
El programa de reforma económica que el gobierno ha puesto en ejecución está exigiendo grandes sacrificios de parte de la población. Lo demuestran acabadamente los propios indicadores económicos: caída del consumo, pérdida del poder adquisitivo del salario respecto de la inflación, elevados índices de mora en el pago de deudas bancarias, cierres de empresas, etc. La inflación está decreciendo y esa es, obviamente, una buena noticia, pero el esfuerzo que la estabilización de la moneda demanda es extremadamente exigente. El argumento del gobierno en el sentido de que “ahora son altos los salarios medidos en dólares” es falaz porque es evidente que, si los bienes son caros en dólares -como de hecho lo son- el poder adquisitivo queda afectado negativamente aunque nominalmente se tenga una buena remuneración en dólares (lo cual tampoco es tan absolutamente cierto como el gobierno lo declama).
La cuestión que admite una profundización es cuál es el sentido de este esfuerzo. Si todo el propósito del sacrificio fuera la estabilización de la economía como fin en sí mismo y seguiremos indefinidamente sumidos en las dificultades que nos están afectando actualmente, las perspectivas hacia el futuro serían muy poco promisorias. Es necesario admitir que, por el momento, no se vislumbra un porvenir mayormente próspero. No está claro -al menos, a simple vista- si todo este empeño vale la pena, si apunta hacia un desenlace de progreso y bienestar generalizados.
Por supuesto que tampoco es posible reclamar resultados extraordinarios en tan poco tiempo y ese factor es un atenuante que debe ser tenido en consideración. Pero este hecho no anula la circunstancia de que el futuro se presenta, por el momento, extremadamente incierto. ¿Cabe confiar en que la situación económica mejorará o estamos condenados a la pobreza?
Es una pregunta a la que no es posible responder de manera terminante, básicamente porque no hay la suficiente información disponible como para dar una contestación categórica. No hay motivo alguno por el cual debamos estar atrapados en una penuria sin remedio pero tampoco es inexorable que vayamos a encaminarnos por la senda del crecimiento y el bienestar plenos. El futuro de la economía argentina en general y, consecuentemente, de la situación de cada habitante en particular, depende de qué tan acertada sea la política económica que se aplique.
El esfuerzo que la población está haciendo en el presente, por lo tanto, tiene valor en tanto la gestión de la economía de ahora en adelante sea correcta. Si el gobierno -el actual o el que venga posteriormente- vuelve al populismo que aplicó el kirchnerismo, todo el sacrificio que venimos haciendo desde que Milei asumió habrá sido en vano.
La cuestión sobre la que corresponde enfatizar -porque hay mucha gente que no termina de comprenderlo, inclusive entre quienes acompañan la idea de dejar atrás al peronismo- es hacia dónde nos lleva este esfuerzo que, a instancias del gobierno, venimos haciendo.
El punto central es que un programa de reformas económicas apropiadamente ejecutado modifica lo que en economía se denomina “estructura de incentivos” (es un concepto sumamente importante) que guía la conducta económica de los individuos, de todas las personas. Milei no lo explica de manera satisfactoria pero ese es el sentido del cambio de modelo que el gobierno propone.
La actual política económica tiene puntos acertados -principalmente, en el campo de la macroeconomía- pero deja muchos cabos sueltos. Se ha dicho muchas veces pero nunca está de más repetirlo: hay que achicar y dotar de mayor eficiencia a la gestión del estado para que sea posible reducir sensiblemente la presión impositiva, se debe avanzar en el proceso de desregulación, integrar la economía al mundo, profundizar sustancialmente las reformas laborales, mejorar muchísimo la infraestructura, incrementar la seguridad jurídica, garantizar la continuidad política más allá de los nombres y varios requisitos más, a los cuales el actual gobierno no está cumpliendo o solo lo está haciendo en una escala demasiado pequeña.
Esas son las condiciones que deben cumplimentarse para que se generen los incentivos para que crezca la inversión, la generación de fuentes de trabajo, el consumo y el ahorro, que son las palancas que hacen crecer la economía y mejorar la calidad de vida de la población. El sacrificio de hoy solo tiene sentido si, en instancias posteriores, se van cubriendo esos requisitos y, de ese modo, cabrá cosechar los frutos del esfuerzo realizado.
Es entendible que exista incertidumbre respecto de si este esfuerzo tiene sentido o es el preludio de una nueva decepción porque el gobierno no explica el problema y se limita a echar culpas a terceros de las dificultades que enfrenta. Hay margen para tener un moderado optimismo acerca de que la situación económica irá mejorando paulatinamente. Pero es verdad que el futuro no se percibe con nitidez y que hay motivos para tener dudas. Es una variable a la cual resultará esencial tener en cuenta a la hora de votar el año que viene.
Alejandro Sala
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