El boom de los commodities y el agujero negro del empleo: la cuenta que no cierra en la gestión Milei – Por Ricardo Raúl Benedetti

El boom de los commodities y el agujero negro del empleo – IA

En enero de 2026, el empleo asalariado privado registrado en Argentina fue de 6.196.000 puestos. En doce meses, se destruyeron 94.189.

Ese número, seco, alcanza para entender que algo no está funcionando. Y hay un dato que completa el cuadro: lo que se pierde en empleo formal no está siendo reemplazado por trabajo asalariado de calidad, sino por formas más precarias de inserción, como el monotributo.

Si ampliamos la foto, el problema no mejora. El total de trabajadores registrados —incluyendo el sector público— ronda los 12,85 millones y lleva meses estancado. La informalidad laboral trepó al 43% según el INDEC (cuarto trimestre de 2025): casi 9 millones de personas trabajan sin aportes, sin derechos, sin red. El desempleo se ubica en 7,5%.

Esa es la Argentina real. La que no entra en el relato oficial que insiste en mostrar éxito donde los datos muestran estancamiento.

Ahora bien: del otro lado del mostrador hay un dato igual de contundente.

La economía crece.

Y no de cualquier manera. Crece donde Argentina históricamente crece cuando deja de sabotearse: en sus exportaciones de commodities. Petróleo en Vaca Muerta, minería de litio y cobre, agro a escala. Más producción, más divisas, inversiones bajo el RIGI y un superávit fiscal primario de $11,7 billones (1,4% del PBI) junto a un superávit financiero de $1,45 billones (0,2%), algo que hace apenas tres años parecía una fantasía.

Ese proceso es real. Está ocurriendo.

Pero también es, al mismo tiempo, el corazón del problema, porque ese crecimiento no genera empleo en la escala que Argentina necesita.

La estructura lo explica mejor que cualquier discurso.

Según datos del CEPA (Centro de Economía Política Argentina), el comercio representa el 20,1% del empleo privado registrado y la industria manufacturera —la no extractiva— el 18,5%. Si se suman construcción y PyMEs vinculadas al consumo interno, ese bloque explica cerca del 45% del empleo total.

Ahí trabaja la Argentina.

Del otro lado, los tres grandes motores del actual modelo —petróleo, minería y agro— no llegan al 10% del empleo y, en términos netos, generan muy poco trabajo.

En 2025, el agro sumó apenas 9.000 puestos.
La minería y el petróleo, mientras crecían cerca de un 16% en actividad, perdieron más de 7.600 empleos netos. La minería formal, en enero de 2026, apenas alcanzó los 39.698 asalariados registrados.

No es una anomalía. Es la lógica del modelo: sectores intensivos en capital, no en trabajo.

El problema no es que ese modelo exista.
El problema es creer que alcanza.

Porque incluso si todo sale bien, la cuenta sigue sin cerrar.

Las proyecciones hacia 2030 son claras. Y, bien leídas, son inquietantes.

El informe del IAPG (Instituto Argentino del Petróleo y del Gas) sobre Vaca Muerta estima que, en su punto máximo, el sector requerirá entre 30.000 y 43.000 trabajadores directos, y entre 180.000 y 240.000 en total incluyendo indirectos, con un multiplicador de 6,1.

La CAEM (Cámara Argentina de Empresas Mineras) proyecta que la minería —con cobre y litio— podría generar entre 200.000 y 250.000 puestos directos e indirectos hacia 2030-2032. El especialista minero Franco Raffo lo sintetizó sin rodeos: el empleo del sector podría duplicarse y superar los 250.000.

El agro, por su parte, seguirá creciendo… pero sin generar empleo en la misma proporción, por su nivel de mecanización. Sumados, los tres sectores pueden aportar cientos de miles de puestos.

Pero Argentina no necesita cientos de miles, necesita millones.

Porque la PEA —la población económicamente activa, es decir, quienes trabajan o buscan trabajo— superará los 24 o 25 millones de personas en una población cercana a los 50 millones.

Y esos argentinos no van a trabajar en Vaca Muerta, ni en un yacimiento de litio, ni en un campo hiper mecanizado.

