del massismo al que le prometa una embajada. Patricia Bullrich, que pasó de la Juventud Peronista a la Libertad Avanza sin despeinarse. Diego Valenzuela, que bailó del peronismo al PRO y de a pintarse de violeta con la gracia del que no cree en nada. Todos ellos con discursos de ocasión y lealtades de papel.
Lo que no tienen es vergüenza. La coherencia, en sus bocas, es apenas una palabra difícil.
Y si los traidores apuñalan por la espalda, peor es la sociedad que les tiende la mano. Esa Argentina anestesiada que acepta el choreo “porque al menos te dan algo”, o que avala el ajuste salvaje “porque por fin alguien pone orden”.
Según las últimas encuestas, un 34% todavía cree que Cristina es inocente, a pesar de las toneladas de pruebas, de los contratos inflados, de los bolsos, de los nombres propios. ¿Qué más necesitan? ¿Verla firmando el desfalco en cámara lenta?
Y otros tantos, enceguecidos por el mileísmo, creen que la motosierra es justicia, que el recorte es orden, que el mercado va a salvarlos mientras los hospitales se caen a pedazos y los jubilados se mueren de frío. Los extremos ciegan: unos relativizan la corrupción, otros normalizan la crueldad.
Qué sociedad la nuestra, que elige mesías y no ideas. Que se abraza a caudillos mientras la verdad y los vulnerables quedan tirados al costado del camino.
Y sin embargo, sí, hay una chispa.
Una llama que no se apaga del todo. Periodistas que se juegan el puesto por decir lo que nadie quiere escuchar. Políticos que no olvidan de dónde vienen. Ciudadanos que no compran espejitos de colores ni aceptan callarse la boca.
Ellos existen. Y por ellos vale la pena seguir. Porque aunque el panorama sea oscuro, hay quienes no se venden. Hay quienes no se rinden. Hay quienes, en medio del barro, siguen soñando con una Argentina más justa, más libre, más digna.
Ojalá se multipliquen.
Porque solo así, con verdad, con coraje, sin aplausos pero con convicción, vamos a construir algo mejor.
Esto fue SAP: Sin Aplausos, pero con la verdad de frente.
Porque mientras ellos pactan en la sombra, nosotros alumbramos con nombre y apellido.
Y si molesta… mejor. Ese es el punto.
Ricardo Raúl Benedetti
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