
Manuel Adorni eligió una palabra para intentar cerrar la polémica: “error”.
“No fue un delito, fue un error”, dijo el jefe de Gabinete al referirse al viaje de su esposa en el avión presidencial durante la gira oficial a Estados Unidos junto al presidente .
La frase intenta bajar la temperatura del escándalo. Pero el problema no es semántico. El problema es que lo que hoy se presenta como un simple error choca contra una regla que el propio gobierno estableció y que el propio Adorni defendió públicamente.
En agosto de 2024 el gobierno firmó el Decreto 712/2024, una norma que fijó límites explícitos al uso de aeronaves oficiales. El espíritu era sencillo: los aviones del Estado debían utilizarse exclusivamente para funciones públicas, no para cuestiones privadas. La medida fue presentada como parte del relato fundacional del gobierno libertario, una señal concreta de que los privilegios de la política -esa “casta” tantas veces denunciada- empezaban a quedar atrás.
No era un tecnicismo administrativo. Era un mensaje político.
Dos años después, el propio Adorni confirmó que su esposa viajó en el avión presidencial rumbo a Nueva York como parte de la comitiva oficial. Y lo justificó con una frase que rápidamente se volvió viral: dijo que iba a pasar “una semana a deslomarse” en Estados Unidos y que quería que lo acompañara.
Ahí aparece la primera grieta en la explicación. Porque cuando un gobierno construye su identidad denunciando privilegios, las reglas no pueden volverse elásticas justo cuando se trata de los propios.
Lo curioso, en este caso, es que la contradicción no es sólo política. También es personal.
Con Adorni fuimos colegas en en 2022. En aquel momento criticaba con dureza exactamente este tipo de situaciones cuando las protagonizaban funcionarios del gobierno de Alberto Fernandez. Los cuestionamientos eran frontales: comitivas infladas, gastos innecesarios, familiares viajando con funcionarios como si los recursos del Estado fueran una extensión de la vida privada.
Por eso esta semana le escribí un tuit que resume bastante bien la contradicción.
“Pero Manu, cuando fuimos compañeros de radio en 2022 criticabas con dureza exactamente esto mismo cuando lo hacían otros desde el poder. ¿También eras parte de esa ‘manga de seres llenos de maldad’? En ese entonces contabas que llevabas una vida de clase media laburante. ¿Tanto cambió tu ingreso legal como para pagar un jet privado a Punta del Este por tres días? Permitíme dudar. Abrazo.”
La referencia no es casual. A la polémica por el avión presidencial se sumó otro episodio: el viaje que Adorni realizó con su familia a Punta del Este en un jet privado durante el feriado de Carnaval.
El jefe de Gabinete explicó que el vuelo -estimado en unos 4.000 o 10.000 dólares según a quién se le pregunte- fue pagado con dinero familiar y aseguró que no tenía nada que ocultar.
En sí mismo, gastar dinero propio en vacaciones no constituye ninguna irregularidad. El problema aparece cuando las explicaciones dejan más preguntas que certezas. Cómo se compatibiliza ese gasto con el patrimonio declarado por el funcionario es, hasta ahora, una pregunta que no tuvo una respuesta detallada.
Mientras tanto, el jefe de Gabinete también evitó profundizar sobre otro frente incómodo: el caso $Libra. La investigación judicial sobre ese proyecto ya contiene elementos que contradicen varias de las explicaciones públicas que dio el gobierno en su momento, entre ellos material hallado en el teléfono del empresario Novelli que reconstruye parte de las gestiones alrededor de la iniciativa.
En política, las crisis no aparecen por un solo hecho. Se construyen por acumulación.
Un viaje que genera ruido.
Una explicación que no termina de cerrar.
Otra polémica que vuelve a aparecer.
Y, en el medio, una narrativa oficial que empieza a tensionarse con la realidad.
Pero incluso dejando todo eso de lado, hay algo más profundo en esta historia.
Los escándalos políticos rara vez se definen por el costo de un avión o por el precio de un pasaje. Se materializan por la contradicción que revelan.
El gobierno de Milei llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios de la política, reducir el gasto del Estado y terminar con el uso discrecional de los recursos públicos. Ese discurso fue una de las claves de su triunfo.
Por eso el episodio que hoy envuelve a Adorni resulta tan incómodo.
No gira sólo alrededor de un asiento en un avión.
Gira alrededor de una pregunta mucho más grande.
Si las reglas de austeridad que el gobierno dice defender se aplican de la misma manera a todos… o si, como tantas veces en la política argentina, la casta termina siendo siempre la de los otros.
Porque cuando las reglas se vuelven flexibles para quienes las escribieron, lo que se debilita no es una explicación. es la credibilidad del discurso que las justificaba.
Y en política, cuando el discurso pierde credibilidad, los errores dejan de parecer errores.
Empiezan a parecer otra cosa.
Ricardo Raúl Benedetti
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