Van a trabajar —como ya lo hacen— en servicios, comercio, industria no extractiva y PyMEs. Sectores que explican entre el 70% y el 80% del empleo real. Sectores que hoy no son el motor del modelo.

Ahí aparece la fractura.

Dante Sica, ex ministro de Producción, lo dijo con precisión: Argentina va en el rumbo correcto, pero no logra traducir ese crecimiento en empleo.

Guido Zack, economista jefe de Equilibra, lo viene advirtiendo hace meses: los sectores que crecen no generan trabajo, mientras los que caen lo destruyen.

Eso ya no es una discusión técnica, es una limitante que se repite en el programa en general.

Lo que algunos economistas empiezan a describir —de forma no académica pero cada vez más extendida— como un “crecimiento en forma de K”: una economía que se expande en un segmento mientras se contrae en el resto. Una curva prolija en los gráficos, pero socialmente fracturada.

Los responsables no son abstractos. La estrategia económica tiene conducción política.

Javier Milei define el rumbo.
Karina Milei ordena el poder.
Luis Caputo estructuró el esquema que permitió el boom exportador.
Federico Sturzenegger avanzó con la desregulación.

El diagnóstico macro estuvo. La estabilización, también.

Pero el problema aparece en el siguiente paso. El más difícil.

Nadie diseñó —o nadie ejecutó— el puente entre ese crecimiento y el empleo masivo.

No hubo una política agresiva de crédito productivo para PyMEs.
No hubo una estrategia consistente de industrialización del litio o del gas.
No hubo un plan integral de formación laboral acorde a la demanda futura.

Se aplicó teoría económica con coherencia interna.
Pero sin adaptación suficiente a la estructura productiva argentina, y en ese descalce es donde hoy se pierde el empleo.

Esto ya no es un debate académico.

Los gobernadores lo ven en sus provincias.
Los empresarios del mercado interno lo sienten en sus balances.
Y dentro del propio gobierno empieza a aparecer una incomodidad concreta: tensiones por la reforma laboral, resistencias políticas crecientes y la dificultad cada vez más evidente de mostrar mejoras en empleo a pesar del orden macroeconómico.

Porque el modelo, tal como está, genera dólares, pero no genera suficiente trabajo.

Y sin trabajo, no hay consumo.
Sin consumo, no hay entramado productivo que resista.
Sin eso, la estabilidad macro empieza a depender de un equilibrio cada vez más frágil.

Por eso la discusión que empieza a asomar no es ideológica, es matemática.

Los datos del INDEC y el SIPA, los estudios del CEPA, las proyecciones de la CAEM y el IAPG, y las advertencias de economistas de distinto origen coinciden en lo mismo:

La cuenta no cierra.

Argentina no se va a desarrollar solo con Vaca Muerta, el litio y el agro.

Se va a desarrollar cuando ese crecimiento se traduzca en empleo de calidad, distribuido, sostenido.

Cuando los sectores que emplean a la mayoría vuelvan a ser parte del motor, no un vagón que se arrastra.

Hoy, eso no está pasando.

Y entonces aparece la pregunta que empieza a incomodar en voz baja, pero que tarde o temprano se va a hacer en voz alta:

¿Hasta cuándo alcanza con ordenar la macro si la mayoría no siente que ese orden llega a su trabajo, a su ingreso y a su futuro?

Porque cuando esa percepción se rompe, lo que entra en crisis ya no es un indicador.

Es la legitimidad del modelo.

La historia económica argentina es clara: ningún programa sobrevive demasiado tiempo si no logra traducirse en mejora concreta para la mayoría. Podés estabilizar, ordenar, acumular reservas. Pero si el empleo no aparece, si el ingreso no mejora, si el horizonte sigue siendo incierto, la paciencia social tiene fecha de vencimiento.

Y cuando ese límite se cruza, la corrección no la hace una planilla de números fríos.

La hace la realidad.

Y en Argentina, la realidad tiene una costumbre: tarde o temprano, pasa por las urnas.

El 2027 no es una fecha lejana.

Es el momento en el que esa cuenta —la que hoy no cierra— se va a someter al único veredicto que realmente importa.

Ricardo Raúl Benedetti.

 

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